Todas las fuerzas políticas tradicionales han acudido al rescate del cineasta Amenábar ante su deplorable carrera cinematográfica. No es suficiente con haberle untado con millones de euros de subvenciones públicas.

No es suficiente con haberle paseado por todos los platós de televisión y de los estudios radiofónicos. Es preciso algo más. Hay que unir el destino de la Nación al fracaso de Amenábar.

Amenábar durante estas últimas semanas ha dicho infinidad de cosas y las contrarias. Ha sido como Unamuno, un espejo de contradicciones, y los palmeros del régimen, desde sus terminales, le han encumbrado con silencios y alabanzas. Le han elevado para luego dejarle caer.

Hasta hace unos días, fue entrevistado por Maxim Huerta, en la televisión pública española, y no consta que se hayan preguntado por sus sociedades interpuestas y dinero en el extranjero. Hay que recordar que los millones de euros de fondos públicos para grabar el último bodrio amenabariano fueron otorgados bajo Gobiernos del Partido Popular en el 2017, cuando mandaba Mariano Rajoy.

Hay que recordar que ha sido el Alcalde del Ayuntamiento de Salamanca, del PP, el que le ha enchufado en el bolsillo casi 100.000 euros y no sólo eso, sino que además le ha paseado por la Ciudad como si Amenábar fuera una especie de Jefe de Estado en visita oficial, junto con el Rector de la Universidad de Salamanca, en una escena que, ni cuando Franco vivía.

Sólo ha faltado la figura del Obispo salmantino, bendiciendo al cineasta, y absolviéndole por sus mentiras, pero claro, estaría reunido en la Conferencia Episcopal, avalando la exhumación del Valle de los Caídos de los restos mortales de quien salvó a la Iglesia Católica en España del exterminio. Ha sido el Presidente de la Comunidad de Castilla León, del PP, el que ha alabado también la película, y ha sido el Presidente de las Cortes Castellano Leonesas, de Ciudadanos, el que lloraba de emoción durante el estreno de la película, a pesar de que la misma navega entre el fake y el esperpento.

También han acudido en rescate del “prestigioso” cineasta relevantes figuras del PP, como son Borja Semper, gran adalid del españolismo fracasado y de pandereta en Vascongadas, y la insigne Celia Villalobos, la de los gritos al chófer Manolo y sus guardaespaldas, gran jugadora internacional del “Candy Crush”, babeando ambos ante la mediocridad del cine de Amenábar y sus subvenciones.

En la operación “Salvemos al Soldado Amenábar” se ha producido una inversión de los papeles que PP y PSOE llevan a cabo tradicionalmente en el llamado cine español. Normalmente, el ideólogo es el PSOE, que fija la estrategia y las ayudas públicas, mientras que luego es el PP el que las refuerza y consolida.

En esta operación del Alto Estado Mayor de la Partitocracia, ha sido el PP el que ha puesto la pasta y el ideólogo, y el PSOE ha ocupado el papel de su presuntamente contrincante político, consiguiéndose así la equiparación perfecta en el ámbito de la cultura y cine entre ambas fuerzas políticas.

Nos encontramos en una operación mediático-política para rescatar a Amenábar de sus fracasos y deméritos constantes, repletos de plagios y de mentiras; pero el fuego de la ira que ha causado su carrera cinematográfica arrecia alrededor del “soldado Amenábar” de forma muy intensa, sólo hay que verle la cara de apuro que tiene; pareciese que se ha cagado en los pantalones, con mirada triste y preocupada. Sabe que está manchado. Muy manchado y que apestan sus mentiras.

Sinceramente, no veo ni en el PP ni en el PSOE el necesario valor y templanza para rescatarle. Sólo son una panda de arribistas que pretender acercarse a este ídolo caído para en su demolición, poder conseguir un mínimo foco de atención y de protagonismo para sus intereses políticos durante su Caída. El “soldado Amenábar” va a caer, no le van a salvar los “nuevos Aliados”, y haría bien en alejarse del abrazo y el foco de los políticos, para que al menos su defenestración definitiva sea honrosa, y no un capítulo más de este patético y costosísimo montaje ideológico que es el cine español actual.

Guillermo Rocafort. Crítico de Cine