Luis Montero Trénor colaborador del Correo de Madrid y varios medios digitales es especialista en fútbol y concretamente en la actividad del Atlético de Madrid, club de sus amores, que conoce a la perfección. Autor del libro "Tú querías ser Juanito...y yo driblar como Rubio", obra imprescindible para todos los amantes del fútbol de esa época, más entrañable y con mucha más magia.

En esta entrevista nos habla de la memorable historia del Atlético de Madrid y de la pasión y el sentimiento colchonero.

¿Podría hablar de los orígenes del Atlético de Madrid?

Comenzó como sucursal madrileña del Athletic de Bilbao. Lo fundaron unos vascos de la Escuela de Ingeniería de Minas, tardaría diez años en lograr independencia institucional plena y las rayas rojiblancas no se estrenarán hasta 1910, siete después de su creación. Como curiosidad, contaré que el primer terreno de juego estaba ubicado en el parque del Retiro y que la rivalidad con el Madrid existió desde el principio; el Atlético -entonces Athletic- nunca contó con tanto potencial económico como los blancos, pero siempre fue una competencia real.

Antiguamente se llamaba Atlético Aviación.

Exacto. Al club le afectó muchísimo la guerra civil y el propio estadio quedó destrozado por encontrarse junto a la primera línea de fuego. Aquel primer Metropolitano era una cancha moderna, enorme para la época, y había sido inaugurada en 1923 con partido al cual asistieron María Cristina (madre de Alfonso XIII) y el infante Juan de Borbón. Al finalizar la contienda, el Athletic se fusionó con un equipo llamado Aviación Nacional que fue fundado por oficiales del Ejército del Aire (1937) y ya se alzó con algún título durante el conflicto bélico. La unión de las entidades es hecho trascendente, cambia la historia del fútbol español y facilita el nacimiento del conjunto que gana la liga en los años 1940 y 1941. A partir de 1947, pasó a llamarse Atlético de Madrid.

15052760_1

Sin duda, un club histórico en España y en Europa.

Claro, es el equipo más importante después de los dos grandes trasatlánticos que aspiran a repartirse el pastel y si acaso dejar alguna migaja (deportiva, mediática y económica) a los demás. Todos los pueblos de España cuentan con hinchas colchoneros, pero es que los últimos éxitos han provocado la irrupción de atléticos por cualquier parte del planeta. Esa vocación de plantar cara al par de gigantes, de competir con ellos y muchas veces ganarles, es uno de los hechos que otorgan al “Atleti” personalidad única e irrepetible.

Un club con un brillante palmarés…

Brillante y meritorio, porque nunca lo tuvo fácil. Sin contar con los presupuestos abrumadores de otros, me parecen una barbaridad diez ligas, diez Copas, dos supercopas españolas, una Intercontinental -cuando realmente era un torneo durísimo- y siete títulos europeos. Recordémoslo, muchos de ellos fueron logrados compitiendo con mucha dureza frente a Barcelona o Real Madrid. A este último, el eterno rival, le ha ganado cuatro Copas en su estadio.

¿Qué hitos deportivos destacaría en su historia?

Quienes lo vivieron, hablan y no paran de lo sucedido durante el año 1974. Aquel heroico Atleti disputó la final de la Copa de Europa, firmó un torneo inmaculado, eliminó al potentísimo Celtic pese a quedarse en Glasgow con ocho jugadores y después perdió de forma casi inexplicable la famosa final de Bruselas. El Atleti fue mejor que el Bayern y llevó a cabo un partido portentoso, pero el 15 de mayo irrumpió la famosa leyenda de la desgracia, del fatalismo colchonero. Sin embargo, a continuación ganaría la Intercontinental contra Independiente (los alemanes tuvieron miedo de enfrentarse contra esos durísimos argentinos, el Atlético no) y hay algo irrefutable: al contrario de lo indicado por los tópicos, por las etiquetas, el club logró a pulso enormes victorias que casi nadie era capaz de pronosticar. Desde luego, poco tiene de perdedor.

Otro hito fundamental sucedió en las temporadas 2000/2001 y 2001/2002, aunque esta vez lo marcaron los aficionados. La infame administración judicial condujo al club hasta Segunda División y el estadio, en lugar de vaciarse o mostrarse lánguido, era cada fin de semana un lugar lleno de locos que trataban de llevar al equipo hasta el lugar que le correspondía. Se batió el record de abonos, los fieles acudían en romería y algunas imágenes dieron la vuelta al mundo. Ser del Atleti exige amor incondicional.

La copa de Europa se sigue resistiendo, volvieron a estar a punto de ganarla recientemente en dos ocasiones.

Ese torneo lo gana sólo uno y el Atlético todavía anda lejos de ciertos potenciales económicos, pero otra vez volverá a mostrarse competitivo. Conozco a muchos colchoneros y no creo que sea una obsesión. Y voy a decir algo: observo la Champions con bastante desdén, la UEFA me cae peor que mal y asisto a los partidos sólo por acompañar a mi hijo pequeño. Por muchos motivos, la Liga de Campeones representa la exacerbación hasta límites disparatados del fútbol entendido como negocio.

Si tuviese que quedarse con un presidente, un entrenador y un jugador, ¿quiénes serían?

Pocos atléticos pondrán en duda que Vicente Calderón es el presidente más significativo en la historia del Atleti. Era hombre serio, temperamental y cuidaba al club con cariño de padre. De pronto me vienen a la cabeza fotos de don Vicente haciendo gimnasia sobre el césped de un recinto que si lleva su nombre es porque los socios así lo quisieron, ya que en realidad fue bautizado como estadio del Manzanares. Otros dirigentes también merecen reconocimiento: aun con la injusticia de olvidar a personajes fundamentales. Dirigieron al Atleti hombres como Julián Ruete, Cesáreo Galíndez o el Marqués de la Florida. Kiko Narváez tuvo serios desencuentros con Jesús Gil, pero una vez dijo algo muy cierto: el soriano se desvivía por el Atleti. Los actuales, algo bueno habrán hecho si consiguieron colocar al club donde está: mejor equipo del mundo en 2018 según los Globe Soccer Awards y cuarto de Europa a criterio de la UEFA.

Luis Aragonés y Simeone son los dos técnicos más queridos y trascendentes. Alfredo Di Stefano era amigo de Luis, sabía mucho de fútbol y dijo que los grandes jugadores lo eran por controlar dos aspectos balompédicos esenciales: el buen trato de balón y un estado físico óptimo; es cierto, pero tal vez resulte sensato añadir la confianza como tercer requisito básico.

Ahí, Luis Aragonés era único porque imbuía de fe a sus pupilos pese a que -paradoja- muchas veces le atrapaba el monstruo terrible y paralizante de la tristeza. El Sabio, además, representa un modelo de masculinidad, de virilidad, de hombría. En estos tiempos de andrógina corrección política, hay que reivindicar al hombre duro y fiable. Y sin llegar a obtener tanto reconocimiento popular, recordemos que por el banquillo atlético pasaron Ricardo Zamora, Helenio Herrera, José Vilallonga, Marcel Domingo, Max Merkel (Míster Látigo) o Radomir Antic. Añado una debilidad personal: José Luis García Traid, que casi logra lo imposible en la primavera de 1981.

Muchos podrían ser los aspirantes a mejor jugador y el veredicto final no resulta fácil. Luis otra vez. Algunos aficionados otorgan tal honor al gran Larbi Ben Barek. Escudero marcaba goles como si resultara sencillo. Gárate, ídolo indiscutible de varias generaciones. Nunca vi a otro como Paulo Futre. En representación de todos, y por justicia, me quedo con el futbolista que más veces lució la camiseta colchonera: Adelardo Rodríguez disputó 550 partidos, es leyenda rojiblanca indiscutible y antes jugó en el glorioso Extremadura de Almendralejo.

611f702-d602-dc6-a27a-56cd26bad

¿Por qué ser del Atlético de Madrid es un sentimiento?

El Atleti da muchas alegrías, pero lo fundamental es que se le quiere como a un familiar, como a un gran amigo. Es afecto íntimo, irrenunciable, y no depende de títulos o descensos a Segunda. Para explicarlo con claridad, significa lo opuesto al “cómo no te voy a querer, si eres campeón de Europa por enésima vez”. Al contrario de lo reconocido por la afición que corea este lema, el amor por el Atleti no resulta alterado por resultados, altibajos ni vaivenes.

Una de las aficiones más fieles hasta en Segunda…

Una de las aficiones más fieles sobre todo en segunda, que es cuando se dio el gran salto en número de abonados y el Vicente Calderón presentaba llenos absolutos domingo tras domingo. El presidente que vivió aquel descenso definió a los atléticos como “la sangre que acude a la herida” y fue exactamente así. Alentaron y estuvieron presentes cuando más se les necesitaba. Por cierto, luego las victorias son más dulces.

Del Atlético siempre, en riqueza y pobreza, en salud y enfermedad, en la vida y en la muerte...

De eso se trata. Pensemos que el aficionado rojiblanco madrileño ya se encuentra desde época escolar con una mayoría de compañeros encaramada a la carroza del vencedor oficial. Las mayorías nunca tienen razón, pero presionan. Fernando Torres contaba hace poco que en su clase eran cuarenta niños y sólo él apoyaba al Atleti; como él, casi todos los colchoneros hemos pasado por lo mismo y ese “ser distintos” -esa sospechosa uniformidad enfrente- nos ha unido de forma indisoluble a la causa.

¿Cómo llevan la rivalidad con el Real Madrid, sabiendo que es el equipo más laureado del mundo?

Soy aficionado al fútbol en general y también he ido mucho al Bernabéu. Mis abuelos paternos vivían cerca del estadio, muchos domingos comía con ellos y luego, quizá por trescientas pesetillas, era posible ver desde el famoso gallinero al Madrid de Juanito, Santillana o Stielike. Eso sí, yo siempre prefería que ganara el equipo visitante. Llamaba la atención -lo mismo cuentan amigos argentinos o ingleses que visitaban ambos campos- la seriedad rayana en amargura que se apreciaba en el Santiago Bernabéu (ponían a parir a sus jugadores desde el minuto uno) y la alegría habitual del Vicente Calderón. Desde luego, la hinchada madridista no transmite felicidad ni la atlética parece demasiado afectada por no ganar siempre todo.

El antimadridismo es una virtud que no se debe perder, pero tampoco puede devenir en algo obsesivo. Sus derrotas les provocan depresiones (y muchas veces repentino desinterés por el fútbol) mientras nuestras victorias siempre son más celebradas, así que la rivalidad se lleva muy bien. Después de la final de Lisboa, alguien contaba que hubo atasco a la entrada de la provincia de Badajoz -plena madrugada-, allí quedaron atrapados indios y vikingos y de pronto los atléticos salieron de los coches para bailar y corear cánticos, mientras los merengues permanecían sentados sin saber muy bien a qué venía tanta euforia después del gol de Ramos. El Atleti es una hermosa lección de que en la vida uno siempre debe levantarse.

¿Con el Barça se llevan mejor?

Esa pregunta suele hacerse desde el madridismo y suena a lo que realmente es: una acusación encubierta. A mí la rivalidad entre Barça y Real me importa tanto como la existente en Lima entre Alianza y el Club Universitario de Deportes. La veo lejana y extraña, pero los vecinos siempre buscan con preocupación la respuesta. Tengo un amigo muy del Racing al que un día presionaban para saber si prefería a Madrid o Barcelona y no terminó de ser creído cuando aseguró ser del Santander y pasar de la rivalidad entre azulgranas y blancos. Del Racing y de nadie más. Pues yo igual, pero del Atleti.

Háblenos de su libro y de la motivación que le llevó a escribirlo.

Le guardo enorme cariño al fútbol de los setenta, ochenta y noventa, recuerdo con exactitud un montón de acontecimientos (la memoria funciona peor cuando se trata de otros asuntos) y -de paso- los capítulos del libro me sirvieron para evocar vivencias no relacionadas con el balompié ni con el deporte. Es una obra escrita desde la nostalgia, donde trato de rescatar (y de explicar) pasajes esenciales de un fútbol más auténtico y muy poco parecido al actual.