La piara separatista, sin correa y sin bozal, llena de excrementos y fuego, de babas y de odio, las calles de Barcelona, la capital de los ladrones, la madriguera de todos los animales antropomorfos lobotomizados por cuatro décadas de forraje independentista. Son la chusma que antes remaba en galeras y que hoy, sin grilletes en las patas, boga en las sentinas de la hispanofobia a cambio de un chusco de pan y de una escudilla de sopa boba en algún chiringuito o chiribitil de la Generalitat.

Sus pastores les han abierto los corrales para que en manada violen a España en las calles y en las plazas, en las avenidas y en las ramblas de Cataluña. Gruñen como los cerdos en San Martín, y hozan las ciudades como los gorrinos en libertad porque sus líderes han sido castigados sin postre por un tribunal supremamente cobarde, cuyos magistrados, al ser togados para tan alta vileza, pierden hasta la memoria socrática de lo que es justo.

Les han abierto los corrales y les han dado pase pernocta para la furia y para desatar el terror en masa mientras unos mozos disfrazados de policías, de vez en cuando, poco y flojito les arrean en las ancas cuando desbordan las talanqueras de la barbarie autorizada, consentida y auspiciada por los hampones separatistas de la comuna de Barcelona. Nerón-Torra toca la lira desde las almenas de la Generalitat mientras la Ciudad Condal arde y tiembla. Cuando no queden más que rescoldos y cenizas, Nerón-Torra, al igual que hizo su predecesor, el hijo de Agripina, echándole la culpa a los cristianos, culpará a los españoles de la devastación de Cataluña, y su piara de separatistas le creerá, porque en esa trágala para acémilas les va el chusco de pan y la sopa boba.

El Nerón de la estirpe de los claudios incendió Roma, se follaba a su madre y acabó asesinándola. Nerón-Torra incendia Barcelona, viola a su madre todos los días e intenta asesinarla a todas horas. De momento España no ha acabado como Agripina, aunque sus pretorianos duerman el sueño de los pusilánimes.