El “Syllabus” del Beato Pio IX de 1868, es un catálogo de errores doctrinales que en su tiempo del XIX, venían amenazando la pureza doctrinal católica, entre los que se encontraban ya el marxismo (condenado en la Encíclica “Quanta Cura”, en 1864), y sobre todo el liberalismo y laicismo, que tratando de debilitar la doctrina universal salvífica católica, propugnaba la separación de Iglesia y Estado.

De esta forma se evaporaría poco a poco la influencia de la revelación divina en la sociedad y acabaríamos en un Estado laico y en ateísmo práctico, donde el derrumbe de la verdadera moral divino-positiva del Decálogo, dejaría de ser la norma universal de código imperativo. ¿Consecuencia…? Atentar contra el Reinado de Cristo Rey, vulnerando, arrinconado y sustituido por el reino de las tinieblas satánico, el eterno opositor al Dios verdadero.

Esta es, queridos católicos, la eterna lucha con espadas en alto desde que Lucifer proclamó el odio contra la obediencia a su Creador. Todas las revoluciones, engaños, falacias filosóficas o teológicas, parten de estas dos ciudades: la ciudad de Dios o la ciudad del Mundo, que diría San Agustín.

 Pio XI, en su Encíclica “Quas primas”, en 1925, instituyó la Fiesta de Cristo Rey, para proclamar la Realeza de Cristo sobre todo lo creado (instaurarlo todo en Cristo) y sobre todas las instituciones humanas que han de conducirnos al último fin sobrenatural y trascendente a lo eterno.

La llave maestra de Satanás ha sido, entre otras intenciones, la de separar Iglesia de Estado para que así las leyes civiles no se inspiren en las leyes reveladas divinas y en ese divorcio antinatural e irracional, permitir leyes atentatorias contra la justicia natural, destruyendo el orden divino, sapientísimo y ajustado a los medios que el humano (su criatura cumbre de toda la creación en este mundo), ha de usar en orden a su santificación y realización personal en cuanto individuo racional y libre para su felicidad en este mundo y la de su último fin eterno.

Dinamitar desde dentro ese sapientísimo orden divino, es la explicación secreta, masónica, anticatólica de esa ley absurda, camuflada en falsas libertades, de las separaciones de Iglesia y Estados, reduciendo así la Verdad única de justicia objetiva, progreso integral, humanismo verdadero y salvación eterna, a una secta más como pensamiento subjetivo de cada quien, desintegrador de orientaciones seguras, relativizador de toda realidad, incluso las evidentes, y acarreando la multiplicación de credos, pareceres y posicionamientos que se volatizan en un falso derecho a la libre opinión, como si esa opinión crease o destruyese la realidad objetiva a la que hemos de plegarnos.

De ahí la proliferación de partidos políticos, de sectas, de aberraciones morales, de mentiras en las que se ahoga el mundo sobre las trampas legales en leyes convencionales, a capricho de gobernantes irresponsables, pero no siempre morales.

No todo lo legal es moral. No todo lo permitido es justo. No todo lo que acabase por ser corriente es normal, ni todo lo que es moda es admisible.

Esta separación de Iglesias y Estados ha venido a raíz del Vaticano II. ¡Cómo se nota que el zorro masónico está dentro en el gallinero del Vaticano!

El mal ajeno no justifica el propio, y por eso, cada quien ha de rendir cuentas a su justo Juez por sí mismo y no por los demás. No caigamos en el “mal de muchos, consuelo de tontos”. Toda declaración, actitud, conducta o creencia desajustada de la Verdad revelada, es combatible, venga de quien venga. El cargo civil o eclesiástico, está sometido a esa norma absoluta que está sobre todas nuestras cabezas. De ahí la condenación del “Syllabus” de la separación de Iglesia y Estado. Entendámoslo.