The Wonderland, anime estrenado en España el pasado 25 diciembre. La película podría suscitar una preocupación honorable y honestamente ecológica. No es el caso. Su director, Keiichi Hara, mediante las psicodélicas peripecias de su protagonista Akane, se enreda de manera desaforada en las paranoias del cambio climático. Una lástima.

Akane, ¿alma gemela de Greta Thunberg?

Akane, más perdida que un quinto en día de permiso, Sabina dixit, visita a su tía Chii. Deja en casa a su orondo ejemplar felino, Gorobei y a su distante madre. En la tienda de su tía sucede algo insólito. Bajo la alfombra que da al sótano, se abre un abismo. Conocerá al circunspecto alquimista Hipócrates y su simpático satélite, Pipo. Ambos le hablan de una misión para salvar el mundo. Akane, perpleja, deviene la Diosa del Viento Verde. En su particular país de las maravillas, cual transfigurada Alicia, nuestro particular mesías da comienzo una travesía que intentará revertir una gravísima sequía que está provocando que este mundo paralelo pierda el color.

Una historia sin resuello

Una chica algo egoísta adquiere la cualidad de salvadora. Su mano encajaba donde debía. El acopio de aventuras y desventuras están bosquejadas visualmente de forma arrebatadora, belleza herida. La película vampiriza tanto el relato de Lewis Carrol como la colosal factoría Ghibli, memento El viaje de Chihiro.  Nos zambullimos hasta el sumidero, van transcurriendo, harto demorados, los minutos y la historia comienza a trabarse. Los personajes secundarios comienzan a desvanecerse. Salvo Hipócrates y Pipo, el resto se hallan desmesuradamente desaprovechados, carecen de enjundia o no interesan porque pasan de ser, a priori significativos, a situarse fuera de la historia. Por ejemplo, el Príncipe del Reino o Grillo Camello.

Keiichi Hara, el director de la cinta, llega sin aliento al final del metraje. En otras películas suyas, desde el boceto intimista de la conmovedora Miss Hokusai hasta el despiporre nostálgico de la agudísima Shin Chan, ¡Los adultos contraatacan!, su cine es una fecundísima y ubérrima creación (y recreación) de enérgicos, imaginativos y muy coloridos universos visuales. Hasta el film que comentamos, siempre acompañada por una sólida y eficaz narrativa, ejemplo señero, Colorful. En esta ocasión, la narración cojea, agota y, por momentos, cansa. Al menos, finisterre oteado, violín del egregio judío Max Bruch mediante, la película gatea, remonta y casi corona.

El agua, en poder de mafias depredadoras

Su discurso sobre un mundo sin agua y con sequías perpetuas resulta (muy) políticamente correcto. Senderea las alucinaciones de la ONU con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. El sexto punto, crucial asunto del agua. Leamos. Garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos. Sic. Keiichi Hara participa de ese embaucador propósito. NI remotamente osa el director nipón plantearse el hecho de que el asunto del agua potable en el mundo significa todo lo contrario a lo propuesto por la ONU, punta de lanza del globalismo. Lo que oculta el onusino documento es, esencialmente, que se permite que las más depredadoras oligarquías tomen el control de los suministros de agua de todo el mundo y cobren precios de monopolio para “construir una nueva infraestructura de suministro de agua” que “garantice la disponibilidad”. Y, una pena, ese minúsculo pormenor, Keiichi Hara ni lejanamente lo vislumbra.