Lo explica un personaje del maestro Rafael García Serrano, el protagonista de "La ventana daba al río": Nos ha dado la real gana de matarnos porque queremos vivir en paz de una vez.

La izquierda -los burgueses republicanos de Azaña, los socialistas, los cuatro comunistas que había a la sazón, los anarquistas- querían exterminar a la derecha, y sus representantes clamaban a comienzos de 1936 por la guerra civil, por la imposición del socialismo a través de las armas y por la aniquilación física del enemigo. Lo mismo que ya habían intentado -y en buena parte realizado en Asturias- con el golpe de Estado de Octubre de 1934.

Con estos precedentes que hoy no reconocerán, pero que están en las hemerotecas, a nadie extrañaba entonces que quienes no eran de izquierdas no estuvieran por la labor de dejarse acogotar y se aprestaran a la defensa.

Hoy si; hoy -cuando el paradigma de la democracia es, según nos han recordado hace sólo unos días, pintarse las manos de blanco y ofrecer la nuca- si extraña que la mitad de los españoles no se dejaran asesinar. Pero entonces los líderes socialistas clamaban por la guerra civil, que -pensaban- les facilitaría la exterminación del enemigo.

En esas circunstancias, si algo no fue el 18 de Julio fue un golpe de Estado militar. Las unidades del Ejército sublevadas -salvo La Legión, acantonada en África- no hubieran podido resistir a las que permanecieron sumisas a la República sin la enorme aportación de voluntarios. Requetés, Falangistas, civiles sin filiación política, confluyeron en masa a la llamada de las armas porque supieron ver que no había más alternativa que coger el chopo o ser asesinado. Ni Mola hubiera podido bajar a Somosierra, ni Aranda defender Oviedo, ni Moscardó el Alcázar, ni Queipo Sevilla, ni tantos otros episodios, sin la adhesión inmediata de voluntarios que superaron con creces el número de las tropas regulares.

Los dos bandos sabían que aquella política liberal segundorepublicana se había quedado pequeña, que de allí no podía salir nada útil porque estaba ahogada en sus propias heces. Unos y otros habían comprendido que no había más salida que el enfrentamiento decisivo, y miraban a los políticos de aquél sistema -Azaña, Lerroux, Gil Robles- como si fueran atracciones de una feria trasnochada, que no eran capaces de darse cuenta de que la Historia caminaba por otros derroteros. Por eso -unos y otros- decidieron matarse: para poder vivir en paz de una vez.

El 18 de Julio de 1936 fue un alzamiento de los españoles que no se resignaban, no ya a morir, sino a ser asesinados por los que ya estaban vendidos a la Unión Soviética. Algo que hoy resultará difícil de entender para las nuevas hornadas de borregos, de manos pintadas de blanco, de apolíticos satisfechos de navegar entre tópicos políticamente correctos.

Los mismos que no ven que están ahí, cada día más seguros de su triunfo, los chulánganos de dacha serrana, los cagurrines posibilistas, los tontolabas de inmaculada pureza y obediencia extranjera, los macarras y las tiorras.