No fueron pocas e importantes las veces en que los enemigos del Caudillo, de España y de los españoles --todo fue uno durante cuarenta años--, aunque por propio interés, salieron en su defensa. Churchill fue no pocas veces “amigo” y otras “enemigo”, pero es verdad que no destacó por su animadversión contra Franco, bien que siempre puso los intereses del Reino Unido por encima, lo que no puede reprochársele.

 

Una de las veces en que benefició, aún con sordina, al Generalísimo y a España, fue durante la Conferencia de Potsdam celebrada por los vencedores de la II Guerra Mundial en dicha localidad alemana cercana a Berlín del 17 de Julio al 2 de agosto de 1945, cuando la URSS, o sea, el ínclito Stalin, puso sobre la mesa sus ansias de venganza contra el único hombre, régimen y nación que le había derrotado en todos los órdenes de manera clara y estrepitosa.

 

Stalin, enseñando tan tempranamente sus intenciones imperialistas y de exportación de la revolución, presentó un documento con dos graves acusaciones contra España: una, que su Gobierno y Régimen se debían al apoyo alemán e italiano, es decir, de nazis y fascistas, por lo que para él, paradojas del marxismo, constituían un peligro para el mundo, y en especial para Europa y América; dos, que, nuevas paradojas marxistas, para Stalin, adalid de las purgas y represiones más terribles que nunca viera el mundo, Franco y el Régimen ejercían un "...brutal terror..." sobre la población, la cual se mostraba abiertamente opuesta a su continuidad. Por ello, era obligado recomendar a los países miembros de la recién creada ONU que proporcionar apoyo a las "...fuerzas democráticas..." para que pudieran derribar a Franco; dichas “fuerzas” era el eufemismo de las partidas terroristas comunistas que el tirano apoyaba y que asolaban con sus actos homicidas varias zonas de la Península-.

 

Fue Churchill, quien, aunque previamente había declarado que "...el Generalísimo no debe entregarse a erróneas especulaciones..." sobre su actitud hacía él, siempre torticera y ambivalente, salió en inteligente y enérgica defensa del Caudillo, bien que siempre interesada.

 

Churchill intuyó con claridad que Stalin lo que perseguía era aislar a España para poder apoyar sin testigos de cargo, con total impunidad y facilidad a dichas partidas terroristas comunistas por él financiadas, cuya existencia quería hacer creer que eran la prueba del descontento de los españoles contra el Régimen. Para Churchill estaba claro que de lograr Stalin la victoria de los comunistas en España, antes o después se instalaría en ella una república soviética satélite de Moscú que se enseñorearía del Estrecho de Gibraltar cerrando el paso a la flota británica al Mediterráneo. Para frenar la propuesta de Stalin, perjudicial para el Reino Unido, el mandatario británico replicó argumentando eficazmente:

 

* A él le molestaba, como a todos, el régimen instalado en España.

* En absoluto era su amigo como algunos le presentaban.

* Dado el carácter español, siempre orgulloso y con un alto concepto del honor y la dignidad, toda presión podría muy bien provocar una mayor adhesión del pueblo a Franco y al Régimen.

* España no había luchado contra los aliados, no existiendo justificación real para intervenir contra ella.

* Aunque era lógico que doliera a Stalin la intervención de la División Azul en Rusia –hábilmente omitió la derrota en la Cruzada, mucho más dolorosa--, los aliados, incluido él, debían agradecer la neutralidad española sobre todo en momentos tan delicados como el primer año de guerra y durante las operaciones de desembarco en el norte de África.

* Provocar una nueva guerra, máxime en la situación en que se encontraba Europa, sería del todo perjudicial; aquí Truman también se mostró radicalmente opuesto a cualquier intervención armada en España.

* La recién aprobada Carta de las Naciones Unidas reconocía el principio de "no intervención" en los asuntos internos de los países, fueran o no miembros de la ONU, por lo que vulnerarlo al poco de su entrada en vigor, podría muy bien dar al traste con las esperanzas puestas en la ONU.

* Por ello, e independientemente de la fobia que contra Franco y el Régimen se pudiera tener, debían ser los españoles los que solventaran sus problemas.

* Un manifiesto de condena y rechazo de Franco y el Régimen, alternativa que proponía Stalin conforme veía su propuesta derrotada, tampoco era posible, pues daría la impresión de que se reconocía, por la contra, a las autoridades rojas exiliadas, es decir, a Negrín, su último presidente del Gobierno, precisamente agente al servicio de Stalin.

* Finalmente, y para que de todas formas hubiera un acuerdo sobre el caso español, Churchill propuso que el asunto se llevara a la Asamblea de la ONU y que fuera ella la que decidiera.

 

El mandatario británico, que en esta ocasión, bien que, repetimos, por interés propio, había salido en defensa de España, no participaría en la conclusión del asunto, pues el 25 de Julio abandonaba la conferencia para participar en la elecciones generales de su país cuyo sorprendente resultado, contra todo pronóstico, sería su desalojo de la presidencia del Gobierno, dando paso al laborista, es decir, socialista, Clement Attle; quien había estado en España durante la guerra, llegando incluso a prestar su nombre a una Compañía de la XIV Brigada Internacional, siendo reconocida su afinidad con el Frente Popular. Incorporado Attle urgentemente a Potsdam, a pesar de su animadversión contra Franco, hizo suya la propuesta de Churchill, entendiendo que nada peor que consentir que los soviéticos se enseñoreasen de España:"...Una cosa era sentir antipatía por el régimen imperante en España y otra muy distinta abrir el capítulo de la guerra civil con perspectivas favorables para la Unión Soviética...".

 

La oposición británica, el silencio norteamericano y, no cabe duda, las amplísimas facilidades para penetrar en Europa y hacerse con la mitad de ella que por otro lado conseguía Stalin de aquellos, llevaron al tirano soviético a aceptar, bien que rechinando los dientes, una lacónica declaración conjunta de intenciones: "Los tres Gobiernos se sienten obligados a especificar que, por su parte, no apoyarán solicitud alguna del Gobierno español que pueda presentar para ser miembro de las Naciones Unidas, por haber sido establecido dicho Gobierno con ayuda de las potencias del Eje y porque, en razón a su origen, naturaleza, historia e íntima asociación con los Estados agresores, no reúne las cualidades necesarias para justificar su admisión".

 

A dicha nota, respondió enseguida el Caudillo de forma magistral y muy española, como no podía ser de otra forma: "Ante la insólita alusión a España que se contiene en el comunicado, el Estado español rechaza por arbitrarios e injustos aquellos conceptos que le afectan. España se ve obligada a declarar que ni mendiga puesto en las conferencias internacionales, ni aceptaría el que no estuviera en relación con su Historia."