La infecta gansada de Halloween vino para quedarse. Los celtas (habitantes oriundos de Gran Bretaña e Irlanda) celebraban su fiesta de año nuevo a finales de nuestro actual mes de octubre, fecha en la que desahuciaban el verano, agradecían las buenas cosechas y poseían la certeza de que podían relacionarse con los espíritus de sus antepasados para solicitar recomendaciones. Era una fecha esencial alrededor de la cual viraban sus comunidades antes del advenimiento del cristianismo. La fiesta era conocida como Samhain, el cual, pasados los siglos de transculturación, usurpación y ñoña aceptación, alcanza nuestros días como la sandez de Halloween. El cristianismo apadrinó la fecha como el Día de todos los Santos, produciéndose ciertas discordancias con las creencias paganas que protegían las tradiciones más hondas del Samhain. Los cristianos recién convertidos se armaron con su nueva verdad revelada. De hecho, denunciaron el espiritismo pagano anterior, fieles al Libro del Deuteronomio (18, 10-13): “Que no haya entre vosotros quien inmole en el fuego a su hijo o a su hija, ni quien practique la adivinación, el sortilegio, la brujería o la hechicería; que nadie haga conjuros, consulte a espíritus y espectros, o evoque a los muertos. El Señor detesta a quienes practican estas artes. Precisamente por estas costumbres abominables, el Señor tu Dios expulsa de tu presencia a esas naciones. Sé completamente fiel al Señor tu Dios". Para los cristianos conversos era dificultoso tolerar el influjo familiar y cultural; se sintieron tentados a acoplarse a las fiestas paganas, especialmente Samhain, la más apabullante. El Papa Gregorio IV reaccionó al reto pagano trasladando la celebración del Día de Todos los Santos en el siglo IX. La instauró el 1 de noviembre, justo durante la mitad del Samhain.

El capitalismo, tan cutre por momentos

Síntoma y epítome y prontuario del patético y achacoso turbocapitalismo, infantiloide y mentecato, ridícula importación yanqui (siempre nos llega lo peor de ellos), payasada aparentemente sacrílega, estos días nos ofrece una boba carnavalada, enojosa y plasta, cutre y dudosamente entretenida. Lo mismo que nos llegan las hamburguesas (tan sabrosas, por momentos), arriba toda una imaginería de rasgos figuradamente inquietantes: brujas, errabundas calaveras, fantasmas, zombis, gatos negros, calabazas. El capitalismo de ficción, tan aniñado como la inmensa masa de la evanescente población, busca sus recovecos y crea ex nihilo una fiesta mongoloide y graníticamente idiota. Se incrementa espectacularmente la adquisición de disfraces, chuches, películas de terror, velas, luces, adornos. Cualquier pretexto es bueno para montar un fiestón, una kermés alucinógena, un festejo bobalicón. Otra fiestuqui para el coleto, otra farra más. Parranda, bullicio, jolgorio. La decadente tierra de la batahola panderetera, España, no se merece menos. La tradición aborigen ya incluye sobradas ocasiones para la carnavalada y el solaz festivo. La cada vez mayor fragilización de nuestra patria (y civilización) se muestra en detalles como estos: el lanar asentimiento de intromisiones tan ajenas a nuestras tradiciones. La reciedumbre y vitalidad de una cultura se demuestra, en ocasiones, en su capacidad para asimilar elementos de culturas foráneas; en otras, en cambio, ese vigor se dejar ver a través de un aguante diamantino.

 

Buñuelos, rosquillas, hojaldres

Antaño, dos hermosos días encadenados. Todos los Santos y Difuntos. El 1 y 2 de noviembre. Una atractiva y entrañable reunión familiar. Se honraba y reverenciaba al ser querido, ido para siempre. La abuela viuda, hijos, nietos, todos conmemorábamos al abuelo. Degustábamos buñuelos, rosquillas, hojaldres, pastelitos. Se pasaba un buen y agradable día. Más allá de la esperanza en una vida ultraterrena, se robustecía el linaje familiar y se expresaba una actitud de agradecimiento. La bulla actual va camino de vampirizar todo ello. En España, Halloween va arraigando con inusitada fortaleza. Desde finales de la década de 1970, la maquinaria propagandística nos ha comido el tarro inmisericordemente: la vasta cantidad de baratijas consagradas a la festividad “de brujas” ha traspasado las fronteras de la sobreproducción dentro de Estados Unidos y otras naciones anglosajonas. Se envían esas petardas fruslerías a cualquier provincia de Yanquilandia, del primer o segundo o tercer mundo, con el objetivo de abrir neonatos horizontes mercantiles. Los astutos empresarios extraen las fechas de su origen transformándolas en otra cosa sin que se recuerde el significado original. Además, como se dijo, también se exporta la cosmovisión de que Halloween no deja de ser más que otro pretexto para la algarabía, el embrollo y el zurriburri, como la Navidad y el Fin de Año. Más madera. Para anchurosos sectores de las capas medias transculturizadas y desclasadas, puteadas vamos, es más cool y chupiguay ataviarse de hechicera que enjabonar y hermosear y embellecer la lápida de nuestros deudos, depositando en ella un pulcro y sencillísimo manojo de flores.

Coda

El jueves, cada cual escogerá. Postrado ante una lápida, heme allí, rendido ante el insigne mármol, para qué hacer preguntas. Su morada es el descanso, y su vestido, la luz. Para siempre. Silencio y paz. ¿Qué sabemos nosotros?