Los niños del mar, fragmento del fascinante y agradecido anime japonés que invade nuestras pantallas. Pulula por nuestras pantallas desde hace unos días la última película de Ayumu Watanabe, director, por ejemplo, de Doraemon y la serie After the Rain. A partir de un grandioso manga de Igarashi Daisuke, a la sazón colaborador con Watanabe en la escritura del guion, utilizando como peana de toda su esforzada tarea el dibujo tradicional, nos disponemos a engolfarnos con otra alhaja cinematográfica.

El semen del Cosmos

Ruka, adolescente, pésimo momento. Sus padres, en bancarrota. Su madre, concretamente, alcoholizándose. El inicio de las vacaciones veraniegas, raras. El tránsito hacia la madurez. De niña a mujer, sexualización en ciernes. El verano de su vida. El principiar de la narración, clásico. Traspasados los primeros treinta minutos, se apodera del espectador el desconcierto. La confusión, mejor expresado. Agréguese a ello, el fluir de la psicodelia, el mito y, a la vez, una audaz cosmovisión filosófica. Con dejes provenientes del hinduismo. Nacimiento de Rakshasa, clave. Este demonio Rakshasa fue concebido por el dios creador del universo. Un día erraba junto a su esposa a lomos de un toro. Poco después, comenzaron a copular frenéticamente. El dios creador, según la leyenda, eyaculó sobre el mar. Los meteoritos que se abatieron sobre el océano, principiar de nuestra historia cinematográfica, simbolizaría el esperma del cosmos. Un meteorito/espermatozoide acontece crucial para rumiar nuestra historia.

Ilusorias dualidades

Un día Ruka se topa con Umi y su hermana Sora. El punto de no retorno. La película expone la dualidad (a veces esgrima) entre la ciencia y lo inexplicable, entre lo empírico y lo sobrenatural, entre lo decible y lo indecible. De lo que no se puede hablar, es mejor callarse. Memento Wittgenstein. La diatriba contra el antropocentrismo deviene sólida, muy compacta, en nuestra película. El ser humano, poca cosa en el Universo. El hombre, a pesar de todas las vertiginosas (y letales) escaladas tecnocientíficas de los últimos lustros, un profundo ignorante sobre las realidades esenciales de la existencia. No vemos nada en absoluto, como se indica en el film.

Polvo de estrellas, tan solo

El microcosmos, en principio, hostil al macrocosmos. Y, llave interpretativa del film, definitiva fusión de los opuestos: aparente dualidad metamorfoseada en unidad del Todo. Quiebra de los confines entre opuestos: tierra y mar, visible e invisible, amor y odio, vida y muerte. El universo funcionaría, al decir del film, como un colosal ente orgánico, afanándose y reproduciéndose como todos los seres vivos. Nosotros, humanos, minúscula partícula de un insondable Todo. Somos polvo de estrellas, sin más. Astros, fantasmas, sirenas o vulgares humanos robustecen el dispositivo narrativo nuclear de la película de que morir es, sin más, renacer en otro lugar. Eterno ciclo vital, ya sea como pedazo del mar, de la tierra o del cielo.

Lo más plausible es que viendo Los niños del mar uno tenga la sensación de no coscarse de nada. Sin embargo, resulta mucho más sencillo comprenderla cuando entramos en controversias acerca de vetustas cosmogonías, mitologías atávicas, levi-straussianas antropologías, simbologías jungianas o, vuelta de tuerca, cuando nos aventuramos en el fascinante relato de los universos. O multiversos. Paralelos o no.