Klaus, prodigio de la animación española, predilecta en la noche de los Oscar. Ni Almodóvar con la estimable Dolor y Gloria. Ni Banderas con su pétrea interpretación en la cinta del director manchego. Ambos se irán de Los Ángeles de vacío.

Arrasando

Klaus ya arrasó hace unos días en los Premios Annie, los Oscar de la animación. El pasado fin de semana en los Bafta británicos. Sergio de Pablos, a la sazón director de Klaus, se alza como el gran favorito para llevarse la áurea estatuilla el próximo lunes. Su única rival sólida, la cuarta parte de Toy Story. Puede y debe ganar la película española.

Una historia de redención

La hipnótica peripecia de Jesper. Pérdida de su camastrón existir. Renuncia a sus queridas sábanas de seda. Inicial exilio a la gélida Smeerensburg, capital de una lejana ínsula ubicada en el círculo polar ártico. Su misión para redimirse, entregar seis mil cartas en un año. De lo contrario será desheredado por su estricto padre.

El laberinto inaugural con las peloteras los Ellingboe y los Krum, que viven desavenidos desde tiempos antiguos. Las noches de paz navideñas que no llegan. Los trineos apesadumbrados. Pero, milagro, llega el epifánico momento de conocer a dos personajes. Klaus, un recóndito carpintero que mora solitario en una chozuela desbordada de juguetes y nidos y recuerdos de viudo. Y Alva, una pescadera que antaño fue buena maestra de escuela. Y, no podemos olvidar, una imperecedera cría de Tromsø que tan solo sabe farfullar el lapón.

Generosidad

Klaus nos habla, esencialmente, de los actos de generosidad. Actos sinceros de bondad que siempre provocan otros. Ésta es la frase totémica de Klaus. Actos de belleza moral, desinterés, desprendimiento. Gratuidad, en definitiva.

El director de la cinta, Sergio de Pablos, deja claro lo ilógico que resulta empeñarse en batallar, y no en compartir. Lo hace con un sentido del humor poderosísimo, con un filón cáustico de muchos quilates que denuncia acerbamente el risible sectarismo humano. Es dable recuperar la ingenuidad e inocencia que todavía quedan incólumes, entre tantos absurdos zurriburris vitales, durante cierta época de la infancia. Klaus - el personaje y la película - nos hace ser mejores. Y, sobre todo, nos hace amar la vida.

Acto de justicia

Pues lo dicho, un acto de generosidad en celuloide. Solo falta el acto de justicia que corone a Klaus en el Olimpo del Dolby Theatre de la ciudad angelina. En fin.