El 15 de septiembre de 1936 partía desde Cartagena con rumbo al Cantábrico el submarino B-6, portando un cargamento de armas y municiones, al mando del Álferez de Navío Oscar Scharfhausen Kebbon, firme partidario de la causa nacional al que se había sacado de la cárcel y obligado a aceptar tal puesto debido a la falta de mandos en la Armada frentepopulista, toda vez que para esas fechas ya habían sido masacrados la mayoría de los existentes al estallar el Alzamiento; como fuera el caso de Guillermo, hermano de Oscar, comandante del submarino B-5 el 18 de julio que había sido fusilado hacía pocos días.

 

Ni que decir tiene que debido a ambas causas Oscar Scharfhausen tenía bien decidido lo que iba a hacer a la primera oportunidad que tuviera aún a riesgo de su propia vida.

 

Cuatro días después, el 19 de septiembre, sobre las 12,30 h., y cuando el B-6 se encontraba en superficie a la altura de Santander, fue avistado por el bou nacional Galicia -- al mando del Alférez de Navío Federico Sánchez-Barcaíztegui--, pequeño barco pesquero convertido dentro de lo posible y de manera urgente en pretendido buque de guerra, lo que es mucho decir, que junto con el también bou Ciriza intentaban el minado del acceso a dicho puerto; los bous fueron un invento de la Armada nacional que a pesar de su pequeñez en todos los sentidos dieron un juego impresionante gracias a la audacia de sus tripulaciones compuestas en gran parte de falangistas voluntarios muchos de los cuales nunca habían tenido nada que ver con la Marina, ni con el mar, ni siquiera sabían nadar, pero que suplieron con su celo y patriotismo tales carencias.

Realizado el contacto, el Galicia puso de inmediato proa hacía el submarino a toda velocidad abriendo fuego con su pequeño cañón de 57 mm logrando un primer impacto, bien que sin consecuencias debido a tan escaso calibre, procediendo el submarino a sumergirse, maniobra de evasión reglamentaria con la que el caso debía darse por finalizado.

Pero sorprendentemente, y en contra de toda lógica, los tripulantes del Galicia observaron atónitos como el submarino volvía a la superficie al cabo de unos pocos minutos.

Lo que había ocurrido era que su capitán, Oscar Scharfhausen, sin que nadie se apercibiera, había abierto la válvula del acústico, simulando con su sonido el hundimiento de la nave, lo que de forma automática llevó a la tripulación a abortar la inmersión y volver a superficie.

Al salir a ella, el submarino lo hizo a tan sólo unos 1.000 metros de distancia del Galicia, con el que de inmediato se produjo un intenso intercambio de disparos que duraría cerca de tres horas, llevando ventaja el submarino gracias a su rápido cañón de 76 mm, muy superior en prestaciones al del bou nacional; durante dicho periodo Oscar Scharfhausen, aunque no pudo evitar que se disparara contra el bou, sí hizo todo lo posible por mantener al B-6 a tiro de su oponente dispuesto a que el bou pudiera acabar con el submarino.

El resultado del combate fue que si bien el Galicia logró impactar al menos en cinco ocasiones en el submarino, abriéndole algunas vías de agua y causándole tres heridos, el B-6 logró, a su vez, tocar al bou matando al sirviente del cañón –del que se hizo cargo personalmente su comandante al cundir el pánico entre la tripulación--, quedando inmóvil al resultar tocada su sala de calderas, circunstancia que aprovechó el submarino, de nuevo contra toda lógica, no para torpedearlo y hundirlo, sino para alejarse de la zona gracias a las controvertidas órdenes de Oscar Scharfhausen.

Estando en ello, y advertido el destructor nacional Velasco que patrullaba por aquellas aguas de lo que ocurría --y mientras el Galicia era asistido por el Ciriza --, pudo aún, guiado por la columna de humo que salía del B-6, llegar a tiempo de lanzarse a toda velocidad sobre el submarino abriendo fuego a una distancia de unos 6.000 metros con sus potentes cañones de 101 mm, lo que ante la imposibilidad manifiesta de plantarle cara, permitió que Oscar Scharfhausen se impusiera a la tripulación, por entonces ya segura de la “deslealtad” de su capitán, aceptando rendir la nave, ya gravemente dañada, antes de ser aniquilada y poder así salvar la vida de los 37 tripulantes que aún quedaban con ella.

Mientras al Alférez de Navío Federico Sánchez-Barcaíztegui, capitán del Galicia, se le concedió la Cruz Laureada de San Fernando -- la primera de toda la guerra concedida en la Armada--, por el arrojo y agresividad demostrada en este encuentro en el que en absoluta inferioridad de condiciones no dudó en perseguir al B-6, la odisea del Alférez de Navío Oscar Scharfhausen sólo acababa de comenzar, pues aunque no pudo evitar que los miembros del comité del submarino abrieran fuego contra el Galicia – los cuales una vez hechos prisioneros fueron sometidos a consejo sumarísimo y fusilados--, sí había logrado sacar a la superficie al navío y ponerlo a tiro de su oponente, lo que fue muy positivamente valorado por el mando naval nacional que le dio opción a incorporarse de inmediato a la flota, lo que dicho oficial rechazó ofreciéndose voluntario para volver a la zona frentepopulista --en concreto a Bilbao--, con el oculto propósito de procurarse el mando de otra nave para regresar con ella y “pasarla” a la Armada nacional. Llegado a dicha ciudad, lograría durante algún tiempo hacer creer que había conseguido evadirse de la zona nacional, pero al terminar por levantar sospechas, y ante el riesgo que corría, optó por regresar a zona nacional, lo que consiguió haciendo gala de gran valor y tras numerosas peripecias, incorporándose a su flota en la que sirvió ya durante toda la contienda, así como después de ella.

Este magnífico oficial pudo así, con gravísimo riesgo, vengar el vil asesinato de su hermano al tiempo que dar cumplida satisfacción a sus ideales patrióticos. Toda una doble y notable hazaña.