Medios de comunicación de izquierda desmintieron, hace escasos días, que Franco fuese el creador de las vacaciones pagadas, atestiguando y aduciendo que fue un mérito atribuido a la II República española. Lo argumentado es cierto, pero obvia y soslaya que durante el Gobierno posfranquista de Arias Navarro tuvo lugar la aprobación del descanso retribuido de veintiún días, frente a los exiguos y tercermundistas siete legalizados durante la España republicana de los procelosos años treinta.

Las demostraciones de la izquierda periodística no dejan de ser ciertas, pero eclipsan, ocultan y pasan por encima de una parte nada desdeñable de la realidad, lo cual les lleva a pregonar una verdad a medias, consabida práctica que constituye la peor de las mentiras.

Un breve repaso a la legislación laboral

Las Cortes Constituyentes de la II República española dieron luz verde a los siete días de vacaciones. Después de la cainita y fratricida Guerra Civil, el general Franco rescató del ostracismo de ultratumba este derecho laboral de una semana de pausa, a través del artículo 35 Decreto del 26 de enero de 1944, por el que se aprueba el Libro I de la Ley de Contrato de Trabajo. En 1976, antes de que Arias Navarro abjurase formalmente de su cargo en julio de ese mismo año, tras una chisporroteante y electrizante discusión con Su Majestad Don Juan Carlos, fue aprobada la Ley 16/1976, de 8 abril, de Relaciones Laborales, la cual dictaminó, en su artículo veintisiete, que “todo trabajador tiene derecho, cada año, a un periodo no sustituible por compensación económica de vacaciones retribuidas de veintiún días”, dejando a España al nivel de la vieja Europa y dentro de la curia regia de las privilegiadas del mundo. A posteriori, se han producido timoratas y gráciles modificaciones, hasta alcanzar los veintidós de los que disfrutamos en hogaño.

Para más inri y mayor colmo, la izquierda mediática, también, ha pasado por alto que los siete días de vacaciones pagadas aprobados durante la inmaculada e irreprochable II República española guardan extrema simetría con el modelo chino y mexicano de descanso retribuido, siendo China y México los países con el menor lapso temporal de asueto costeado de todo el planeta, con cinco y seis días de recreo sufragado, respectivamente.

Hasta en Japón el promedio de personas que se acogen al asueto retribuido es mayor, nación en la que disfrutar de vacaciones pagadas está fatal visto, donde quien se acoge a este derecho laboral es tildado de holgazán, haragán, truhán y zascandil. Para que nos hagamos una idea, esta potencia asiática concede el derecho a disfrutar de dieciocho días de descanso sufragado, pero los nipones no tienden a agotar el cupo y utilizan una media de diez, algo diametralmente inconcebible en nuestra mentalidad. De hecho, el gobierno japonés se vio constreñido a establecer un mínimo de cinco, puesto que había un segmento considerable de la población nipona que se negaba en rotundo a gozar de una jornada de solaz y esparcimiento costeada por la empresa.

En Estados Unidos, no existe una legislación federal para las vacaciones pagadas, aunque las empresas otorgan a los “workers”, motu proprio, un promedio de diez días de recreo costeado, no sé si por impulso compasivo, por caridad cristiana, por razones deliberadas y dolosas de rendimiento profesional o lisa y llanamente, para evitar revueltas, asonadas, motines y algaradas. Dejo este último veredicto moral o adagio a juicio del lector.

La vieja Europa, la gran propagadora histórica del cristianismo urbi et orbi, es el continente en el que sus habitantes gozan de las mejores vacaciones pagadas de la Tierra. Naciones como Francia y Finlandia encabezan la lista de forma bicéfala, con una imponente floresta de treinta días de pasatiempo financiado, y el grueso o la mayoría de los países continentales usan y disfrutan de una copiosa plétora de veintitantos, algo paradigmático y modélico en el mundo. Durante el mandato de Arias Navarro, España ascendió a primera división mediante la aprobación de los veintiún días y a posteriori, ya adentrada de lleno y de profundis en la democracia, esta ley de descanso retribuido sufrió tenues y livianas modificaciones, en virtud de las cuales gozamos hoy de veintidós soles y lunas.

La izquierda mediática desmiente, con buen tino y acreditado rigor jurídico, que Franco fuese el insigne creador de la Seguridad Social, pero se abstiene de puntualizar que fue aprobada por el Gobierno del conservador y católico clerical Antonio Maura, por lo que vuelve a recurrir al cinismo de las verdades a medias, ancestral práctica que constituye la peor de las mentiras.

El 27 de febrero de 1908, se logró institucionalizar un régimen de Seguridad Social en España, a través del Instituto Nacional de Previsión, bajo el Gobierno del conservador y acérrimo defensor de la Iglesia Católica Antonio Maura, y el monarca Alfonso XIII le dio su real bendición y visto bueno.

Una de las más esclarecedoras contribuciones de Antonio Maura en beneficio de la Iglesia Católica fue lograr que el Papa Pío X y Alfonso XIII firmasen un convenio en virtud del cual se reconocía plena personalidad jurídica a las órdenes y congregaciones religiosas. También, tuvo la audacia y el tesón de enfrentarse al renombrado masón Vicente Blasco Ibáñez y a su séquito y retén de adláteres y correligionarios.

La izquierda periodística desmitifica a Franco arguyendo que el Caudillo no creó el sistema público de pensiones, pero es reacia o renuente a precisar que el proyecto de ley fue presentado por un gabinete presidido por el conservador, católico y férreo defensor del clero Antonio Maura.

Ese proyecto de ley presentado por el gabinete del pío y tradicional Antonio Maura fue aprobado en 1919, por el gobierno legítimo del momento (detentado por el Partido Liberal), y con el beneplácito real de Su Majestad alfonsina.

La izquierda mediática desmonta que Franco fuese el egregio creador de las VPO, viviendas de protección oficial, pero omite que Miguel Primo de Rivera la hizo extensiva y tangible a la clase media por Real Decreto en 1925.

Es cierto que, en 1911, se aprobó la ley de Casas Baratas y que, en 1921, hicieron germinar una segunda norma que la ampliaba, pero no tuvo perceptibles y plausibles efectos prácticos hasta 1925.

La izquierda pone sobre el tapete que Franco no fue el ínclito y conspicuo creador del Plan Nacional Hidráulico, aprobado en 1933 por Indalecio Prieto, pero sí el único que fue capaz de ponerlo en marcha, hacerlo realidad e incluso, mejorarlo.

La izquierda mediática acusa a Franco de edificar El Valle de los Caídos con trabajo esclavo, cuando fue una privilegiada vía de escape para los presos, que se libraban de tres días de condena por uno trabajado, amén de percibir un sueldo por su servicio.

La izquierda periodística recuerda que Franco no fue el prodigioso y celebérrimo creador de Iberia y Telefónica, pero oculta que ambas germinaron durante el directorio de Miguel Primo de Rivera. La compañía aérea, en 1927, y la telefónica, en 1924.