A pesar de que muchos españoles, parecen no haberse enterado aún, el fallido “golpe de timón” (no golpe de estado) que tuvo lugar el 23 de febrero de 1981 ya está esencialmente aclarado.

“Para verdades, el tiempo, para justicia Dios” decía mi madre que en gloria esté. La primera parte del aserto ya se ha cumplido: Falta ahora que la justicia divina enmiende la injusticia terrena, condenando al “Elefante Blanco” (que no fue imputado por el golpe de timón) como ya lo ha condenado la historia de España.

Porque gracias a un hombre de honor que aceptó su responsabilidad, y tomó su cruz, en lugar de avenirse a la cómoda solución que se le ofrecía, se ha podido conocer, definitivamente, lo que sucedió el 23F de 1981.

La verdad ya está establecida y la incógnita despejada. Lo que antes podía leerse entre líneas, ahora puede leerse a páginas llenas. Lo que antes eran fundadas sospechas, hoy son contrastadas certezas. Basta con leer “23-F: LAS DOS CARAS DEL GOLPE” de Ricardo Pardo Zancada, “23-F, EL REY Y SU SECRETO” de Jesús Palacios y “LA GRAN DESMEMORIA” de Pilar Urbano (por citarlos según su orden de “aparición en escena”) para disipar toda sombra de duda.

No obstante bueno es recordar la génesis del 23F y su posterior evolución, que desemboca en la actual situación de España. Y para ello nada mejor que narrarlo en clave náutica, como corresponde a un fracasado “golpe de timón”.

….No hace tantos años la nave del estado estaba en situación dramática. En plena rompiente y a la deriva. Sin gobierno, pues el comandante la había abandonado a su suerte poniéndose a salvo. Él y su familia. En tan caótica situación uno de los oficiales, por propio honor y espíritu, pero también por amor a la nave y a la dotación que estaban en trance de perderse, asume el mando. Primero debe dominar un motín a bordo que, como suele suceder, se suscita cuando ante el peligro inminente de zozobrar el comandante abandona la nave y esta queda al garete.

El nuevo comandante asume el mando en una situación de vida o muerte. Domina el motín, y luego, tras penalidades sin cuento, restablece la situación. Auxiliado al principio por parte de la dotación que le ha sido fiel. Luego por todos, al comprender que gracias a él la nave ha recuperado su rumbo, alejándose del peligro. Y que ha sorteado posteriormente, con su pericia, otros muchos escollos que acecharon en las nuevas singladuras. En definitiva, que el providencial comandante, tras reparar los destrozos del temporal, consiguió navegar en bonanza durante casi cuarenta años.

Y tras pilotar la nave del estado con mano firme y experta, en demanda del magno puerto que le correspondía por su gloriosa historia, cuando por ley de vida rinde viaje, entrega el mando al nieto de aquel comandante que abandonó la nave en lo más recio de la tempestad.

No ofrece el mando al hijo, pues desembarcado también con el padre en aquella dramática situación de las rompientes, cuando la nave vuelve a estar en peligro durante su difícil travesía histórica, pretende que aquellos amotinados que fueron obligados a desembarcar tras ser dominado el motín -una vez salvada la nave- le quiten el mando al comandante salvador y se lo entreguen a él.

El nuevo comandante -nieto del desertor- asume el mando por obra y gracia del Salvador: no el de los cielos, el de la patria. Para ello jura sobre los Santos Evangelios cumplir las normas de navegación y demás disposiciones que salvaron a la nave del naufragio, y que son la garantía de que nuevamente no se halle en trance de perderse.

Pero ufano del alto puesto alcanzado (y sin sentir agradecimiento alguno al considerarlo su derecho por ley de herencia) comienza a escuchar los cantos de sirena. A escucharlos, y a seguirlos.

Y entre esos cantos de sirena se encuentran los de de su augusto padre.  Transcurren los años, singladura tras singladura. Y el nuevo comandante, en lugar de amarrarse al palo mayor del juramento empeñado, para no sucumbir al encanto de las sirenas -como hiciera Ulises- se deja adormecer por ellas y sigue el rumbo de la perdición que estas le marcan por boca de sus cortesanos y de sus enemigos. Desoye el sabio consejo con que concluye la fábula del perro y el cocodrilo: “O que docto perro viejo, yo venero su sentir en eso de no seguir, del enemigo el consejo”.

Y como era obligado, al seguir el mismo rumbo que condujo a su abuelo a los escollos, pronto se ve ante ellos. Consciente del peligro pretende corregir la derrota con un “golpe de timón”, pero naturalmente es una maniobra delicada y la nave acusa la virada. Crujen las cuadernas y la escora asusta al comandante. Por ello, antes de que concluya la maniobra, ordena al oficial de derrota que desista de ella. Y  se llevan preso a la sentina al inocente timonel, a quien se había encargado accionar la rueda del gobernalle para la audaz maniobra.

El desenlace al abortar el golpe de timón, no podía ser otro que persistir en el rumbo que conducía al desastre. Y aunque el susto que produjo la violenta virada, mantuvo un tiempo en sosiego a los que ya amenazaban de nuevo con amotinarse, pronto volvieron en sus demandas. Y el caso se agravó cuando, merced al desgobierno propiciado por la nueva ordenanza implantada en la nave -según la cual al comandante solo le correspondía pasear por cubierta “moderando la navegación”- (las decisiones y el mando deben ser responsabilidad del “segundo”) quedó este puesto, de importancia vital, en manos de un grumete: Bobo solemne para mayor desgracia.

Como ya se ha dicho, pasado el susto y con el bobo solemne en el puente dirigiendo la navegación, la chusma, so amenaza de amotinarse, exigió la que era la más vil de todas sus demandas. Y al mismo tiempo la que más saciaba su rencor: Pidió la profanación del cadáver y de la memoria de aquel providencial comandante que había sofocado el motín, y que tras salvar la nave, había entregado el mando a quien ahora lo ostentaba “moderando” la navegación.

Y como en el caso que nos ocupa la nave no es una de las que surcan los mares, sino la de un Estado que surca la historia, el cuerpo del difunto comandante no había sido echado a la mar con los honores que le correspondían, sino que permanecía en tierra bajo una gran cruz. Grandioso monumento a la reconciliación de los españoles en el mutuo perdón, como auténticos hermanos hijos del mismo Padre.

Pero los enemigos de España -y también de la Corona- siguieron pidiendo a gritos su cuerpo para profanarlo, como antaño se pidiera el de Jesucristo para crucificarlo.

En Jerusalén la autoridad de Roma entregó al Justo, aun sabiendo que lo era, por cobardía, por contentar a sus enemigos -que también lo eran de Roma- y como es sabido la historia se repite.

El nuevo comandante de la nave, obedeciendo las exigencias de los cuervos -que no obstante siguen esperando el momento de poder sacarle los ojos- sancionó con la firma, “de su real mano” que quien salvó la nave del naufragio y tras engrandecerla se la entregó, fuera fondeado en lo más negro de la historia. Y así se hizo. Pero además, queriendo sepultarlo en el abismo del olvido, ni tan siquiera se le dieron los honores de ordenanza. No; tenía que hacerse con escarnio. Y en lugar de hacerlo con las salvas de honor, que sería lo obligado, se le despide con los salivazos de una chusma que espera el momento de la revancha. Y en vez de con una bala de cañón amarrada al cuerpo amortajado, se lastra su memoria con el peso de un odio y un rencor inextinguible. Colgándole con una infamante cuerda de esparto un texto abyecto: la Ley 52/2007 “de la memoria histórica”. Que al igual que sucede con el INRI,  perpetuará  a través de la historia la infamia cometida.

Y volviendo al 23 de febrero, como epílogo, conviene hacer una reflexión:

Resulta increíble que cerebros privilegiados, inteligencias superiores, -al menos así se consideraban ellos- no hubieran leído (o si leído no asimilado) las enseñanzas de “El Príncipe” de Maquiavelo. Sorprende que el general Armada  y el comandante Cortina, “maquiavelos de vía estrecha” no hayan penetrado la agudeza de su amoral maestro cuando sentencia que “El príncipe no debe confiar en el hombre que no pueda comprar” aseveración que, aún rezumando amoralidad, dice mucho sobre el conocimiento de la condición humana.

Si para el “trabajo sucio”  del plan (la entrada en el Congreso de los Diputados con el secuestro amañado de sus señorías) hubieran buscado un mercenario, luego habrían podido, merced a un justiprecio, presentarlo como cabeza de turco o chivo expiatorio.

Y entonces el autor de la entrada en el hemiciclo hubiera aceptado la oferta, poniéndose a salvo junto a su familia y facilitando así el “arreglo”. Pero obviando las enseñanzas de Maquiavelo, eligieron a un hombre de honor. Al que no podían comprar. Y así sucedió.

Confirma la condición de “maquiavelos de vía estrecha” que se adjudica a los ideólogos de la “Operación De Gaulle” el hecho de que la condición honorable del elegido para la entrada en el Congreso, debía ser conocida por los estrategas del golpe de timón. Pues estaba sobradamente acreditada durante toda su trayectoria vital.

Por eso, cuando comprendió, cuando se dio cuenta, que había sido engañado, que la acción encomendada no era con el fin que se le dijo, reaccionó como lo que era: como un hombre de honor. Como un hidalgo. Prefiriendo honra sin barcos que barcos sin honra.

Y para incrementar aún más el garrafal error, en la elección de quien había de dar el “golpe de timón” que habría de enderezar el rumbo de la nave, el general Armada -por prepotencia, o porque le traicionaron los nervios- cuando entra en el Congreso de los Diputados para “reconducir la situación” y explica sucintamente a Tejero que ha llegado el momento de pasar al segundo acto de la farsa, este, como hombre de honor, se siente engañado y le responde: No era para eso mi general, para lo que yo me había comprometido a entrar en el Congreso….

Y es en ese preciso instante cuando se hunde toda la tramoya de la representación. Porque el general Armada, -ya se ha dicho- por prepotencia o por no ser capaz de controlar sus nervios, se olvida de quien es el hombre cabal que tiene delante y le espeta: Pues esto es lo que hay… o lo aceptas o treinta años de cárcel.

Y es en ese momento, precisamente, cuando toda la “Operación De Gaulle” se va a la mierda…. Salta por la borda, puesto que estamos en clave marinera. Porque una “eminencia gris” como el general Armada (o el comandante Cortina) había confiado para su maquiavélica operación -desoyendo los consejos de su maestro Maquiavelo- en un hombre que no podían… y que no pudieron comprar.

Y la fuerza de la corriente que se pretendió encauzar (tras haber derribado la obra de contención; es preciso recordarlo) terminó arrastrándolo también a él. Y ello a pesar de las astutas providencias que había tomado para salvarse en caso de que se torciera la “Operación De Gaulle”. Pero había olvidando que, al haber elegido como actor principal de su sainete, a un hombre de honor, este iba a rechazar la “Solución Armada” con una nueva versión de Sansón y los filisteos: “Yo sí… treinta años… ¡y tu también cabrón!”.

El comandante Cortina salió mejor librado. La información es poder. Y en ciertos lances el mejor escudo. Además, El Código de Justicia Militar vigente en aquellos momentos, como fórmula eficaz para desmontar pronunciamientos establecía para el delito de rebelión: “cualquiera que sea el grado de implicación, quedará exonerado de culpa quien tomare las providencias necesarias para que el delito fracase: siempre que lo consiga -precisaba- Y este fue, precisamente, el caso del comandante Cortina, jefe de los “servicios especiales” del CESID.

Tomó parte activa en la intentona, proporcionando el imprescindible apoyo de información y logístico, pero cuando se dio la orden de “abortar misión” tomó con igual diligencia las providencias necesarias para su fracaso…. Y lo consiguió.

También pudo haber influido, en su extraña absolución, una frase apócrifa que se le atribuyó por aquel entonces: “Si salgo condenado, tiro de la manta y aquí se cae hasta el del cuadro”.

El 23F ya forma parte de la historia de España. Para verdades, el tiempo, para justicia, Dios.

Tejero pagó un altísimo precio por ser fiel a la divisa de su querida Guardia Civil. Culto al honor, que sin duda ya había aprendido en el hogar; antes de ingresar en el Benemérito Instituto.

Por su parte, muchos cientos de miles de españoles disfrutaron -y siguen disfrutando cada vez que lo reponen en TV- de aquellos momentos estelares en la reciente historia de España, que la sabiduría popular recogió días después en la letra de un simpático tanguillo -posteriormente proscrito- que decía así:

Estaba la gente

“cagaita” de miedo

bajo los escaños

“tiraos” por los suelos

Y prosiguió en la “Oda al 23 de Febrero”

Teniente coronel Tejero

que del honor al arrullo

fuiste de la Patria orgullo

y honra de la humanidad..

La verdad de aquel malogrado golpe de timón ya está establecida. Y puesto que no se enderezó el rumbo, la nave prosiguió navegando hacia la rompiente y está ahora en trance de perderse. Es oportuno pues finalizar esta alegoría histórica en clave marinera… “Para que cada palo aguante su vela”

Pero no debe finalizarse sin resaltar la hidalguía de quienes, ya con el naufragio consumado, subieron a bordo.

Cuando el comandante Ricardo Pardo Zancada llegó al Congreso, Tejero le advirtió que todo estaba perdido, que no entrara. Pardo Zancada lo sabía… y a pesar de ello ¡entró!

Adoptó la decisión más propia de su honor y espíritu, como preconizan las ordenanzas ante los casos dudosos. Y quiso hacerlo porque como muchos otros, estaba comprometido en aquel golpe de timón. Que avalado por el general Armada, nadie ponía en duda que contaba con el preceptivo nihil obstat. Por eso, cuando corrió la voz de ¡sálvese quien pueda! quiso confortar con su compañía al estoico timonel a quien tras haberle encargado la “audaz maniobra” lo dejaban solo. Y junto al comandante Pardo Zancada lo hicieron también los oficiales que le acompañaban. Como el capitán Arenas, que siguieron lealmente al jefe, aún sabiendo que tras la aparición de S.M. en televisión todo estaba perdido y los dejaban solos a bordo. Pero lo demandaba su honor, y  a él obedecieron.

También fue mártir de la lealtad el capitán de navío Camilo Menéndez, que sin estar comprometido a nada, se sintió moralmente unido al honor de aquella sufrida dotación de una nave a la que, interrumpido el golpe de timón en plena virada y con la mar de través, se la había convertido virtualmente en un pecio.

Cuando el tiempo entierre las miserias de la política, la historia resucitará, con admiración y gloria, a unos hombres que llevados de su honor y patriotismo fueron víctimas de ella.

“Para verdades, el tiempo. Para justicia Dios”