Solo se arrincona lo que se conoce, porque la desgracia sería el desconocimiento de algo digno de encomio. Lo que demuestra que cada sistema político enaltece lo que le interesa, y excluye lo que atenta contra sus mezquinas mentalidades.

El poeta castellano por autonomía, Gabriel y Galán, cumplió en 2005 el centenario de su muerte, y nada se ha dicho de este excelso católico ejemplarísimo, maestro de escuela ejerciente en las provincias de Ávila y Salamanca, labrador de vocación, renunciando a su profesión docente, padre de familia numerosa, poeta enamorado del campo y de la vida vivida en ese ambiente rural de vecindad fraternal y acendrada en los principios católicos, hombre influyente en preocupaciones políticas intercediendo ante Alfonso XIII e 1904, ganador de varios premios florales de poesía en Salamanca (15-9-1901), con su poesía “El Ama” (quintaesencia de su poesía), en Zaragoza, Murcia, Lugo y Sevilla, y eco a nivel nacional que trascendió a los campos, a las escuelas y a las iglesias con su variado elenco de temas religiosos, sociales, familiares, laborales y hasta místicos.

Este gran poeta hubiese tenido un momento superior al Cerro de los Ángeles el pasado año, si hubiera sido un director de chekas como los Albertis, un pseudo filósofo sentimentalista y vacuo sordo como los Galas, un oportunista, chaquetero y zafio coleccionista de orinales como los Celas, o un desertor de los paraísos comunistas que regresan aprovechando que Franco ya no está, y que vienen a recibir títulos de “honoris causa” sin honor y sin causa merecida, y a llenar el estómago con la abundancia que Franco nos dejó, comiendo… a dos carrillos. Pero afortunadamente, no es el caso de nuestro poeta, gloria nacional donde los haya. Mejor así, pues no resulta sospechoso de pertenecer a este sistema ateo-práctico-liberal.

  Don José María Gabriel y Galán nació en Frades de la Sierra (Salamanca), en 1870, y murió a sus 35 años en Guijo de Granadilla (Cáceres), en 1905. De familia muy religiosa, ejerció de Maestro y prefirió el trabajo campesino “labrando unas tierras y cuidando a sus gentes”, como dice en carta a la condesa Pardo Bazán.

Su obra literaria es una poesía llana, bucólica, plasmando las vidas de las gentes campesinas, las virtudes tradicionales del trabajo, la fe religiosa y la familia, sin dejarse seducir de las corrientes modernistas, de los cultismos y de los metaforismos alambicados de su época, aunque conocía a Rubén Darío, y las tendencias decadentes.

“Yo no soy más que un poeta que vuestros propios sentires, con vuestros propios decires, enamorado interpreta”, escribió. Su poesía es el canto enamorado al don de la vida, al sudor del trabajo honrado, a la familia, a la pureza de la conciencia y ante todo, a las maravillas de la naturaleza, en las que siempre ve la mano del Creador, que le lleva a convertir en oración todo cuanto hace, piensa o siente.

 Y es que este poeta, primero cree, luego piensa, y después escribe en elegante poesía lo que siente.

Si Bécquer hace fina literatura con su sentimiento, Gabriel hace elegante poesía con su pensamiento. Aquél es el poeta del sentimiento; este es el poeta del pensamiento y por eso en cada escrito suyo se saca una enseñanza edificante, religiosa, moral o filosófica.

Sólo desde una formación y vivencia religiosa se puede llegar a tanto. Es digno de ser conocido y escuchado, pues su poesía vale más que nunca para nuestros decadentes tiempos.

Así acabó su poesía “Progreso”, en la que fustiga el materialismo actual: “Oh, soberbia de hombre, eres miseria! ¡Oh progreso sin Dios, eres mentira!