Estaban seguros de que aquella noche en el castillo de Albelda sería la última. Quedaban muy pocos y estaban agotados y malheridos. Los moros rodeaban el castillo y reclamaban su sangre.
Nadie echaba en cara al rey Ramiro aquella decisión suicida. Todos estuvieron a su lado al desafiar a Abderramán II, aunque sabían que no podían ganar. Pero no estaban dispuestos a entregar a aquellas 100 muchachas como tributo al invasor. El honor de los nuestros siempre estuvo por encima de la propia vida. Y aquellos guerreros estaban orgullosos de demostrarlo.
Aquella noche el castillo de Albelda permanecía en silencio como una enorme tumba, velando armas ante un sacrificio heroico. Pero entonces...
Entonces algo incendió el espíritu de los nuestros. Ramiro estaba pletórico, febril. El apóstol Santiago le había hablado en sueños y le había vaticinado nuestra victoria. Aquella señal fue suficiente para alzarse de nuevo en armas. Al despuntar el alba, nuestros guerreros saltaban sobre el invasor enardecidos, ciegos, feroces como lobos.
Y un terrible estruendo silenció el estrépito de las espadas, las lanzas y los escudos. Un relámpago cegador deslumbró al moro que se aterrorizaba, espantado. Entonces, en el cielo apareció el apóstol guerrero en su corcel inmaculado, blandiendo la espada con forma de cruz que Santiago tiñó con sangre sarracena para convertirse por siempre en el símbolo de nuestro pueblo.
Y la victoria fue nuestra, al grito de «¡¡SANTIAGO!!»
Y a pesar de quienes quieren eliminar esta gesta de nuestra memoria, de los que tratan de desmentir nuestra leyenda, de quienes aseguran que nunca nos exigieron 100 doncellas, que jamás tuvo lugar esta batalla y que Santiago no surgió en el cielo aquella mañana de mayo. A pesar de su inquina y su traición, seguimos llevando en el ADN aquel valor. Y nuestra sangre vuelve a arder al escuchar aquel ¡¡SANTIAGO Y CIERRA, ESPAÑA!!
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Tras unas horas en el aire, hemos descubierto que el texto es de Ana Pavón Trujillo