Nuestra élite política en materia sanitaria, a la cabeza de la cual se encuentra en España la ministra de SanidadMaría Luisa Carcedo, ha alertado del aumento del número de infecciones de transmisión sexual, un incremento medio anual del 26,3% entre 2013 y 2017. Pero no sólo eso, lo ha calificado de "muy preocupante", aunque por motivos distintos a los que puedan pensar. Su “preocupación” no está en el lado de los pacientes. ¡Qué va! A nuestra ministra le preocupa sobre todo el correlativo gasto que dicho aumento va a suponer para nuestro sistema sanitario. Como ya han pasado las elecciones, se ve que las personas hemos dejado de interesar a nuestros dirigentes, y sus desvelos van por otros caminos. ¡Qué gran corazón tiene esta mujer!

Por si alguno tuvo la tentación de pedir alguna responsabilidad política, salió al quite la Directora General de Salud Pública, Pilar Aparicio, informándonos que la tolerante y progresista Organización Mundial de la Salud (OMS), con respecto a este tema, reconoce que en 2016 se produjeron 366 millones de nuevas infecciones de transmisión sexual en el mundo. Y digo yo: si por mucho menos se ha alertado a la población mundial del riesgo de epidemias, ¿por qué en este caso no es así?

En los ochenta y noventa se popularizaron las campañas de uso del preservativo con el fin de prevenir las enfermedades de transmisión sexual. Desde entonces se han empleado en el mundo desarrollado millones de horas en cursos, conferencias, charlas y demás zarandajas que sean capaces de imaginar, eso sí, subvencionadas con fondos públicos por asociaciones cuya orientación política es igual de progresista que la de la OMS en este asunto. ¿Qué les han enseñado? ¿Qué los niños vienen de París? Porque, a poco que hubieran hablado un poco del asunto, digo yo que, como mínimo, la cosa no se habría disparado como lo ha hecho.

Mi opinión al respecto de este asunto es que, generalizando, presumo que el contenido de los discursos que escucharon quienes tuvieron la dicha de asistir a tan doctas lecciones magistrales no era el más adecuado. Y les voy a explicar por qué lo pienso así. Cuando comenzó a extenderse peligrosamente la epidemia del VIH-SIDA en África, ante la falta de medicamentos eficaces, se diseñó la estrategia ABC, que no sólo pretendía luchar contra la propagación del SIDA, sino que también podía ayudar a prevenir la propagación de otras infecciones de transmisión sexual.

Esta estrategia se diseñó para incidir directamente en el motivo de que se produzca el contagio masivo de personas de cualquier tipo de enfermedad sexual, es decir, en las relaciones sexuales. ABC, como ya habrán imaginado, es un acrónimo de las palabras abstinencia (Abstinence), fidelidad (Be faithful) y preservativo (Condom). Puede parecer el truco del botijo al fresco, pero no les cabrá la menor duda de que, aplicadas en ese orden es la mejor forma de obtener resultados eficaces. Se aplican en orden alfabético, primero Abstinencia, de no poder ser y, en caso de que quienes practiquen sexo tengan la seguridad de no ser portadores de enfermedades de transmisión sexual, la Fidelidad y, sólo en tercer lugar, se recomienda el uso del Preservativo. Es fácil de entender, ¿a que sí? De hecho, los resultados obtenidos tras las campañas informativas llevadas a cabo en países como Uganda, Kenya y Zimbawue refrendan que, si mayoritariamente se adoptan la A y la B, los resultados son espectaculares a nivel general.

Sin embargo, nuestras autoridades sanitarias, a través de sus campañas de lucha contra las enfermedades de transmisión sexual han defendido sólo como único medio el uso de preservativos, el C, obviando la existencia de las otras dos. Obviamente, los resultados de tanta imbecilidad ahí están. ¿Ahora qué?

Pues ahora, como ya saben, cuando un tonto coge un camino, el camino se acaba, pero el tonto sigue. Nuestras lumbreras del Ministerio de Sanidad han anunciado que van a gastar más dinero en prevención promocionando el uso de preservativos. Y no es por ser agorero, pero así nos irá.