Consumada la traición revestida de todos los oropeles democráticos y de la pompa parlamentaria que el protocolo exige para maquillar la felonía, una pírrica mayoría, socorrida por separatista hispanicidas con su táctica abstención, por los hijos del crimen y por los chaperos comunistas financiados por los narcoterroristas del Orinoco, el Congreso de los Diputados le acaba de poner la soga al cuello a España. La soga que trenzaron las urnas con la voluntad de un pueblo cuyos votos solo expresan ignorancia y desdén, incuria y cobardía. Es la misma soga que Lenin aseguraba que los burgueses le venderían muy barata para ahorcarles con ella.

Son ellos y solo ellos, los hispanicidas y los chaperos del oro del Orinoco, los que van a gobernar con un mascarón de proa al que nada le importa más que la exaltación narcisista de su ego hipertrofiado. Los arreos del poder estarán en sus manos en el Consejo de Ministros, en el Congreso, en las herrico tabernas de los bilduetarras, en los caseríos del PNV y en el sedicioso Parlamento de Cataluña con su red tentacular en Bruselas y en Estrasburgo, que es donde se amasan las trágalas judiciales que humillan a España para mayor regocijo de la beatería democrática doméstica.

No busquéis consuelo en la posible, aunque improbable, brevedad de la reencarnación del Frente Popular. No habrá tal; aunque si la hubiere, la relatividad de la dimensión tiempo de ninguna manera aliviará la capacidad de destrucción del Gobierno del ególatra socialista que ha sido investido bufón presidencial de comunistas y separatistas para lazar el cuello de España con la soga que el pueblo les trenzó en las urnas. La traición se ha consumado. Democráticamente, claro. Por eso es legal, por eso es legítima, aunque carezca de honor que, según Cicerón, es aquello que nos impide hacer ciertas cosas que la ley nos permite hacer.