La postrera de Diego. A punto de pasar por el quirófano. Siempre al filo. El recién estrenado documental Diego Maradona, en Madrid en el cine Renoir, nos trae a la memoria las andanzas futboleras, sobre todo napolitanas, venturas y desventuras, beatitudes e infiernos, del más grande, a años luz de sobrevaloradas y quejicosas chinchetas.

 

Tras Villa Fiorito, extrema penuria, su efímera presencia en Boca y su borrosa estancia en Barcelona, con la imborrable final de Copa del 84 a hostiazo limpio, el más grande pelotero (lejos de él, incluso, Di Stefano, Pelé, Cruyff y Puskas) aterriza en Nápoles. La historia del balompié voltea, desde ese momento, feroz, atroz y fascinantemente. El director británico Asif Kapadia (Senna, Amy, Oasis Supersonic) lo borda al situar el núcleo esencial de Diego Maradonaen Nápoles.1984-1991. Un espeso y tórrido 5 de julio de 1984 Maradona se planta en la ciudad sureña. Llega al Napoli, uno de los peores equipos de la liga italiana. Desde el 84 dan comienzo años gloriosos. Flor y escoria, cénit y abismo, gloria y miseria. Italia pudiente, Italia menesterosa, la lucha de clases por otros medios. Septenio colosal. Hasta la llegada de Maradona al Nápoles, esta escuadra sólo había ganado dos copas italianas. Con Maradona al frente consiguió dos scudettos (1987, 1990), una Copa (1987) y una UEFA (1989). Colosal Diego. Pero sobre, todo, el mundial mexicano, 1986, los cuartos de final contra la pérfida Albión, vengando la thatcheriana humillación de Las Malvinas, el mejor gol de la historia, quiero llorar, Dios santo, viva el fútbol y el gol más tramposo jamás habido, la celebérrima mano de Dios. Genial tahúr, apurada síntesis de Diego Armando Maradona. Y luego, la final, en el augusto Estadio Azteca. La perfecta definición de Jorge Valdano, Karl-Heinz Rummenigge descontando en el minuto 74 para Alemania, Rudi Völler provocando agonizantes tablas a los 80 minutos. Y, emergiendo, milagroso, el eterno Jorge Burruchaga.

 

El fútbol es (mucho) mejor que la vida

Imprime Kapadia un ritmo trepidante a este sobresaliente documental. Testimonios (técnicos, futbolistas, periodistas…) merodeando vida y obra de Maradona, declaraciones del propio Diego, pedazos de los partidos alegóricos de su carrera (aquí sus pasmosos goles, sus magistrales pases y fintas y gambeteos), grabaciones de su vida cotidiana con su familia, fiestas y celebraciones, problemas judiciales suscitados con la embustera Operación China. Asif Kapadia, más allá de la crónica deportiva, rubrica una trémula indagación sobre las raíces y los efectos de la mitomanía. Hábil perito del material de archivo, Kapadia va distinguiendo fluidamente entre retransmisiones deportivas, vídeos hogareños e iconografías obstruidas para captar la beldad y la desdicha de la estrella destinada a reventar, por dentro y por fuera. Ídolo del pueblo, tal vez con pies de barro, penado a ser engullido por la masa.

Un recorrido apasionante, en definitiva, por su senderear napolitano, sus noches de putas y farlopa, sus hijos fuera del matrimonio, sus rasgos semidivinos, sus oscuros vínculos con la camorra de los Giulianos. El domingo por la noche, tras el partido, cena y jarana, hasta el miércoles, limpiándose después para jugar el siguiente domingo. Pero llega a la cancha y se va la vida, los problemas, se va todo.

Zurda única, guante blanco calzado en el pie, hombre pegado a una pelota de cuero, ángel con alas heridas, proporcionando siempre alegrías al corazón, huyendo penas y dolores, en qué gramilla feliz, gambetearía el chiquilín, infinito enigma, barrilete cósmico, de qué planeta acudiste, fino mago bonaerense, aturdiste a los ingleses, que al día de hoy siguen confundiendo la mano con el corazón. El fútbol, nos recuerda el director inglés, es bastante mejor que la vida. Kapadia consigue un deslumbrante bacalao. Por la escuadra. Cómo definiste, Asif. Los espectadores, incluso los menos futboleros, agradecidos. Pero, sobre todo, gracias Diego por existir. Siempre te vamos a querer. En fin.