Todavía se perpetúa, incólume y salva, esta pequeño abalorio en el cine Verdi de Madrid. En ella se nos cuenta que tras ver El séptimo sello, Margarethe von Trotta (Las hermanas alemanas, La historia de Hildegard Von Bingen, Hannah Arendt) anheló ser directora de cine. La realizadora germana admite que “hubo una época en la que todo se comparaba con Bergman”. Antecesores como Sjöström (La carreta fantasma), Dreyer (Ordet, Gertrud,Vampyr o los dramaturgos Ibsen (Casa de muñecas, El enemigo del pueblo) y Strinderg (La señorita Julia, El padre) dispusieron el terreno del que podría haber sido, en discurso de Olivier Assayas, un sólido vencedor del premio Nobel.

Desde ese momento da comienzo una búsqueda, como atestigua su mismo título en inglés. La presa es, obviamente, Ingmar Berman. En el presente documental, Entendiendo a Ingmar Bergman en España, se indaga una faceta más humana que cinematográfica, topándose con macizos testimonios de colegas (Liv Ullmann, Jean-Claude Carrière, Ruben Östlund, Mia Hansen-Løve, Carlos Saura), pespunteándose a la vez algunos de los rasgos que cincelan al creador total que fue Bergman y, desde allí, ir enlazando con los asuntos primordiales que constituyeron su filosofía vital, aquellos que irremediablemente le atormentaron. El ser en tanto que individuo, la muerte, el sentido de la vida, la existencia cual (agonizante) partida de ajedrez, la infancia como la única patria aceptable, las descomposiciones matrimoniales, la culpa como la condición inexcusable del hombre, el irresuelto pugilato entre libertad y autoridad o la mujer como enigma absolutamente inabarcable. Y, sobre todas las cuestiones, la búsqueda/silencio/negación de Dios. Bergman, simplemente quería oír la voz de Dios, pero Dios insistió en perpetuarse silente. Y como el sacerdote de Los Comulgantes, que trata de vislumbrar que el sufrimiento es parte de los divinos propósitos, hace manifestar sus más hondas y honorables infalibilidades a otro sacerdote en El huevo de la serpiente: “Vivimos muy lejos de Dios, tan lejos, que sin duda no nos oye cuando le imploramos en nuestras oraciones. Por lo tanto, debemos ayudarnos los unos a los otros, debemos ofrecernos la comprensión y el perdón que un Dios remoto nos niega”.

 

Bergman, impenetrable e inconsolable

Bergman, fue uno de esos pocos artistas que con sus invenciones creativas penetró en las zonas más furtivas de las sombras del alma, tanto en la vigilia o como en el sueño de sus personajes. Siempre velando el peso de la culpa y transmitiéndolo fidedignamente, Von Trotta, en su documental, pese a la abundante información que nos ofrece, tan solo araña la superficie de una herida incurable. Apenas entrevemos la complejidad de un ser humano extremadamente angustiado que realizaba películas para no pensar en sus miedos. Ni en el suicidio. La narración de Von Trotta no ansía ser original, novedosa o transgresora, todo lo contrario. La estética deviene (muy) convencional, adoleciendo de no profundizar en demasía en la vida y obra del director sueco. Eso sí, a los cinéfilos recién iniciados les permitirá tomar un buen punto de partida para ir aproximándose al genial legado de una de las figuras más preeminentes de la historia del cine.