Los milicianos que recuperaron el poder tras la sublevación del 18 de julio tuvieron como objetivo los religiosos de la isla. Uno de ellos, Antoni Roig Juan, fue asesinado en sa Carrossa mientras era conducido al Castell de Dalt Vila. Otro, Vicent Ferrer Guasch, se salvó milagrosamente dels “Fets del Castel” el fatídico 13 de septiembre de 1936.

Las noticias del alzamiento nacional llegaron a las Pitiüses y un día después, el 19 de julio, el capitán Rafael García Ledesma, la máxima autoridad militar en las Pitiüses, declaró el estado de guerra y se unió a la sublevación.

Tres semanas tardaron los republicanos en recuperar el control. Fue después del desembarco del 8 de agosto en Santa Eulària y Pou des Lleó de la denominada Columna de Baleares, una expedición comandada por Alberto Bayo que tres días antes había salido del puerto de Barcelona con el objetivo de recuperar el control de las Islas para el bando republicano y que contó con la ayuda de guardias civiles llegados desde Valencia al mando de Manuel Uribarry.

Desde que pisaron la isla, los milicianos fueron en busca de las personas relacionadas con el golpe, entre ellos el banquero Abel Matutes Torres y el mismo comandante Mestre, que fue fusilado el 15 de agosto. García Ledesma ya se había quitado la vida un día después de la llegada de los republicanos. Pero el gran objetivo de los republicanos fue la Iglesia. Hasta 21 eclesiásticos de la isla fueron asesinados a manos de los milicianos, que también destrozaron y quemaron iglesias por toda la isla. Uno de ellos fue el párroco de Sant Francesc Xavier, Antoni Roig Juan. Un joven de 39 años que había nacido en Santa Eulària y que fue asesinado en sa Carrossa cuando era conducido preso hacia el Castell. Enrique Fajarnés Cardona narró este episodio en su libro ‘Lo que Ibiza me inspiró’: «Parece que los milicianos le compelían a que vitorease la República; pero él, fortalecido ya por el espíritu del martirio, replicaba vitoreando a Cristo Rey. Exasperados los otros, le dispararon los fusiles a mitad de la cuesta. El prisionero no pudo llegar a la cárcel».

Presenciando aquella escena estaba Paco, un joven vilero que entonces contaba con trece años de edad acompañado por otro chaval del que sólo recuerda que era hijo de Consuelo Cuevas, «una artista de segunda». Cuenta Paco que prefiere mantener su apellido en el anonimato al hablar de una época que todavía hoy, a sus casi 94 años, le produce mucho dolor. Aquel día su amigo y él, que vivía en la entonces calle Tamarit del Poble Nou de la Marina (ahora bautizada como Bisbe Torres) subieron a la Catedral para ver los destrozos que los republicanos habían provocado en el templo. Al bajar de allí y a su paso por sa Carrossa se encontraron con la trágica comitiva. «Fue una escena dantesca: aquel sacerdote no quería caminar y un bravucón de aquellos le disparó por detrás y lo mató», explica Paco de manera pausada y con el pesar que los años no han conseguido borrar.

Otra suerte muy distinta corrió Vicent Ferrer Cama, sacerdote originario de Sant Joan y que sobrevivió a la masacre de ‘Els fets des Castell’ del 13 de septiembre, donde 93 personas (entre ellas 18 religiosos) perdieron la vida masacrados por los milicianos que emprendían su huida de la isla tras el bombardeo que sufrió la ciudad por parte de la aviación fascista italiana. Don Vicent, que aquella noche perdió a su hermano Josep, también sacerdote, se mantuvo con vida tras la primera embestida con ametralladoras y granadas de mano que los milicianos utilizaron para acabar con los prisioneros.

Los republicanos encontraron a don Vicent sentado en la esquina donde pudo esquivar los proyectiles y rodeado de cadáveres. Le ordenaron que se levantara y ante la negativa del sacerdote le dispararon el tiro de gracia, que no fue tal. Mossènyer Cama se tapó la cara con el brazo derecho, que fue atravesada por la bala que le impactó en la cara del sacerdote y le salió junto a la oreja, sin llegar a matarlo. Malherido, salió de Dalt Vila por el Portal de ses Taules y llegó a la desaparecida Clínica Alcántara, en la actual avenida Ignasi Wallis, donde fue curado de sus heridas.