Todas ellas tienen más dinero que jeta, que ya es decir. Desde la cima de sus carreras en el mundo de la farándula, en cuya cumbre cuentan dólares con la misma avaricia que el tío Gilito y justo cuando las arrugas y la celulitis, la flaccidez y el otoño biológico hacen millonarios a sus cirujanos y sordos, ciegos y mudos a sus representantes artísticos, se inventaron el Me Too para regocijo de las feministas sans-culottes y de sus palmeros de la LGTBI, que lloran como plañideras mercenarias cada vez que una estrella caduca, o a punto de caducidad, aparece gimoteando ante un rebaño de periodistas para denunciar que, allá por el siglo pasado, cuando sus atributos femeninos desafiaban a las Leyes de la Gravedad, se vio “obligadísima” a acostarse con un director, con un productor, con un guionista o con un actor ya consagrado, para conseguir el papel estelar que le llenó la cuenta corriente de ceros y el ego de vanidad.

¡Pobrecillas! ¡Cuánto sufrimiento, cuántas fatigas! para conquistar la fama (que no el prestigio, que es otra cosa) universal, las portadas de las revistas de braga y bidé de todo el mundo y que sus falsos (tan falsos como su talento) nombres artísticos apareciesen entre neones en las noches de estreno y champán de Broadway de Hollywood. Y es verdad, se vieron “obligadísimas” a pasar por el tálamo de los amos del Star-System porque su gula de fama y dinero era idéntica a la lujuria de los que tenían en sus manos los contratos, a falta sólo de incluir el nombre de la actriz estelar y de la firma. Es cierto, todas ellas, ¡pobrecitas!, se vieron “obligadísimas” a bajarse las bragas y la conciencia más allá de los tacones de aguja porque ninguna de ellas fue capaz de pronunciar un monosílabo: NO, que en aquel momento y en aquellas circunstancias, le hubiera puesto un candado a su vanidad, a su ego y a su fortuna. Por eso todas ellas dijeron SÍ mientras el director, productor, galán o guionista apropiado les enseñaba el contrato como quien le muestra una chuchería a un perrito faldero.

Y ahora, en el ocaso de sus físicos, principal valor de sus carreras, denuncian lo que se vieron “obligadísimas” a hacer para hacerse multimillonarias en el Star-System, gremio que viene funcionando así desde que Esquilo, Sófocles y Eurípides inventaron el Teatro. Gremio en el que siendo todos víctimas no hay ni un solo inocente. El penúltimo denunciado por las jetas del Me Too ha sido Plácido Domingo. Según una cantante de ópera, a la que solo conocen sus vecinos cuando canta en la ducha, el tenor español nunca la tocó un pelo, siempre fue un caballero con ella pero… la hizo sentirse incómoda. Y porque esta Castafiore de mercadillo se sintió “incómoda”, Plácido Domingo está hoy en la picota pública, pasando las de Caín, perdiendo contratos y, lo que es peor, honorabilidad. ¡Hay que joderse con las jetas del Me Too!