Tras cumplirse 75 años de la liberación de Auschwitz, la judeofobia sigue resultando abracadabrante. No sólo porque se trata del odio más arcaico, universal, insondable, recalcitrante, enfermizo, delirante y eficaz que haya existido jamás en la historia humana. Quien lo padece, raramente lo asume conscientemente. En España, derechas, izquierdas o musulmanes, lo suelen disfrazar de odio a Israel o al sionismo internacional. Desde siempre, viendo napias ganchudas y prepucios cercenados detrás de todo tipo de consuetudinarias maquinaciones. Pura y letal paranoia. El mundo es un poquito más complejo. Y el mundo de las infames conspiraciones, más.

Sentido

Tras su experiencia en Auschwitz, Viktor Frankl escribió El hombre en busca de sentido. El libro, esencialmente, ambiciona dar respuesta al interrogante de cómo influye el devenir cotidiano en un campo de concentración en el alma de un prisionero cualquiera. El desempeño exigible, en definitiva, de un hombre moral en un mundo inmoral.

¿Por qué vivimos? ¿Para qué, en definitiva? ¿Por qué no el suicidio, siguiendo el axioma de Albert Camus? Nos cerca el pesimismo, nos ciñe una difusa mezcolanza entre indolencia y resignación, nos estrecha una agudísima parálisis mental y moral. No esperamos nada de la vida, pero, como reitera continuamente Viktor Frankl en su extraordinario ensayo, la vida tal vez espere algo de nosotros. Algo, bastante o mucho.

Siempre le demandamos algo a la vida pero nunca nos detenemos a inquirirle a esa misma vida qué nos pide ella a nosotros. Dependerá de cada uno, del decente y acreditado uso de su libertad y su, ineludible, envés: la responsabilidad. Vivir, como sostiene el médico vienés, significa “asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo". Un reto, en definitiva, un insigne quehacer.

Más allá del dolor y la muerte

Incluso en Auschwitz, sobre todo ahí, o en cualquier otra fábrica de exterminio, forjamos nuestro destino. Un estilo se alza, sobrevuela, escogemos una actitud más allá de las circunstancias del entorno. En un campo de concentración, o de exterminio, seguimos siendo libres. Elegimos. Vencemos a los demonios del conformismo, la ira o la abulia. Algunos prisioneros fueron generosos, otros no. Algunos, de barracón en barracón, consolaban a los demás, proporcionándoles el exiguo trozo de pan que les restaba. Pocos en número, tal vez, pero brindaban pruebas bastantes de que al hombre se le puede quitar todo, puro despojo, excepto esta última libertad para solventar su propio deambular vital. Ineluctable destino. Esa postrera libertad, que jamás nadie podrá saquearnos, proporciona densidad, trabazón y elevación a la propia vida, le da sentido y significado, le otorga propósito y meta.

Afortunadamente mortales

Las circunstancias nos condicionan, jamás nos determinan. El hombre, en última instancia, filtrará la realidad adyacente y tomará la opción de someterse pastueñamente a las situaciones o hacerles frente. Y más allá del sufrimiento, inextirpable dato del existir humano, el ser humano escoge. Más allá del dolor, esas ruinas son, tan a menudo, las que abren las ventanas para ver el cielo. También poseemos la poderosa certeza de nuestra mortalidad. La muerte, fruslería. La muerte solo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado para vivir, nos aclara Frankl. Sin ambos, dolor y muerte, la vida se halla amputada. Sobre todo, deviene irreal. Incluso inverosímil. El dolor hace al hombre perspicaz y al mundo transparente. El dolor abre perspectivas hasta el fondo. Igual que nuestra condición mortal. Felizmente mortal, recordad odiosos transhumanistas.