Entierro del general D. Miguel Primo de Rivera

Después, el 11 de febrero, la salida para Paris, el destierro voluntario, la vida en un modesto hotel de Paris, Pont Royal…

Recibe visitas, pasea, gusta con suave amargura la soledad y el silencio que hacen a su alrededor sus hijo, Miguel, Carmen y Pilar, tamizando la voz de pasiones desatadas que llegan de España.

 “Papá se murió de pena”, he oído decir a una de sus hijas, y seguramente no le faltaba razón.

Le tocó padecer el Calvario moderno: los alfilerazos, insidias, las tergiversaciones de los periódicos hostiles, esta tortura que deshace los nervios y envenena la sangre. “Si lo peor de este martirio –decía su hijo José Antonio- es que sólo lo padecen los buenos, que sienten la injusticia. Más debió dolerle la incertidumbre de la suerte de España”.

Con un imponente cortejo militar, presidido por el Mariscal Petain y el gobernador militar de Paris, fue trasladado el cadáver de don Miguel a la estación de Austerlitz.

A las 8,30 horas del día 19, entró en tren en Irún, cuyos andenes estaban atestados de público. Igual ocurrió en San Sebastián y en las otras estaciones de tránsito.

El día 20 llegó a Madrid, dónde le esperaba una multitud silenciosa y entristecida. El gobierno estaba representado por el ministro de fomento, don Leopoldo Matos. Las comisiones militares eran muy numerosas… El Rey, los Infantes, los Príncipes de la milicia, autoridades y pueblo, oyeron las Misas que se dijeron por el difunto y confundieron sus llantos y sus plegarias.

El féretro estaba envuelto en una bandera roja y gualda y la sala llena de las fragancias que exhalaba tonelada y media de flores, ofrendadas por los amigos de Levante al General.

Recibió sepultura en la Sacramental de San Isidro. Se evitó el desfile de la comitiva por el centro de Madrid, temeroso de dar pretextos a incidentes. El pueblo tributó al General el homenaje emocionado y doliente de su cariño… Rotas las filas de soldados, la muchedumbre se abalanzó el ataúd para imprimir sus ósculos, suspiros, clamores y gritos desgarradores. El pueblo de Madrid estaba seguro de que el General le había dedicado lo mejor de su vida y de su amor.

Era Marruecos pozo sin fondo de vidas y dinero, que agotaba todas las energías españolas y repercutía en la agitación revolucionaria. No era posible reconstruir España sin resolver antes el problema. Su liquidación era el punto de partida para cualquier empresa posterior.

Abd-el-Krim, ensoberbecido por nuestro desastre de Anual, y la débil política de los gobiernos españoles, había organizado un estado rudimentario en el Rif, proclamándose Emir y soberano absoluto.

El 18 de julio llega a Melilla el General Primo de Rivera, con intención de replegar las tropas. A su vuelta cambió de plan, porque el Jefe de la Legión, Franco, le había dicho que: “este que pisamos, señor Presidente, es terreno de España, porque ha sido adquirido por el más alto precio y pagado con la más cara moneda: la sangre española derramada. Seguir, no es por comodidad. Rechazamos la idea de retroceder. España impondrá su Autoridad en Marruecos”. Después le aconsejó el desembarco en Alhucemas, que terminaría con el problema de Marruecos.

El 28 de agosto de 1926, Abd-el-Krim fue trasladado a la isla de la Reunión, lugar de su destierro.

El 12 de julio de 1927, el General Sanjurjo daba por terminada la guerra con un impresionante y largo discurso al Ejército.

El 12 de octubre de 1927, Fiesta de la Raza, se celebran en España Oficios de Difuntos por lo Caídos en África y Te Deum en acción de gracias.

El Templo del Pilar de Zaragoza es el señalado. Acude la Infanta Isabel, el marqués de Estella y el general Sanjurjo, entre otras autoridades.

 El presupuesto de Marruecos desciende de 405 millones en 1922 a 252 en 1930. Las bajas disminuyen de 2.000 anuales a cero…

Toda la obra económica de la Dictadura corresponde al malogrado hombre público don José Calvo Sotelo, que no pudo llevar a cabo en su totalidad la reforma tributaria. Pero consiguió el saneamiento de la Hacienda pública, desvelando las ocultaciones, aliviando las cargas de la Deuda y alcanzando el superávit, posiblemente por primera vez en nuestra Historia.

La Hacienda española venía de déficits crónicos y crecientes… Los gastos crecían en proporción geométrica. Al llegar la Dictadura, la deuda pública sumaba 16.000 millones de pesetas, y sus vencimientos angustiaban a los sucesivos Gobiernos. Los ingresos anuales no pasaban de 2.453 millones y los gastos fijos excedían de los 3.000 millones, con un déficit anual de 900 millones.

Calvo Sotelo había creado el Banco Exterior de España, y el impulso dado al crédito industrial fue un buen instrumento de expansión comercial y rescate de numerosos negocios.

España no tenía una gran política internacional. Estaba sujeta a una órbita y como prisionera de su ámbito. Lo que no habían hecho en este sentido los gobiernos constitucionales, lo hizo en la medida de lo posible la Dictadura, buscando ventajas para los españoles.

Primo de Rivera consiguió que se nos concediera un puesto permanente en el Consejo de las Naciones en 1926. A ello hay que añadir el acercamiento a Italia y las relaciones con América.

Honor inmarcesible para el Gobierno de Primo de Rivera fue el famoso vuelo transatlántico que tuvo pendiente al mundo entero, y que tan alto puso el nombre de España en la aviación, porque fue realizado bajo la protección oficial del Estado.

El hidro “Plus Ultra” –mote de España Imperial-, despegó el 22 de enero de 1926 del puerto de Palos, tripulado por Ramón Franco, Ruiz de Alda y el mecánico Rada. Hizo escala en Porto Praia y amarró el 1 de febrero de 1926 en la isla Fernando Noronha, y después de tocar en Río de Janeiro y Montevideo, llegó a Buenos Aires el día 10 de febrero. Los recibimientos en las poblaciones rayaron en verdaderas apoteosis, con especial suntuosidad en la capital argentina.

 Por este triunfo, el Dictador regaló el hidroplano al Gobierno de Buenos Aires.

Puede señalarse también como mérito de la Dictadura la creación dela línea de dirigibles Sevilla-Buenos Aires.

Nombradía mundial alcanzaron las exposiciones de Sevilla y Barcelona, que pudieron realizarse por la decisión de Primo de Rivera. Su principal finalidad fue la de afirmar la unión espiritual entre España y sus hermanas, las naciones americanas. También la de Barcelona tuvo resonancia internacional, como lo demostraron los cientos de miles de extranjeros que acudieron atraídos por la grandiosidad y belleza del Certamen.

Con el castigo de los asaltantes a la Caja de Ahorros de Tarrasa, quedó cortado en seco el terrorismo, la peor plaga que asolaba España, y que había sido una de las razones de la Dictadura. Aquí encuentra la Dictadura su mejor justificación. Cuando el General asegura en sus notas que ha restaurado la paz social, su afirmación es exacta. Cualquiera que sea el juicio que merezca su trayectoria política, en lo social la Dictadura restableció la salud pérdida y el orden existente.

El ministro de la gobernación, Martínez Anido, y el director general de la seguridad, general Bazán, en frecuente contacto con los gobiernos francés y portugués, mantuvieron la campaña antibolchevista durante todo el periodo dictatorial, con tan enérgico tesón como notoria fortuna. La propaganda moscovita no logró penetrar en nuestras fronteras.

El sindicalismo revolucionario fue maniatado sin contemplaciones, y todo hubiera ido de maravillas si las ilusiones del Dictador sobre el obrero socialista, a quien cría su colaborador, no le inspiraran un trato especial en favor de las organizaciones de este matiz… De lo mal que le pagaron los socialistas las consideraciones que con ellos tuvo, se convirtieron en egoísmo, aprovechándose para hacer propaganda en todo el país de los Comités Paritarios, con los obreros conspirando contra las instituciones monárquicas.

 (Continuará)