Calificaciones: Oblak (3); Arias (5), Godín (4), Giménez (5), Lucas (4); Thomas (2), Saúl (4), Correa (3), Lemar (3); Griezmann (5) y Morata (6).

También jugaron Vitolo (5), Rodrigo (5) y Kalinic (4).

 

El ambiente que se respiraba hoy en el estadio rojiblanco era de tarde especial, vibrante y colorida. Banderas al viento. Como antes de nada tocaba rendir homenaje al gran Isacio Calleja, los griteríos callaron, la hinchada miró hacia el tercer anfiteatro, algunas gargantas dolían y la no muy numerosa concurrencia madridista -que estaba arriba del todo, tras la meta de Oblak- se unió con respeto y deportividad en gesto digno de ovación porque nuestro fútbol muchas veces muestra justo lo contrario. Reconocimiento para ellos, que incluso secundaron los aplausos dedicados a don Isacio.

Hoy regresaba un pequeño canguro que abandonó muy joven Bélgica, escaló hasta la cumbre con el aliento del Manzanares, fue hasta Londres para aburrirse en tardes oscuras de televisión y regresó a tierras más soleadas para confesar amor irrevocable por los grandes enemigos de quien le apadrinó. Cuando llegó hasta su portería, centenares de falsas ratas (peluches, no peligraba ninguna integridad) cayeron muy cerca de él como continuación de lo sucedido antes sobre su placa. Determinado medio de comunicación tiró de tremendismo al asegurar que “ratas muertas profanan la placa de Courtois”. Periodismo riguroso y objetivo. Enhorabuena.

Los aficionados torcieron el gesto al advertir la ausencia de Rodrigo -hombre capaz de anclar la nave del equipo a tierra firme y segura- y cómo las bandas serían ocupadas por Lemar y Correa, que cuando coinciden en el campo hacen del Atleti escuadra muy volátil, poco firme. Sin embargo, los primeros diez minutos nos mostraron una asfixiante presión colchonera y al Madrid incapaz de sacar el cuero con la mínima limpieza. Aquello duró poco. Thomas no estuvo lejos de conseguir el primero a los ocho minutos, pero la oportunidad se hizo nada y sólo transcurrieron siete hasta que el catorce del Madrid, en posición acrobática y a salida de córner, pudo y supo mover el marcador. Mazazo.

Aunque los blancos hicieron bien poquito para ponerse por delante, todas las tácticas, los partidos brillantes o los errores se desvanecen y pierden su valor ante el acierto o la falta de él. A partir del cero-uno, pudimos ver cómo el Atlético lo intentaba con imprecisiones llamativas mientras el rival tampoco exhibía grandes cosas. Pero en medio de la nada -o de la casi nada- Correa asistió a Griezmann de forma brillante para que el francés se plantara frente al belga e hiciera el empate. Los del VAR mantuvieron varios minutos la polémica antes de que el estadio pudiera gritar “¡gooool”! sin el freno de mano echado.

Continuaron luego amontonándose los minutos y ni el Madrid enviaba señales demasiado positivas ni el Atlético daba cuatro pases seguidos. Poco pasó hasta que Vinicius arrancó pleno de velocidad, dejó atrás a Giménez, el uruguayo le derribó fuedentro y los amigos del VAR –en decisión patrocinada por la fundación Real Madrid- certificaron la pena máxima. Cerquita estuvo el esloveno de repeler el lanzamiento de Ramos, pero fue gol y nueva ventaja merengue.

Llegamos al descanso con moscardones detrás de la oreja. El equipo jugó una primera parte floja de verdad y casi nadie estuvo a la altura que se le supone. Los laterales apenas subían, Giménez y Godín andaban lejos de su mejor nivel, Thomas regalaba pases a los malos, Correa era una desesperante máquina de perder balones, Lemar pasaba por allí y Griezmann exhibía cierto nerviosismo. A Morata no le daban ni medio balón.

El Atlético mejoró poquito en la segunda mitad, pero el Madrid tampoco funcionaba (los resultadistas dirán otras cosas) y eso provocó que los rojiblancos rondaran el empate. Lo buscó Antoine con disparo lejano, lo rozó Giménez y lo consiguió Álvaro Morata, pero el p… VAR invalidó su extraordinaria vaselina y luego no observó penalti cuando cayó rodeado de defensores. Un mal pensado podría colegir que los lloros terminan dando resultado: tanto VAR-celona, tanto árbitro dispuesto a hundir al campeón del siglo XX, tanto medio hostil, tanto calendario diseñado adrede para perjudicarles. Adopten un madridista, ayúdenles, que son algo así como una irreductible aldea gala peleando sin medios, dinero ni aliados -siempre en franca minoría- contra el terrible invasor. Los distribuidores de clínex están de enhorabuena.

Bale logró el tercero de potente disparo (Oblak, sé que pudiste hacer más), lo celebró dedicando un caballerosísimo corte de manga a la grada -de las glorias deportivas, y tal- y Thomas decidió autoexpulsarse en el 80 para que las posibilidades de remontada se trasladaran desde lo improbable hasta lo definitivamente imposible. Muchas gracias, Partey. Ni los poco atinados intentos de Griezmann ni las incorporaciones de Vitolo y Rodrigo -que sustituyeron a un invisible Lemar y a un Correa catastrófico- tuvieron ningún efecto. Koke, te echamos de menos.