Caminaba por Alcalá de Henares junto a dos empresarios de pro y a un abogado de ese mismo partido judicial, cuando yo, inocente de mí, pregunté en voz alta ¿Por qué aquí todo recuerda a Cervantes y a toda su obra? Rápido el oriundo me contestó: «porque Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares». A lo que yo le repliqué: «sabía que era nacido en Madrid, pero que era de aquí, lo que se dice de aquí, no». «Hombre, Antonio, cuando no existía Madrid ya existía Alcalá». Mas yo dándome cuenta de que en cierta medida había hecho un tanto el ridículo, me vine arriba y le solté de sopetón: «¿Existió El Quijote, compañero?, ¿tú qué dirías?». No, me respondió rotundo. Y yo, de nuevo, armado de valor, como un abogado cuando defiende a su cliente a sabiendas de su culpabilidad, tiré de una lección que aprendí de mi buen amigo Eduardo GARCÍA SERRANO y le dije: «¿Puede alguien decir que El Quijote es un personaje de ficción?» Él me miró con los párpados arrugados mientras fruncía el ceño, y fui yo quien contestó: «no lo es, claro que no. Sencillamente porque no hay personajes de ficción. El novelista proyecta una imagen sobre los personajes que crea; describe la bondad, la villanía, el amor, el odio, la mezquindad, la generosidad, la hidalguía y todas las virtudes y defectos inherentes al ser humano, y como tales, no pueden ser ficción».

El Quijote, dicen que no existió, pues yo, siguiendo a Eduardo les diré que sí. Cuando la flota de Juan de Austria, avistó en Lepanto a la flota turca, el alférez de Navío Miguel de Cervantes, tiritaba de frío, de fiebre, de un ataque de paludismo en su litera de la galera «Marquesa». Cuando empieza el combate, Cervantes abandona su litera con cuarenta y tantos grados de fiebre, sube a cubierta y se pone al mando de los 19 arcabuceros que estaban bajo su mando. Combate como un león, matando a moros a diestro y a siniestro. Recibe varios disparos y pierde una mano. Evidentemente, cuando aquello sucedió, aún no había escrito El Quijote, si bien esta obra universal, estaba a bordo de la galera Marquesa, porque el Quijote es la conducta de Miguel de Cervantes, de Juan de Austria, de los infantes de marina y de todos los marinos que combatieron en Lepanto y derrotaron a la flota turca. El espíritu de El Quijote es algo real, es algo cierto, es algo palpable; quien lo encarne en la novela es lo de menos. Lo cierto, el hecho cierto, es el de ese espíritu. Y ese espíritu estaba en el corazón de todos ellos. ¿Puede alguien decir que El Quijote no combatió en Lepanto? Claro que combatió en Lepanto, porque el Quijote son todos ellos. El novelista relata los sentimientos y si le falta un personaje lo crea y lo viste con esos valores preexistentes al personaje que sale de su pluma. Así es como debemos ver a la novela, y la novela histórica se mueve siempre en un escenario cierto y el hilo conductor de la novela pueden ser «personajes ficticios», entre comillas porque los personajes ficticios no existen, en tanto en cuanto el novelista crea a partir de una realidad que es el ser humano y el ser humano es cierto. Sus valores, sus aciertos, sus miserias son ciertas todas ellas y con eso se construye a un personaje.

Seguimos, entre tanto, paseando por las calles de esa bellísima ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, de camino al taxi que nos llevaría al aeropuerto, mientras yo, en silencio, pensé que hube convencido al compañero de que El Quijote sí existió y que además tuvo que pasar muchos de sus días en Alcalá de Henares

Fdo. Antonio Casado Mena

Doctorando en derecho. Abogado y economista.