Calificaciones: Oblak (7); Juanfran (7), Godín (8), Montero (6), Filipe (6); Rodrigo (6), Thomas (7), Koke (6), Saúl (5); Griezmann (7) y Morata (6).

También jugaron Correa (6) y Lemar (4).

 

Hoy en el Metropolitano se ha consumado la despedida de Diego Godín y tal circunstancia resulta metáfora perfecta del triunfo del fútbol de sociedades anónimas frente al de los clubs y las camisetas embarradas, porque además coincide -maldita sea- con el inminente derrumbe del Calderón. Ahora sí va en serio: pronto descenderemos por el paseo de los Melancólicos (“más melancólicos que nunca”, diría Héctor del Mar”) y no veremos al fondo nuestro rincón favorito de Madrid. Entonces acudiremos al Metropolitano para olvidar al amor de toda una vida, al césped con olor a hogar, y comprobaremos que en la zaga de los colchoneros ya no hay un tipo uruguayo que manda, que levanta, que templa, que lleva el escudo incrustado como una parte más de su organismo.

 

Hoy, capitán, los atléticos más recios hacían pucheros cuando les hablabas porque tu marcha es un fracaso absurdo e imperdonable. Nunca necesitaste ser influencer de nada, ni llenarte de tatuajes, ni vestir como un mamarracho ni faltar el respeto a ningún rival. Eres amable (cuántas veces lo hemos comprobado a la salida del Vicente Calderón), educado, sonríes a todos y hablas con corrección. Antes de las fotos y autógrafos interminables -de los uruguayos que te abordaban con banderas llenas de amaneceres-, te empleabas a fondo sobre el césped, derrochabas autoridad y por eso eras jefe indiscutible de un equipo que durante años forjó milagros, derribó pronósticos, consiguió títulos y conquistó la liga más épica e impredecible del siglo. Aquella plantilla merece una serie de dibujos animados, treinta y ocho capítulos donde aparezca el del brazalete -de nombre Gabriel- persiguiendo cada balón cual demente mientras el turco extravagante juega a hacer encaje de bolillos, dos laterales arrasan las bandas, un chavalín convierte en penalti cada saque de esquina y tú lo controlas todo desde atrás hasta inventar el cabezazo del episodio final. La memoria conservará el momento para siempre: ¿dónde estaba usted el día en que Diego Godín cambió la historia del Atleti?

 

También hubo dos noches de desolación, pero entraban en las previsiones porque el destino -ese dios malvado- reserva siempre a los idealistas el desenlace más cruel. Estamos aquí para ganar, pero también sangraremos y besaremos los labios de la derrota. Retozaremos con ella.

 

Hoy, parece mentira, hubo fútbol en el Metropolitano y el Atleti certificó un segundo puesto muy meritorio aunque eclipsado por lo que de verdad importaba. Oh faraón, mi faraón. Fue un partido agradable de ver, con sesenta y nueve minutos de dominio colchonero y veintiuno de dudas y empuje sevillista. Los rojiblancos merecían marcar y lo hicieron por el infame churrigol del gran Jorge Resurrección, pero este golpe de suerte sólo compensaba el infortunio de un Álvaro Morata que se movió bien sin obtener premio.

 

El primer tramo de la continuación fue de lo mejorcito que vimos durante la temporada. Tal vez por sentirse liberados de objetivos o responsabilidades mayores, los atléticos tocaron bien, de primeras, con abundancia de desmarques y llegadas francas hasta la portería contraria. Pero fueron los visitantes quienes lograron empatar (buen tanto de Sarabia) y quisiéramos decir que desde ahí fue todo un ir y venir, un estadio taquicárdico, una lucha por llevarse la victoria. Pues no: a medida que pasaba el tiempo, la grada fue puro clamor para homenajear a quien hoy, otra vez, fue el mejor de los trece futbolistas que vestían camiseta a rayas.

 

Godín pasará a la historia del Atleti como uno de sus hombres más importantes, como el almirante definitivo de un ejército implacable. Recordaremos por siempre su fútbol combativo y viril (tan contrario a la trampa, al rédito subterráneo) mientras otros seguirán con sus festines -con sus pretextos- en noches crapulosas infectadas de tabernas.

 

Nos diste la vida, Diego Godín. Por aquel cabezazo y por todo lo demás.