Mutilado, lo hicieron andar hasta el cementerio, donde lo fusilaron junto a otros. Tardó en morir, tiempo que pasaron en quitarle la ropa y arrancarle, todavía vivo, los dientes de oro.

A Bartomeu Pons (Penedés) lo llevaron atado en via crucis por las calles del pueblo. Le daban latigazos mientras andaba y luego lo ataron al sol para deshidratarlo. Luego lo llevaron a una presa de vino y allí lo aplastaron.

Al dirigente de los Sindicatos Libres, Ramón Sales, lo ataron a cuatro camiones y tiraron hasta descuartizarlo. A Juan Valle Valle, un agricultor de Guimaets le arrancaron los ojos y lo colgaron boca abajo hasta que murió. Al Padre Audí, superior de los jesuitas de Tortosa, le arrancaron el pelo y la piel de la cabeza antes de matarlo.

Lo que hoy llamarían feminicidio, en sus variantes de abuso sexual, tortura y asesinato, era muy frecuente en el reino de la libertad. Uno de los mejores investigadores de las checas, César Alcalá, cuenta el caso de las Hermanas Lasaga, descrito por Trinidad Mariner: Me presentaron a las Hermanas Lasaga, una a una. Cuando las ví por primera vez las acababan de dar una paliza horrible, echaban sangre por la boca y la nariz Margarita y Angelita. A Patrocinio, que era la más joven, me la presentaron con palillos entre las uñas de los dedos de la mano y no sé si de los pies.

De los 300 presos del barco Río Segre fueron sacados y asesinados 218. Se les mataba cada vez que había malas noticias del frente, o sea, casi siempre.

Josefa Nicolau Fabra había ayudado a huir a su marido, pero la atraparon. La llevaron a las afueras de Tortosa y la quemaron viva. A Dolores Bartra la sacaron los ojos tras asesinarla. Dolors Bartí, de 19 años, era criada de un cura anciano y trató de atrancar la puerta para que no se le llevaran. La tiraron por las escaleras y, maltrecha, la vejaron y asesinaron.

Las tres hermanas Fradera, Carmen, Rosa y Magdalena, eran monjas del Corazón de Marí y muy hermosas. Se empeñaron en violarlas y, al resistirse, les rompieron los dientes a golpes. Luego las violaron con sus revólveres y las metieron palos que las destrozaron las vaginas. Tras disparar sobre sus órganos sexuales, las rociaron con gasolina y las quemaron lentamente. Luego las ametrallaron.

A la madre Apolonia Lizárraga, de las Carmelitas de la Caridad, la aserraron y echaron sus pedazos a los cerdos de la checa de “El Jorobado”, seguramente Manuel Escorza del Val.

Antonia Pau Lloch, de Alafarrás (Lérida) tenía 70 años y era madre de dos sacerdotes jesuitas. El Comité Revolucionario la detuvo y la maltrató en los locales del Ayuntamiento. Luego la llevaron a un lugar llamado la Plana del Magí: allí la estrangularon y dejaron su cuerpo en la cuneta.”

Y con la palabra cuneta, tan de moda, terminamos nuestro recordatorio de hoy sobre la lucha de los rojos y los separatas por los derechos humanos, la democracia y la libertad, en este caso, en la Cataluña de Companys.