Estuve en el Valle de los Caídos la víspera de la profanación, el día de la infamia, viernes 11 de octubre de 2019, cuando el Gobierno de tiranos democráticos decidió clausurar el Templo a las cinco y media de la tarde y la entrada al Valle a las seis. Éramos medio centenar de patriotas los que nos congregamos ante la tumba del César, sin más ofrenda que nuestro dolor y nuestra impotencia. Qué amarga la derrota que viene de la mano de la traición. Qué triste la Devotio Ibérica en soledad. Estábamos solos. Tan solos, que ni el susurro de nuestras palabras se multiplicaba en el eco de la Basílica.

A mi lado, un anciano combatiente cuya nieta le hacía de báculo y de lazarillo, repetía ante la tumba del César como una plegaria, como una oración, como un salmo y una letanía: “el mejor hombre de España, el mejor hombre de España…”. Sin más ánimo que el de seguirle para que hallara, al menos, el pan de un mínimo consuelo en la gratitud generacional a Francisco Franco, le hice el coro a su plegaria: “Échale amargura al vino y tristeza a la guitarra, camarada nos mataron al mejor hombre de España”. Me miró. Nos abrazamos. En él reconocí a mi padre, y al llegar la hora de la infamia la Guardia Civil, fría, correcta, severa y distante, nos invitó a marcharnos.

Nos fuimos solos. Fue al salir cuando nos sentimos solos. Solo entonces cobré conciencia de que unos minutos antes del infamante cierre de la Basílica no habíamos estado solos el medio centenar de patriotas que acudimos a ofrecerle al César nuestra Devotio Ibérica, habíamos estado rodeados de héroes. Por eso nuestras palabras no reverberaban en el eco del Templo. Los mejores hombres de España las recogían una a una para hacer con ellas un rosario contra el olvido y la traición.

Después, la suciedad. El Valle de los Héroes Caídos se cerró sin que un pelotón de alabarderos hiciera nada para evitarlo. Hubo en tiempo en el que por encima de la disciplina estaba el honor, por eso la milicia era una religión de hombres de honor. Pero ese tiempo está detenido y suspendido, gravita y levita sólo en el Valle de los Caídos. Por eso lo cierran. Los relojes de España solo cronometran el tiempo de la infamia desde hace cuarenta y cuatro años.