Calificaciones: Oblak (9); Arias (6), Savic (6), Godín (7), Filipe (6); Thomas (5), Saúl (6), Koke (6), Lemar (5); Griezmann (5) y Morata (5).

También jugaron Rodrigo (6), Correa (6) y Vitolo (3).

 

Esta vez fue con gol en propia meta. Recibía el Atlético a un Real Valladolid que hace equilibrios a milímetros del abismo, necesita puntos urgentes y transita por lugares nada concordantes con el buen juego demostrado durante la primera vuelta. La afición colchonera volvió a sacrificar la siesta y no faltó al combate de hoy.

A poco de comenzar, Oblak nos regaló un aperitivo del escandaloso repertorio de paradones (arriba, abajo, a mano cambiada) con el que hoy regalaría la victoria a su equipo. No fue desde luego una gran primera parte, aunque el Atleti logró encadenar algunos minutos brillantes, Griezmann pudo marcar en dos ocasiones, Lemar da síntomas muy claros de mejoría y Arias subió bien su banda. Sin embargo, el Valladolid sufrió poco e incluso lanzó algunas contras interesantes; peligra su permanencia en primera, pero este equipo es valiente y sabe jugar al fútbol.

Tras el cerocerismo de la primera mitad, Simeone dio entrada a Rodrigo (fuera Thomas) y los locales parecieron comenzar con mayor empuje, aunque sin generar ocasiones ni encontrar a los puntas. El partido necesitaba de subversión, de un tipo capaz de romper la burocracia inocua generada por el medio campo rojiblanco, y ese hombre sólo podía ser Ángel Correa. Cuando lo importante parecía ser que los colegios electorales abrieran y cerraran a su hora y los interventores dormitaran sobre el tedio de un escrutinio previsible, el subversivo empleó desde el principio un lenguaje inequívoco de puños, pistolas y juego directo: encaraba al rival, luego lo sentaba, no le importaba fallar, volvía a intentarlo, escuchaba aplausos, recibía pitidos y exhibía carencias de juvenil o virtudes de gran estrella.

Hacia el minuto sesenta y pico (por ser exacto y riguroso), Saúl Ñíguez se pegó una carrera por la banda izquierda, quiso colocar el balón en el área y allí apareció la cabeza del pobre Joaquín para rematar sobre su portería y colocar el único gol del encuentro. Así somos los puñeteros y odiosos grandes: ganamos de cualquier forma, incluso sin merecerlo ni disparar a puerta.

Desde ahí, el Atleti no hizo demasiado por más que Rodrigo le diera sentido al juego y el subversivo se marcara algún carrerón digno de aquellos Oliver y Benji que recorrían hectáreas antes de alcanzar la meta contraria. En los últimos minutos, el Valladolid lo intentó con ahínco, con desesperación, y casi seguro hubiera marcado con otro portero enfrente. El Milagrero sacó un disparo que iba a la escuadra y otro abajo, impresionante, que no vi con precisión porque justó en ese momento entorné los ojos por intentar gafar la ocasión de los pucelanos. Esa última oportunidad fue justo al final, pero es que antes -minuto 88- hubo un posible penalti por mano de Arias y el árbitro descompuso los nervios del personal al irse a meditar con la pantallita. No hubo pena máxima -sí máxima aflicción blanquivioleta- y el Atleti mantiene una considerable ventaja sobre el segundo equipo de Madrid. Vitolo, espabila.