Se acaba de estrenar en los cines de toda España Untouchable. Cinematográficamente mediocre, narrativamente poco amena, estéticamente tosca y predecible, el artefacto de Ursula Macfarlane, retrata ramplonamente el cénit y derrumbe del magnate del cine independiente, Harvey Weinstein. El film es un tosco pretexto para  endilgarnos una cruzada inquisitorial de varios lustros de historia. Sobre todo de histeria. De masas. Paranoia de género, seamos exactos, fino bisturí semántico. Se trata, claro está, del #metoo.

 Hombre, por ser hombre, culpable

El final del film de Macfarlane es explícito. Weintein, contigo comenzó todo. El liberticida, totalitario y supremacista fenómeno #metoosirve tanto para una violación como para una proposición no correspondida. Sobre el movimiento #metoo se han determinado dos pseudoverdades, postverdades o fascinantes falacias. Una, las mujeres son siempre víctimas. Dos, las mujeres nunca mienten. Una violación es un crimen, desde luego, pero el ligue porfiado o desventurado no es un delito, ni la galantería es una acometida machista. Cualquier mujer razonable se halla suficientemente persuadida de que la pulsión sexual, sobre todo la masculina, es arriscada y bárbara por naturaleza. Pero las fronteras devienen quebradizas. Nos hallamos ante un trastornado cajón de sastre. Una aciaga e inquietante caza de brujas. Brutalísimos procesos de linchamiento. Cualquier acercamiento a una mujer puede ser estimado como acoso. Las neopuritanas jaurías feminazis/femibolches decretan la interdicción, fiera y absoluta del cortejo, el requiebro, la saludable exhibición corporal, el sicalíptico solaz verbal y el coito heterosexual fecundante (también del que no lo es). El feminismo de Estado, generosamente regado de pasta por el Leviatán, la UE y la gran patronal, representa la pieza fundamental de un lóbrego rompecabezas que ha generado una situación de horror social extendidísimo,  devenida la sociedad en rebaño pastueño y sumiso, acobardado y tristemente resignado que marcha en sombrío mutismo hacia su ocaso. Crepúsculo no sólo cultural y lingüístico, como promueven estas inquisidoras, sino también étnico: el racismo antiblanco institucional anhela destruirnos como etnias, desaparecidos nuestros genes para siempre. Demolidos hombres y patrias, avanzado el tiempo, transhumanismo mediante, fluiremos finalmente de la postrimería a la extinción final de la especie humana.

La categoría “hombre”, preferentemente blanco y heterosexual, arrostra una culpa ontológica. De dimensiones casi teológicas. Cualquier denuncia es prácticamente una condena. Revolotean calumnias, injurias, medias verdades. Se pretende criminalizar el brío masculino para hacer vivir al hombre en un estado de incertidumbre y sometido a coacción, más o menos sutil, perpetua. La presunción de inocencia, triturada. La igualdad ante la ley, abolida. La tutela judicial, por el barro. En vez de ser el denunciante quien deba demostrar la culpa del denunciado, es éste quien debía probar su inocencia, lo cual es, obviamente, imposible. La inversión de la carga de la prueba. La justicia, definitivamente esfumada. El coito heterosexual va camino de ser una violación per se. El asunto es complejo, pero se prefiero disparar y luego preguntar. No hay redención para alguien que haya sido falsamente acusado. La vida y la carrera han concluido. Se decreta la muerte civil. Plácido Domingo, Woody Allen, Kevin Spacey, Morgan Freeman.  Una bestial y fastuosa persecución que la feminizada y antimasculina sociedad occidental (especialmente Yanquilandia) ha pergeñado contra el varón.

Sexo y poder, asombroso asunto

La misma relación entre poder y favores y mercedes es la que existe, o pudiese existir, entre un concejal de urbanismo y un promotor inmobiliario. O entre un profesor universitario y su alumna. En el cine ocurre exactamente lo mismo, ese estrechísimo vínculo entre el sexo y el poder. Su poroso tapiz. Su vidriosa textura. Su esponjoso tejido. Este nuevo feminismo neopuritano se halla impregnado hasta el tuétano de un hondísimo odio hacia los hombres y la sexualidad preferentemente fecundante. Hay multitud de actrices que van provocando a los productores para conseguir un papel. Nada nuevo bajo el sol,  Eclesiastés dixit. Algunas sin talento aparente, consiguieron fortalecer sus carreras gracias a conjeturados favores sexuales. También es cierto que apenas nunca elucubramos acerca de cuántas de ellas, quizás incluso con formidable capacidad, perdieron su oportunidad por negarse a satisfacer la avidez de unos depredadores a quienes el mando acopiado no hizo sino normalizar sus apetitos eróticos. Pagan justas por pecadoras. Pero en este asunto prevalece la maldad de tantas. Muchas recuperan súbitamente la memoria y dicen que sufrieron acoso. Se trata, en la gran mayoría de los casos, de denuncias ridículas, hipócritas, sin interés, fruto del resentimiento o de la venganza. O de otra manera de adquirir notoriedad. Con el dolorosa agravante de que metamorfosean en susceptible de delito lo que no son más que coitos de pésima calidad, banalizando por ende la gravedad de una violación.

Esperando un juicio justo: la única conclusión a la que se llega tras concluir el patético film de Macfarlane. En fin.