Mantuve días pasados un almuerzo con un grupo de amigos, interesados en saber la marcha comercial de mi último libro, Iglesias Portal, el juez que condenó a José Antonio, editado por Actas, del que acaba de salir la segunda edición, que ya han leído o están en el proceso de leerlo, y se interesan por algunos aspectos citados. Obvio los matices menores y me centro en un dato que les facilito, que es manifiestamente elocuente sobre la situación española durante el llamado franquismo: la renta per cápita de los españoles en 1940, recién terminada la guerra civil, era de 107 dólares; la renta per cápita de los españoles en 1975, año del fallecimiento del Caudillo, era de 2.574 dólares. El dato, escueto, es suficientemente convincente para subrayar el desarrollo económico de España al que habría que añadir también el desarrollo en las políticas sociales, como complemento del anterior. Conviene subrayar que esa es la base de la España que arrancó en la Transición y que ha llegado hasta aquí, mal que les pese a algunos.

Uno de mis acompañantes me preguntó cuál fue la renta per cápita de Francia en ese mismo periodo. Como no lo tenía a mano en ese momento, desmonté su duda con dos ejemplos: el llamado «milagro español» con que los analistas y estudiosos de ese periodo tildaron el ejemplo de España, y el hecho de que ningún país de la zona occidental europea tuvo un crecimiento similar al nuestro, a pesar de no haber contado con las ayudas del Plan Marshall. No obstante, añadí otro dato aportado por la literatura, que puede ser suficientemente ilustrativo para los incrédulos: el de la escritora norteamericana de origen judío Helene Hanff, (dispongo de una edición de Anagrama, de la Colección Compactos, de 2018, traducida por Javier Calzada), cuya obra me atrevería a decir que pertenece más al género historia que al puramente literario, pues está basada en un hecho real y las cartas no fueron escritas en un alarde de inspiración literaria, sino que a través de ellas, su autora buscaba ediciones de libros en una librería de viejo, con que inspirar sus colaboraciones en la prensa norteamericana.

Para situar al lector que aún no ha tenido la oportunidad de disfrutar con este librito, que ha inspirado una película titulada La última carta, protagonizada en sus principales papeles por Anne Bancroft y Anthony Hopkin, la autora mantiene una correspondencia con el responsable de la librería que da título al libro, 84, Charing Cross Road, durante 20 años. Esta relación se inicia al aprovechar un anuncio sobre unos libros clásicos, difíciles de encontrar ya en el mercado, que Helene, desde Nueva York, vio en un periódico. La relación epistolar, que tiene al comienzo un tinte puramente comercial, pronto se va nutriendo de detalles personales hasta convertirse en una relación de amistad entre una escritora que sobrevive en el Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, cuyo sueño es visitar la capital del Reino Unido, y los empleados de la librería que viven, como el resto de los ciudadanos británicos, con las estrecheces del racionamiento de la postguerra mundial.

 

La postguerra española fue especialmente dura. No hace falta mucha imaginación para darse cuenta de la situación en que quedó España en 1939. De ello no fueron ajenos, incluso, los derrotados republicanos que tomaron el camino del exilio. Un periodo que debieron adivinar breve, dado, precisamente, el lamentable paisaje de destrucción en que quedó lo poco que había de industria, de comunicaciones, de agricultura… los campos minados, los puertos de mar bombardeados, las líneas de ferrocarril destruidas, las industrias reducidas a escombros… las arcas del que fuera el cuarto Banco mundial en reservas de oro, el Banco de España, vacías tras los expolios cometidos por los socialistas Largo Caballero, Indalecio Prieto y Juan Negrín, de cuya gesta se beneficiaron los rusos, los franceses y los mexicanos, y ellos mismos. Un panorama que no invitaba precisamente al éxito.

 

Un sector de la izquierda suele utilizar como argumento el lento desarrollo español frente al avance europeo, paradigma de los pesimistas y de los que desconocen muchos episodios de nuestra historia. Y suele ser también muy común la crítica de que el ya aludido «milagro español» no fue mérito de Franco, pues España se desarrolló aquellos años gracias mantener a los obreros con los sueldos muy bajos y a la sociedad amordazada, como eficaces y dictatoriales maneras de someter a un pueblo a la doble vejación de ningunear sus salarios a la vez que impedir que la manera de solventar el problema lo resolvieran los partidos políticos a través de las urnas, a pesar de la reciente experiencia de los partidos políticos durante el régimen anterior.

 

Volviendo al libro citado, me gustaría llamar la atención del lector para fijarse en la página 17, de la edición a que me refiero, donde en el cuarto párrafo puede leerse: Por cierto… Brian me ha dicho que tienen ustedes racionados los alimentos a razón de 60 gramos de carne por familia y semana, y a un huevo por persona y mes. Me he quedado horrorizada. Helene está informada del cambio de moneda, de dólar a libras esterlinas, a través de Brian, que es un inglés que vive en su mismo edificio. Esta carta está fechada en la ciudad de Nueva York el 8 de diciembre de 1949.

 

A lo largo de las páginas siguientes, el lector encontrará suficientes referencias al envío de viandas y otros comestibles básicos como el huevo, el jamón o la lengua. Frank Doel, el encargado de la librería, escribe de retorno a Helene el 20 de diciembre para agradecer el paquete recibido: … «Quiero que sepa también que todo lo que había dentro de su paquete son cosas que o no se encuentran aquí o sólo se pueden conseguir en el mercado negro». El 1 de junio de 1953, Frank Doel escribe de nuevo para agradecerle un paquete con un jamón, enviado después del que había dispuesto en las Navidades de 1952. En septiembre de 1953, Helene recibe una carta en la que le piden que no se preocupe para enviar nada en las próximas Navidades, pues se han acabado los racionamientos y puedes encontrar hasta medias de nailon en las mejores tiendas…

 

Estrecheces que los críticos de aquí no conocen o no reconocen. Y me surge la pregunta: si el Reino Unido, vencedor de la Segunda Guerra mundial, mantuvo a su población en semejante estado de racionamiento en la década de los años cincuenta ¿cómo se las apañó Franco para convertir la renta per cápita española desde los 107 dólares de 1940 a los 2.574 de 1975 y dotar a la «amordazada sociedad española» del mayor nivel de desarrollo económico y social de ese periodo en Europa Occidental?