El culebrón protagonizado por el gobierno que preside el señor Sánchez está empeñado en borrar cuatro décadas de la Historia de España, al pretender trasladar los restos del Caudillo a dónde le plazca a alguno de sus aduladores o a él mismo. Como no soy político, ignoro si tal medida le puede reportar o no votos para su pretendido objetivo de sentirse amo absoluto del Gobierno de la Nación (¡pobre Nación!). Pero como simple observador, que se implica en aquello que considera que no es justo, estoy totalmente seguro de que lo que inspira la insistencia de este señor y de sus adláteres, incluida la señora Carmen Calvo, es el más absoluto ridículo por su guerra particular no contra los restos del Generalísimo, sino contra la Memoria de un Jefe de Estado que se mantuvo en el cargo durante casi cuatro décadas, respetado por la comunidad internacional, que murió en la cama de un hospital de la Seguridad Social que él hizo, y de la que se benefician los españoles incluidos el señor Sánchez y sus colaboradores. Ridículo ante el panorama internacional (algo que tanto preocupa a la izquierda, que sabe manejar comportamientos ajenos para, a modo de espejo, despertar las conciencias de los españoles de a pie), por utilizar cuantas artimañas están a su alcance, algunas de ellas de comportamiento inmoral, tras la evidencia jurídica de que ni el Gobierno, ni el Tribunal Supremo, ni el sursum corda, tiene la razón para avalar la profanación de una tumba, sea de Francisco Franco o de cualquier otro español católico, porque es una res sacra.

El menosprecio a la Iglesia, a la Abadía y a su Prior, que se manifiesta en cada informativo, en cada periódico, en cada panfleto digital o de papel, en una Opinión Pública que, cual corriente de agua, discurre aleccionada por la información sesgada e interesada de los intoxicadores oficiales, debidamente subvencionados y apesebrados, sin valorar ni sopesar mínimamente con el sentido común lo que la ética no es capaz de inspirar. Desde que el señor Sánchez lleva intentado sacar a Franco de su tumba hasta el día de hoy, los españoles y los extranjeros, incluido el tercer mundo, sólo pueden resumir su gestión como la de un fracaso absoluto. Ese es el ridículo cuyos ecos han llegado hasta los confines del mundo habitado, aunque luego lo vistan como un éxito sin precedentes. ¡Pobre diablo!

Pobre diablo si se cree que esta profanación le traerá triunfo alguno. Si en lugar de copiar la tesis se hubiera ocupado en estudiar algo de historia habría comprobado que los traidores terminan siempre pagando sus culpas. La historia, aún con sus olvidos, guarda siempre un lugar húmedo y frío para quien hace de la venganza y de la afrenta su principal manera de vivir. Y de él dicen, los que le han tratado en distancias cortas, que destaca por su vehemencia y soberbia.

No soy político, y no se a qué conduce esta insistencia. Tampoco soy estratega, y desconozco qué obtiene este personaje profanador al que le escriben libros que, al margen de la arrogancia de su carácter, parece no ser más que un cascarón vacío, sin contenido alguno que no sea utilizar los medios que el cargo le ha puesto a su disposición y posar para la fotografía oficial con su estatura, y su imagen incluida, para que utilice tanta saña, tanta venganza y tanta matraca en provocar una situación que no va a aliviar la vida cotidiana, en absoluto, de los españoles. 

Acabo de regresar de los Estados Unidos donde he tenido ocasión de visitar el cementerio militar de Arlington. He sentido envidia sana de ver el respeto con que honran a sus héroes, mientras en mi Patria los denostan y ningunean los incapaces que no reúnen méritos suficientes para hacerse reconocer como hombres públicos. Y me pregunto ¿qué valores esgrimirá el patético personaje de Pedro Sánchez, cuando consiga su objetivo de ser presidente del Gobierno de España, en las mesas de negociación de los foros internacionales, si todo el argumento que expondrá es haber conseguido desalojar a un muerto que llevaba ya cuatro décadas de descanso?, y lo que es aún peor, presumir de borrar cuarenta años de Historia de España, que son la base de la España actual de la que él es, para desgracia nuestra, también parte.

Resulta patética la clase política añadida, y en particular, el Partido Popular y Ciudadanos con su silencio. Porque, al margen de intereses ideológicos, están la cordura y el sentido común, al menos, donde deberían estar la honradez, el honor y la autoestima; y el conocimiento de la Historia sin la cual no es posible ejercer un cargo público y me sigo preguntando si, en esos foros internacionales, cuando tienen delante a un colega para la firma de unos acuerdos, son capaces de defender a España o prefieren acomplejarse ante falsas acusaciones y falsos mitos. 


Patética resulta la incapaz vicepresidenta cuando va en viaje oficial. Y ¿cuándo va al Vaticano? ¿De dónde tanto interés por asistir a la ceremonia reciente por el nombramiento de dos cardenales? Como si no conociéramos a estas alturas la opinión que los socialistas tienen de la Iglesia, y de sus componentes, cosa que sí parece desconocer la propia Iglesia. Como si no supiéramos lo que pasó en tiempos de la Segunda República.