Los catedráticos son reintegrados a sus puestos; se autoriza el regreso de los deportados; queda disuelta la Asamblea Legislativa; en suspenso los ascensos por elección en el Ejército…

Todo el andamiaje levantado por la Dictadura es desmontado a golpe de Decreto.

El doctor Marañón, con Luis Tapia y el doctor Pittaluga, se presentan en el Ateneo para recuperar los cargos directivos de que habían sido desposeídos por Decreto del Dictador, y esto da motivo a una ruidosa algarada pseudointelectual.

En el banquete conmemorativo de la Primera República –el 11 de febrero-, Azaña dijo: “Los que entramos en este combate, debemos ir poseídos del fanatismo por la idea. No temaís que os llamen sectarios. Yo lo soy. Tengo la soberbia de ser ardientemente sectario”.

El general Berenguer recibió los poderes sucesorios de Primo de Rivera. Recordó su prisión en un castillo, y enemigo de las dictaduras, se hizo valer por perseguido en su tiempo.

Por aquellos días, Primo de Rivera pasó unas horas en Barcelona con “ánimo de asaltar el poder e instituir una regencia bajo su personal tutela… Sus gestiones fracasaron y fue entonces cuando decidió expatriarse”.

Antes de abandonar su cargo, creyó oportuno aconsejar al Rey la continuación del sistema dictatorial; y hasta le dejó una lista con varios nombres de personas que juzgaba idóneas para el nuevo Gabinete, y proseguir la orientación iniciada por él, especialmente en la parte referente a obras públicas.

El ritmo lento del Gobierno iba dejando sin resolver los problemas urgentes. Y se empezó a hablar de convocar elecciones… La agitación revolucionaria no remitía. Era sostenida por todas las organizaciones confabuladas para derribar el trono: republicanos, socialistas de Prieto, con los separatistas de Cataluña y Vasconia, y con los denominados galleguistas. Y en Barcelona, donde rebullen todos los desperdicios del anarquismo mundial, se producen huelgas, a veces sangrientas, ensayo de más hondas perturbaciones.

El comunismo, que al comenzar el año contaba con 800 afiliados, gana adeptos, y empieza a extender por España su red de células y comités.

Sus focos principales se encuentran en Madrid, Barcelona, Bilbao, Málaga y Asturias.

Ya el 24 de febrero, el general Mola había tenido la primera confidencia sobre un movimiento urdido por los agentes rusos Golstein y Grumatiz, para instaurar el sovietismo en España, para ganarse a las masas obreras.

Los estudiantes se pasaron todo el año en motines contra el régimen (la F.U.E.). El resto de la historia hasta el 33 y el 36, es fácil de adivinar.

Ya el 1º. de mayo de 1931, la fecha proletaria por excelencia, la manifestación en Madrid transcurrió sin incidentes. El paro alcanzó tales proporciones que holgaron hasta el personal de los servicios sanitarios y los enterradores.

Hubo manifestación comunista en Bilbao, con rociadas de tiros, desórdenes en Barcelona y agresiones a la fuerza pública, con tiroteo incluido, frente al Palacio de la Generalidad.

El diario de Moscú, Pravda, publicaba unos consejos a los comunistas españoles: “Hay que crear una guardia obrera revolucionaria”.

 “El Socialista” (28 de mayo de 1931), replicó al diario ruso que: “tales consejos eran contra la República”.

Quedó de relieve en ese 1º. de Mayo el gran empuje que habían cobrado el anarquismo y el comunismo desde la salida de Primo de Rivera, y la preponderancia sobre las masas obreras, tan pronto tuvieron libertad de propaganda.

Pero más fuertes fueron las fuerzas ocultas que tanto habían contribuido a instaurar la República y se acercaban a liquidar sus facturas… La masonería se desarrolló rápidamente, convirtiéndose en un verdadero alud los funcionarios que se afiliaban a las logias del Gran Oriente y la Logia Española, para así acreditar su republicanismo, y no perder sus cargos.

Las logias tenían mayoría en el gobierno: Azaña, Lerroux, Marcelino Domingo…, etc., y celebraban el nuevo régimen de libertad, para la separación de la Iglesia y del Estado, expulsar las órdenes religiosas y relegar la enseñanza religiosa.

Los “hermanos” de otras naciones se asociaban al júbilo de la masonería española.

Los católicos, desorientados y alicaídos, recibieron consuelo y fortaleza con una Pastoral del Cardenal Segura, dándoles normas sobre el proceder ante las circunstancias, al tiempo que agradecía a Alfonso XIII la conservación de las tradiciones en la fe, su devoción a la Santa Sede y la consagración de España al Sagrado Corazón. “Es deber imprescindible de todos unirnos para defender y salvar la religión”, dijo.

 A partir del 10 de mayo, comenzaron los disturbios de la muchedumbre. Guardias y bomberos asistieron impasibles a la quema de conventos, escuelas religiosas y templos, por orden del Gobierno, directa o indirectamente, porque la confianza depositada en Maura era limitada y precaria, y la represión enérgica era la negación del espíritu revolucionario que había traído la República.

Para mantener el orden, tenían que enfrentarse con las mismas turbas que unas semanas antes los habían encaramado entre ovaciones al Poder. ¡Esta era la verdad!

Por eso los incendios de Madrid se corrieron a provincias y media España estuvo a merced de los amotinados. Hasta trataban de justificar la barbarie anticatólica, antipatrimonial, antisocial, antipatriótica y diabólica, inventando el absurdo pretexto de que eran incendiarios y asalariados de la extinta monarquía, para así ensuciar el nuevo régimen republicano. Una forma de envenenar más a las masas.

En Sevilla, Córdoba, Cádiz, Málaga, con la persecución de su Obispo, don Manuel González… Tan rápida fue la acción del fuego que entre las llamas, asfixiándose los saqueadores, pedían a gritos que los ayudasen a salir de aquel infierno que habían provocado para sacar bandejas de plata, lámparas y relicarios, tallas, bronces, brocados y terciopelos del Palacio Episcopal.

 En Levante, la persecución se produjo en Murcia, Valencia, con el Convento de los Dominicos, etc.

El ministro de la gobernación se había propuesto “republicanizar” España, volviendo al revés todos los Ayuntamientos en los que predominaban los monárquicos, imponiendo los votos de la minoría republicana sobre la mayoría monárquica.

Se expulsó al Cardenal Segura de España, estimándose su permanencia peligrosa por el gobierno, y se dirigió a Roma, sin que el gobierno demostrara o diera explicaciones de ese supuesto “peligro”… ¿Por qué me odian? preguntó el Cardenal al Comisario que debía ejecutar la orden de expulsión, y este le contestó que “por la Pastoral que ha escrito usted contra la República”. A su pregunta d sí la habían leído le contestaron que “no Cardenal, no la he leído”, pero son órdenes de arriba.

Huelgas, desmanes como explosiones revolucionarios del anarcosindicalismo, sembraron otra vez la miseria en toda España…

Epílogo.

Hay que armarse de atormentadora voluntad para leer el primer tomo de la obra “Historia de la Cruzada Nacional”, de don Joaquín Arrarás Iribarren (editorial Datafilms, Madrid, 1984), y ver las fotografías de las sacrílegas hogueras y pérdidas incontables y valiosísimas de obras de arte pictórico, escultórico y arquitectónico, en incontable inventario patrimonial.

Sólo las fuerzas satánicas desatadas del averno, pueden explicar lo que humanamente no se puede explicar, por mucha incultura que la chusma pueda tener.

El odio, la soberbia y anticlericalismo ateos llegaron a grados increíbles, aún si no se ven estas estampas directas de aquella época.

La anarquía vuelve a derribar las grandezas de los Caudillos amantes de su Patria.

 “Quien no está conmigo, está contra Mí. Y el que recoge conmigo…, desparrama”. Y nunca mejor dicho.