Tras Deseando amar, el cierre de la trilogía del desamor (el cine de nuestro director no es un clásico chico busca chica, sino que deviene melancólicamente en un chico pierde chica) con 2046. Entre la realidad y el recuerdo, los viajes en el tiempo son continuos. Pasado y presente. Y futuro, a través de la novela que el protagonista va escribiendo. Su cenit estético. El nadir de sus imperfecciones. Tomando como pretexto un estilo futurista introduce al espectador en el tren que viaja eternamente por 2046, un lugar que no es pasado, ni presente ni futuro. Es un vacío lleno de añoranza y recuerdos, nostalgia y pérdida, derrota y desengaño. Los que aquí llegan quedan atrapados. Se retoma fuertemente el antedicho círculo temporal que nos lleva a Chow (el protagonista de Deseando amar y Días salvajes), que está en la década de los sesenta, en Hong Kong, ahora convertido en un playboy que va de mujer en mujer, sin vincularse a nada ni a nadie; solo es un semoviente, entre el presente y el pasado, mientras escribe acerca de un tiempo futuro, 2046, al que es incapaz de darle un final feliz.

 

…Y vuelta de tuerca. De Hong Kong a Estados Unidos: My blueberry nights. Una road movie en la que una chica busca el amor verdadero. Y lo postrero cinematográfico, 2013, The Grandmaster, un leve tropiezo, una metáfora de la China contemporánea a través del enfrentamiento entre diversas escuelas de artes marciales que representarían distintos modos del Chinese Way of Life, que resulta por momentos esquemática y vacía, reducida a los habituales clichés de la presunta sabiduría oriental, más cerca de las perlas indigestas de Paulo Coelho que del oráculo de Delfos que supo que el hombre más sabio, Sócrates, era aquel que admitía su ignorancia.

 

 

The Grandmaster, el canto del cisne

 

Rozando lo disparatado y lo sublime, The Grandmaster es una versión de Doctor Zhivago rodada con la estética de Deseando amar según una especie de El mono borracho en el ojo del tigre. Junto a Matrix y Kill Bill (Tarantino siempre se ha declarado un devoto admirador del director hongkonés) es la mejor renovación de las coreografías de lucha. Pero lo que fascina, al fin y a la postre, es la ebria complacencia de unas iconografías que transmiten una sensación de seda y lascivia atemperada.

 

El cine de Wong Kar-wai ha sido en sus mejores momentos más táctil e incluso olfativo que visual. O quizás sería más exacto sinestésico. Y no lo olvidemos, toda su ensanche visual está al servicio de una historia de amor tan intenso como imposible, lo que imprime a la película, a contrapelo de lo habitual en el género supremo de las patadas del que es deudora, una dulce sensación de nostálgico fracaso, como unas volutas de humo (el tabaco, protagonista inevitable de su cine) que nos recuerdan que la melancolía es un opiáceo de los enamorados condenados al fracaso.

 

 

Gracias por todo, Wong Kar Wai

 

Uno de los grandes, con estética propia, tan elegante como seductora: vestuario, música, fotografía. Tan retro como posmoderno, la belleza que impregna muchos de sus fotogramas neutraliza parte de la historia narrada. Esteta, describe como nadie el vacío existencial del fracaso amoroso. Con el dolor de la ausencia del ser querido, sus protagonistas oscilan entre la nostalgia y la impotencia. Wong Kar-wai se refugia en la tensa calma de sus personajes, deudor de sus raíces chinas, donde culturalmente no se expresan los sentimientos ni las emociones.

 

Este director hongkonés, amante fervoroso de esta antigua colonia británica, erige su ciudad de adopción en su musa. Mostrando amor/odio hacia su ciudad, heredero de la Nouvelle Vague, sobre todo de Al final de la escapada de Godard, su narrativa es prerrogativa y peculiar, puro amor hacia el proceso creativo, más que a la obra conclusa. Y amor irreprimible hacia la música. Melómano del desamor, las músicas elegidas enfatizan los estados de ánimo de los personajes de sus películas. Y amor al tabaco, con atmósferas que ciñen las historias, demostrando la misma evanescencia que une al humo del tabaco con el amor. Seductor y elegante, sus historias quedan y quedarán irremisiblemente grabadas en el imaginario colectivo.