Con el advenimiento del Gobierno socialista-comunista-separatista, innumerables personas se han preguntado: «¿cómo hemos podido llegar a esto?» De ahí que sea necesaria una visión panorámica acerca de la realidad española en toda su extensión: política, social, religiosa, educativa y cultural. Si no se realiza un diagnóstico minucioso no cabe poder encontrar un remedio adecuado al verdadero cáncer intelectual y moral que corroe las entrañas de nuestra sociedad y que está descomponiendo la persona, la familia y la nación. Efectuado dicho estudio se comprueba, en definitiva, que todos los males se reducen a uno en su origen y que el resto de las infecciones no dejan de ser diversas manifestaciones o mutaciones con una misma raíz común. Recomendamos una breve bibliografía actualizada sobre cada cuestión, tan brevemente resumida, para que el lector pueda profundizar en aquellos puntos que considere más oportunos.

  1. El lento suicidio demográfico y las oleadas de inmigración ilegal

España posee una sociedad estéril empeñada en no tener hijos por todos los medios posibles y en rápido camino de envejecimiento. Desde 2017 el número de habitantes no ha dejado de retroceder cada año, una tendencia que ni tan siquiera los nacimientos de hijos de inmigrantes son capaces de revertir. El proceso de urbanización, es decir, la concentración cada vez mayor en grandes núcleos de población impide percatarse de esta incómoda realidad. España alberga más cementerios que paritorios y más residencias para la tercera edad que colegios; mientras decae el consumo de pañales para bebés aumentan los utilizados para ancianos. En la provincia de Madrid, la que más crece demográficamente de todo el país, ya es mayor el número de perros registrados que el de niños. La mentalidad española es antinatalista; las causas próximas y remotas, de diversa índole, que la han originado las analizaremos en un próximo artículo. España se ha convertido en una sociedad decrépita, con la tasa de natalidad más baja de Europa y sumando ya 40 años por debajo de la tasa de reposición demográfica (2,2 hijos por matrimonio).

Además, el país contempla con impasividad suicida o bovina la organización metódica de su propio aniquilamiento como nación cultural y, por extensión religiosa, con la llegada indiscriminada de inmigrantes musulmanes que son inasimilables por ser totalmente incompatibles con la cultura occidental. Así se cumple inexorablemente la sentencia de Will Durant: «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro».

Lecturas recomendadas: Juan Manuel de Prada, Dinero, demogresga y otros podemonios; Alejandro Macarrón Larumbe, Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo ¿A la catástrofe por la baja natalidad?, Madrid 2018; Douglas Murray, La extraña muerte de Europa. Identidad, inmigración, islam, Edaf, Madrid 2019.

  1. Politización de la justicia y servilismo de los medios de manipulación de masas

En España se administra la justicia de forma sectaria según los colores políticos, especialmente desde que en 1985 Alfonso Guerra decretara su célebre: «Montesquieu ha muerto». La separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), decretada en la obra El espíritu de las Leyes del pensador galo, era enterrada porque el Consejo General del Poder Judicial no terminaba de plegarse al ejecutivo socialista de Felipe González. Los gobiernos posteriores del Partido Popular no hicieron más que ahondar la obra del PSOE al conservarla (en eso ha consistido su misión: conservar la obra de ingeniería social, política y jurídica socialista) entrando en el perverso juego del reparto de los jueces elegidos por los partidos políticos. De este modo, la política es concebida y utilizada como un mero trampolín para el enriquecimiento personal y el medro.

Dicho en otros términos: la política como farsa, estafa y griterio. Y es que no podía conducir a otro desenlace la Constitución de 1978 al sustituir el objetivo Derecho natural por el arbitrario positivismo jurídico moderno. Es decir, la sustitución de la Justicia, que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde, por la ideología. Las naciones necesitan un contenido legal a fin de organizar el orden público, eso es el Derecho y, para que exista dicho orden hay que buscar siempre la Justicia. Por eso enseña San Agustín: «Quita el Derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de malhechores?». El Derecho natural surge de la naturaleza humana, de la exigencia de la naturaleza racional y social del hombre. La ley natural capacita para distinguir el bien del mal y así establecer un verdadero Derecho que sirva a la Justicia. Sin embargo, al establecerse la primacía de la ideología sobre el bien común, la sociedad se organiza alrededor de la dictadura del relativismo, del individualismo nihilista, es decir, de la nada. Siguiendo a Aristóteles: «El Derecho es la determinación de lo que es justo, no la protección de la casuística de las opiniones».  

En España se miente con un descaro y cinismo sin límite desde las más altas instancias del poder gracias a los medios de adoctrinamiento de masas que se encuentran lacayunamente a su servicio. Como bien apuntara Hilaire Belloc: «En una dictadura, el Estado es el dueño de los medios de comunicación, pero en una democracia, el dueño de los medios de comunicación es el dueño del Estado». Medios al servicio del marxismo cultural que han producido un cambio de mentalidad derivando hacia una democracia sentimental en lo político y a una sociedad líquida en lo moral. Medios entregados a la izquierda desde el inicio del actual régimen político y que comparten responsabilidad con el Partido Popular (que a fuerza de eludir la batalla por las ideas ha terminado por no tener ninguna más que la economía), en el envilecimiento moral de la sociedad española y en su degradación cultural.

Lecturas recomendadas: Pío Moa, La democracia ahogada, Áltera, Barcelona, 2009; Luis Díez del Corral, El rapto de Europa. Una interpretación histórica de nuestro tiempo, Encuentro, Madrid 2018; Javier Barraycoa, Sobre el poder, Homolegens, Madrid 2019.

  1. Visión negativa de la historia española, desprecio de su cultura y tradiciones

La historia es lo que hace fuerte a un pueblo, sin embargo, en España se abomina del profundo significado de su historia y tradiciones, se las ridiculiza o ignora porque poseen unas innegables raíces católicas. Los españoles se avergüenzan de la fe que nos conformó como nación, del genuino espíritu español que se asienta en el catolicismo y el derecho romano, la familia y la tradición. Se trata de la hispanofobia, es decir, la leyenda negra protestante y, por extensión antiespañola al ser anticatólica. La cual se haya profundamente asimilada en la cultura popular después de décadas de arrancar sistemáticamente de las mentes de las personas los conceptos antropológicos de Dios (sentido trascendente de la vida), patria (sentido de pertenencia histórica y cultural a un pueblo) y familia (célula básica y natural de la vida humana). Estas profundas verdades humanas han sido sustituidas por la pócima mágica de la ideología que aspira al igualitarismo de cara a gobernar a una sociedad deshumanizada y reducida a una masa cretinizada adicta al consumismo, esclavizada por las redes sociales y empujada a la evasión por medio del ocio y los placeres sexuales más enfermizos.

El Partido Popular olvidó deliberadamente la reivindicación de la historia española para que no se le tildara de fascista, mientras que la izquierda y los separatistas falsificaban sistemáticamente el pasado para su beneficio político. De esta forma se ha llegado a que en España se llame fascista a quien se enorgullece de la bandera nacional y se desconozca su propia historia que le ha sido ocultada y tergiversada sistemáticamente desde hace décadas con el riesgo, cada vez más evidente, de repetir lo peor de ella. Lo confirma la reedición del Frente Popular revolucionario de 1936 que ha llegado al poder y que aspira a un cambio de régimen para volver a su tan añorado paraíso de la Segunda República y a la desmembración y destrucción de la nación histórica más antigua de Europa: España.

El actual panorama cultural español, patrimonializado por la izquierda subvencionada, transmite una impresión de banalidad sin límites, toscamente ideologizada y colonizada o satelizada por lo peor de la anglosajona. Así, con pretensiones bilingües, se impone el inglés desplazando al español, como la lengua superior de la ciencia, la economía, las artes o el pensamiento. De ahí que advirtiera Menéndez Pelayo: «Un pueblo joven puede improvisarlo todo menos su cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia próxima a la imbecilidad senil» .

Lecturas recomendadas: Mª Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra, Siruela, Madrid 2016; Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados hasta nuestros días, Espasa, Madrid 2019; María Lara-Laura Lara, Breviario de Historia de España, Edaf, Madrid 2019.