Primo de Rivera, engañado por este entusiasmo, no sospechaba que tal vez no le siguiera con igual vehemencia cuando, terminada la destrucción, llegara el momento de iniciar la obra constructiva y pidiera compañía, esfuerzo y sudor; no sospechaba que la adhesión se trocaría en inhibición, sino en hostilidad, en cuanto exigiese la menor contribución de sacrificio, no ya de actuación difícil.

Solo allá en sus postrimerías, reconocería que únicamente “el escepticismo desesperado” fue el que adoptó su dictadura, cimiento negativo y falso.

Por millares llegaban las denuncias al Dictador o más bien al Directorio; media España se dedicaba a acusar a la otra media, hasta el punto de obligar al Dictador a recomendar a las autoridades a evitar precipitaciones que condujesen a injustificada mortificación, material o moral de los ciudadanos, poniendo especial cuidado en la comprobación de toda denuncia y evitando sanciones definitivas.

“El dictador suave a las maneras bruscas” se le ha llamado. Más nunca la clemencia fue agradecida, sino tomada siempre como signo de debilidad y decadencia.

A los pocos días del golpe de Estado, el 20 de septiembre, unos pistoleros, como si engañados por la inercia de Gobiernos anteriores, quisieron experimentar la energía del Dictador y ver si se mostraba débil, asaltando la Caja de Ahorros de Tarrasa… Detenidos por individuos del Somatén, uno de estos murió en el tiroteo.

Juzgados en Consejo de Guerra, el “Saleta” y “Aguirre”, fueron ejecutados acto seguido.

Los terroristas estuvieron seguros de ser castigados sin misericordia.

Después de aludir a la violación constante de la Ley constitucional y la impotencia legislativa de los Parlamentos españoles, exhorta al lema y enuncia su política: “orden, trabajo y economía”, al que ha de seguir fiel hasta el final de su mandato.

Como la bicicleta que se cae cuando se para, Mussolini en el viaje que hizo a Italia le recomienda: “durar día tras día, mes tras mes, contra políticos desocupados esperando de la mañana a la noche el fin de su Gobierno”.

El 14 de septiembre había dicho en Barcelona: “Haremos una nueva división administrativa, judicial, que encomendaremos a hombres doctos en geografía e historia, tendiendo a crear la región robusta, ahorrando oficinas y personal, delegando importantes servicios que descargarán la administración central, pero sin que los lazos patrios relajen, ni siquiera se discutan”. Facultaba a las Diputaciones provinciales (12 de enero de 1924) para constituir organizaciones superprovinciales y Mancomunidades para no tener trato exclusivo concedido a la catalana.

Ya había publicado un Decreto el 18 de septiembre que sometía a los Tribunales militares los delitos contra la unidad de la Patria, prohibía la ostentación de cualquier bandera que no fuese la de España y el uso oficial de idioma distinto del castellano, y había clausurado en Barcelona muchos centros separatistas, como más tarde había de multar a los abogados catalanes por imprimir en catalán la lista de su Colegio y no dar respiro alguno al separatismo que había nacido con “timideces y pudores (nota de 18-11-27), con disimulo e hipocresía y después audaz y desenmascarado, había conducido a un tercio de siglo a España a situación dificilísima”.

Ni se amedrentó Primo de Rivera ante el pleito plantado por el clero regular y secular, para el uso del catalán en la predicación y en la enseñanza del catecismo. El pleito fue fallado a favor del castellano por decretos de las Sagradas Congregaciones (diciembre de 1928), gracias a la firmeza del Marqués de Magaz, Embajador de España cerca del Vaticano.

El Directorio colocó en cada cabeza de partido judicial un delegado de inspección de los municipios. Su llegada a los ayuntamientos, coincidió muchas veces con la huida o la detención de alcaldes y secretarios que hubieron de devolver, en total en España, 5 millones y medio de pesetas, que habían malversado.

Algunos secretarios, acometidos de miedo por la sanción que tenían, se suicidaron.

Este aumento de la deuda municipal, no se dedicaba como antes, a pagar personal y suplir déficit, sino al establecimiento de nuevos servicios, escuelas asilos, casas baratas, mercados, etc. La belleza y modernidad de muchas poblaciones durante la Dictadura se debió a esta reforma completada más tarde por el propio Calvo Sotelo.

Al mismo tiempo acudía la Dictadura al remedio de todos los problemas, lo mismo de los esenciales que de los nimios y aplazables, mezclando el tecnicismo más rígido con la intuición adivinatoria, o el simple sentido práctico.

El “York Times”, declaró a un corresponsal: “Los españoles demuestran diariamente que gozan de toda clase de libertades y garantías, además de prosperidad en sus negocios. Nunca ha habido menos criminalidad ni más vacías han estado las prisiones, pues el Directorio inspira respeto sin tener que recurrir a resortes de violencia”.

Primo de Rivera era por temperamento liberal, garantizando los derechos del hombre. Su sustantivo no era “libertad”, principio abstracto, sino “liberalidad”, que es un modo concreto de ser.

Más tarde pensó que descentralizar es igualmente posible con un régimen provincial y que robustecer la región desde el Poder, es favorecer el separatismo. La mancomunidad catalana quedó disuelta y su presidente, el españolista Alfonso Sala, también dimitió de la presidencia de la Diputación de Barcelona y desencantado, marchó al extranjero.

Tomado el camino del unitarismo, tampoco Primo de Rivera aumentó mediante nuevos órganos de penetración espiritual la acción fundente y Barcelona siguió siendo una capital más donde la tendencia a la disgregación era combatida por medios coactivos.

El clero, amparado por los Obispos y el Cardenal Vidal y Barraquer, se resistía a la predicación en castellano (pleito resuelto más tarde por el Vaticano), y otro sector del catalanismo, dirigido por Maciá era partidario de la violencia y emitía empréstitos en el extranjero, destinados a la organización de un ejército separatista, y preparada atentados contra los Reyes en su viaje a Barcelona (26-6-1925), que de no haber sido por la policía, hubieran destrozado el tren real de salida de uno de los túneles del Garraf.