José Antonio Bielsa Arbiol, historiador del arte y graduado en Filosofía, es un apasionado del cine clásico, especialmente de aquel cine que es portador de las esencias católicas de España. En esta entrevista habla de José Luis Sáenz de Heredia, sin duda uno de los directores más representativos del cine español en el Régimen franquista.

 

Según Bielsa proyectar Raza en un cine de nuestro tiempo sería un exorcismo para los apóstatas, renegados, libertinos y demás elementos progresistas embebidos de neomarxismo de garrafa.

 

¿Quién fue Sáenz de Heredia y su importancia en la historia del cine español?

Sin circunloquios: Sáenz de Heredia es el mayor cineasta de la cinematografía propiamente española, el primerísimo primer director nacional, cuya obra arrolladora y visionaria refulge (exceptuando sus últimos títulos) con fuego incandescente a través de las décadas. ¿Hipérbole desmesurada? Muchos me refutarán diciendo que esto no es así, y que el mayor cineasta español no parece ser otro que Luis Buñuel, pero éste sólo realizó tres películas en España, desarrollando su carrera entre México y Francia, por lo que no podemos considerar su obra de conjunto propiamente española, pese a la talla de Viridiana. Otros dirán que ese primerísimo primer cineasta es Berlanga, pero la filmografía del maestro valenciano dista cuantitativa y cualitativamente de alcanzar las excelencias del corpus fílmico del autor de Raza. Otros cineastas que también podrían hacerle sombra a Sáenz de Heredia, mas sin conseguirlo realmente, serían Rafael Gil y Juan de Orduña, seguidos en un segundo plano por creadores del calibre de Eusebio Fernández Ardavín, Benito Perojo, Florián Rey, Edgar Neville, Carlos Serrano de Osma, José Antonio Nieves Conde, Manuel Mur Oti, Fernando Fernán-Gómez o Carlos Saura; dejamos al margen a ese húngaro genial llamado Ladislao Vajda.

 

A este autor se le asocia especialmente con el Régimen de Franco…

Así es. El pensamiento del Caudillo fue sin duda una de las grandes fuentes de inspiración de Sáenz de Heredia. La relación entre estos dos grandes hombres aparece resumida en dos obras capitales de nuestro cinema, dos superproducciones de exquisita factura que son también los más cumplidos tributos de amor y afecto a unos valores perennes, hoy liquidados por la aciaga obra de ingeniería social del Régimen del 78: tanto Raza como Franco…ese hombre, explican y quintaesencian la filiación nacional-católica del cine de Sáenz de Heredia con su vinculación a los valores de la España de Franco, que es la España de Cristo y María. La nobleza de sus presupuestos dirige sendos frescos: el aliento épico de la primera, la serenidad metafísica de la segunda en los 25 Años de Paz Española, ayudan a explicar el misterio de una filmografía que siempre estuvo ligada a “lo oficial”... pero, qué diferencia con “lo oficial” de hoy, donde todo no es sino corrupción de las almas o grosero instrumentalismo al servicio de los enemigos de la Patria.

 

De hecho Raza es una película legendaria que todo buen patriota debe ver…

¡Qué duda cabe! Raza no sólo es la obra maestra incuestionable de la caligrafía que alimentó el espíritu de la Cruzada Nacional, sino también un imprescindible documento de la salud espiritual de un período no por duro menos luminoso en cuanto forjador de libertades; cine con valores del mejor cuño. Raza aparece ante nuestros ojos como obra inextinguible y fascinadora, cuya estética entronca en espíritu y gracia con la solidez y estabilidad del metro clásico, el orden dórico y la precisión ascética del estilo herreriano. Raza presupondría por así decir la traslación de El Escorial al medio cinematográfico, al celuloide. Si estéticamente es una pieza capital, en lo que a esa moral social y a la formación del espíritu nacional se refiere, no conoce parangón con otras entregas no menos encendidas, de las que Forja de almas (Eusebio Fernández Ardavín, 1943) o Sin novedad en el Alcázar (Arturo Ruiz-Castillo, 1949) suponen gloriosos exponentes.

El milagro de Raza es haber logrado trascender su propio contexto para abismarse en pleno siglo XXI como la más señera y rotunda alegoría de unos valores imperecederos, siempre renovados. Por eso Raza exige un público elevado y con espíritu: con “espíritu de una raza”. Imagine, siquiera remotamente, proyectar esta película en una multisala de nuestro tiempo, llena de apóstatas, renegados, libertinos y demás elementos progresistas embebidos de neomarxismo de garrafa: la mera proyección de esta película supondría sobre todas esas almas entenebrecidas una suerte de exorcismo colectivo. ¡Tremendo!

 

Incluso con el guión del mismo Franco bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade.

Y ése es su mayor acierto, por encima incluso de la soberbia puesta en escena de Sáenz de Heredia, primo hermano de José Antonio Primo de Rivera. Después del de Jakin Boor, el de Jaime de Andrade ha sido el otro pseudónimo más conocido del Caudillo, cuya proverbial modestia en este aspecto no podía ser más ejemplar. El General, ya se sabe, era un avezado escritor, y no hubiera sido descabellado que el año de 1953, cuando la luterana Academia Sueca le iba a conceder por razones estrictamente políticas el Nobel de Literatura a Churchill, hubiera mirado también a España, concediendo ex aequo el famoso premio a Francisco Franco. Algún petulante amigo de la corrección política se sonreirá cual intercambiable macaco al oír esto, pero debemos afirmar rotundos que entre el Diario de una bandera del Generalísimo y las interminables Memorias del británico, la belleza de estilo y brío narrativo del primero eclipsa la bombástica entidad del segundo.

Cuando Franco afronta la escritura de Raza, tiene los ojos puestos en los principios inmutables de la España Eterna. Pocas veces un guión para cine ha presentado tal equilibrio interno en la disposición de sus muchos y comprometedores elementos, secuencia a secuencia: impecable estructura, perfecto ritmo, progresión dramática cuidada al detalle. Raza aparece en lo externo como un filme coral, el mejor jamás producido en España, por encima de las celebradas entregas de Berlanga. Todo en él rezuma esa sana elevación mística por las cosas santas que sólo puede plasmar el “Gran Arte” de tradición hispana. Y luego está la belleza de esa prosa no caduca, tan estúpidamente demonizada por la progresía de las Feas Letras y su corte de eunucos del gusto, quienes con absurda tendenciosidad se niegan a ver las bellezas ocultas de este trabajo de alta orfebrería, despachándolo cual mero kitsch y cosas por el estilo. Clásico al tiempo que moderno, considero este guión una obra modélica, que debería ser estudiada en todas las escuelas de cine que se precien de ser tales.

 

Al igual que Rafael Gil, es un gran director, pero tampoco ha llegado a ser tan universal…

Sí, y por razones políticas antes que nada, como todo en ese pudridero de intereses y corrupciones que ha devenido la industria cinematográfica. Las fuerzas ocultas saben hacer bien las cosas: lo bueno es ocultado; lo pernicioso, aireado. Por lo demás, resulta escalofriante constatar cómo un director de la dudosa entidad cinematográfica de Almodóvar pasa por ser, de cara a la galería mundial, “el más universal” de nuestros realizadores (y digo realizadores por no llamar cineasta al artífice de algunos de los bodrios más horrendos y detestables de la historia de nuestro cine). Pero ésa es la percepción que las masas desinformadas y embrutecidas tienen: Almodóvar es un gran genio, con dos Óscar que le regalaron además, mientras que Sáenz de Heredia (si es que lo conocen) sólo es “un fascista” que hizo “pelis fachas”. ¡Cuán atrevida es la ignorancia!

 

¿Qué es lo que hace que en cierta manera se haya quedado su cine en España?

Esta percepción no es del todo exacta. Sáenz de Heredia fue durante al menos dos décadas el cineasta más exportable de nuestra cinematografía (por encima de otros hoy mejor considerados como Bardem), tanto por la solidez de su factura industrial como por la calidad artística de su tratamiento, de una pulcritud inusitada. Sus películas tuvieron gran difusión comercial, y gozaron de buenas críticas. Los mejores festivales internacionales del mundo le abrieron sus puertas: Berlín, Cannes, Venecia. Pero cometió un error, producto de una crisis creativa manifiesta: repetirse durante sus dos últimas décadas, las más conocidas por cierto por el gran público, e incansablemente respuestas además por la televisión. En este sentido, la crisis de Sáenz de Heredia arranca con Historias de la televisión (1965), fallido e innecesario remake de su obra maestra Historias de la radio, una década anterior.

Es a partir de esta película cuando el proverbial brillo de su autor comienza a apagarse, con una intermitente recuperación al final de su carrera. Es ese cúmulo de películas comerciales al servicio de Manolo Escobar, de Paco Martínez Soria, las que manifiestan el bloqueo creativo de Sáenz de Heredia, la dejadez de su puesta en escena, la nulidad de unos guiones invertebrados. Para los entusiastas de El escándalo e Historias de la radio, el visionado de piezas como Juicio de faldas (su segundo mayor éxito comercial) o Don Erre que Erre nos supone una experiencia realmente lastimosa; su caso nos recuerda al de otros grandes cineastas que terminaron sus días filmando verdaderas mediocridades, pensemos en John Huston (Phobia, Annie) o, sin ir más lejos, en nuestro Berlanga (Moros y cristianos, París-Tombuctú).

 

¿Cuáles son las principales características de su cine?

El rigor y la coherencia de una puesta en escena clásica al servicio de unos guiones plenos de valores patrios, al menos desde Raza hasta Franco… ese hombre. Al igual que podemos hablar de un “estilo buñueliano”, de un “toque Lubitsch” o de un “sello Hitch”, deberíamos hablar en propiedad de un “espíritu sáenz-herediano” que atraviesa, e identifica, una filmografía tan singular como consecuente en su afán por afianzar el “genio de España” por la vía del cinematógrafo. De sus 37 largos, al menos dos terceras partes acusan ese sello personal e intransferible. 

 

¿Y cuáles son sus principales etapas?

En síntesis, la filmografía de Sáenz de Heredia presenta cuatro etapas bien diferenciadas: una primera, de aprendizaje, que podríamos denominar “republicana” -por ubicarse en dichos años y aparecer mediatizada por Luis Buñuel y Filmófono-, y que iría desde su debut con Patricio miró una estrella (1934) hasta ¿Quién me quiere a mí? (1936; película desaparecida), a la que podría anexarse ¡A mí no me mire usted! (1941); una segunda, con diferencia la mejor de todas, que podríamos denominar “autárquica”, y que desde Raza (1941) hasta Diez fusiles esperan (1958), aglutina lo mejor de su producción, con un grado de calidad altísimo durante los años 40 y muy alto durante los 50; una tercera -de decadencia- que denominaremos “aperturista”, mucho más relajada en todos los órdenes que las previas, que arranca con El indulto(1960) y finaliza con La decente (1970); y, finalmente, una cuarta etapa que meramente perpetúa la anterior, mucho más breve y de recapitulación, que podríamos llamar “testamentaria”, y en la que entre Los gallos de la madrugada (1971) y Sólo ante el streaking (1975), se concentra una de las grandes sorpresas del director: Proceso a Jesús (1973).

 

Además de Raza, ¿qué películas podríamos incluir entre las imprescindibles?

Junto a Raza, y aun a riesgo de omitir otros tantos logros considerables, seleccionaría la siguiente docena de títulos: La hija de Juan Simón (1935), la más representativa de las películas de Angelillo y que empezó a dirigir Nemesio Sobrevila; la fascinante El escándalo (1943); la comedia fantástica El destino se disculpa (1944); el fabuloso canto al terruño Las aguas bajan negras (1948), sobre Palacio Valdés; La mies es mucha (1949); el soberbio policíaco Los ojos dejan huellas (1952); la famosísima Todo es posible en Granada (1954); la siempre entrañable y emotiva Historias de la radio (1955); Faustina (1957); esa fábula moral eterna que es El grano de mostaza (1962); el penetrante documental Franco… ese hombre (1964); y, finalmente, Proceso a Jesús (1973). En lo cuantitativo, las películas de los años 40 y 50 dominan el conjunto. Por lo demás, la obra maestra absoluta de Sáenz de Heredia es El escándalo, una adaptación de Pedro Antonio de Alarcón que puede medirse sin menoscabo con los mejores filmes del Hollywood de entonces, y que no tiene nada que envidiar al gran maestro del melodrama, Douglas Sirk.

 

¿Qué aporta realmente este autor?

Luz, mucha luz. De lo que más andamos ayunos en estos tiempos de tinieblas, en los que la industria cinematográfica sólo factura cine degenerado y subproductos de la peor especie destinados a destruir la mente de las nuevas generaciones.