Las podemitas (me ciño al género hemipléjico de la zarina de Galapagar) se han puesto histéricas por una reflexión de Hermann Tertsch en Twitter en la que, el eurodiputado de VOX, enfatizaba lo obvio: la misión que la Constitución encomienda a los Ejércitos de España para salvaguardar la integridad de la unidad territorial de la Patria. Solo por eso se han puesto todas las podemitas más histéricas que las hijas de Bernarda Alba cuando, tras la reja y la celosía, presentían los pasos de un jinete y la canción de sus espuelas. ¡Ay qué ver que furor! el de las podemitas de sexo a elegir cuando tras una invocación democrática presienten a la cabra de la Legión… y a la Escuadra de Gastadores que va detrás.

Sosegaos podemitas, estad tranquilas y seguid paladeando vuestro sueño, que es nuestra pesadilla, porque Hermann Tertsch no es el centurión de la Segunda Cohorte de la Legión Augusta, ni su twitt es la epístola que el legionario golpista le envía a su primo Tertulius, de Roma. Para que no os pongáis de ansiolíticos hasta la bisexual coleta que os adorna a todas y vuestro sueño, que es nuestra pesadilla, siga siendo tan plácido como el de los cachorros de la zarina de Galapagar, os transcribo la carta del centurión Flavinius:

“Querido primo Tertulius:

Nos habían dicho, al abandonar la tierra madre, que partíamos para defender los derechos sagrados de tantos ciudadanos allá lejos asentados, de tantos años de presencia y de tantos beneficios a pueblos que necesitan nuestra ayuda y nuestra civilización.

Hemos podido comprobar que todo era verdad y, porque lo era, no vacilamos en derramar el tributo de nuestra sangre, el sacrificar nuestra juventud y nuestras esperanzas. No, no nos quejamos; pero mientras aquí estamos animados por este estado de espíritu, me dicen que en Roma se cuecen conjuras y maquinaciones, que florece la traición y que muchos, cansados y conturbados, prestan complacientes oídos a las más bajas tentaciones de abandono, vilipendiando así nuestra acción.

No puedo creer que todo esto sea verdad y, sin embargo, las guerras recientes han demostrado hasta qué punto puede ser perniciosa tal situación y hasta dónde puede conducir.

Te lo ruego. Tranquilízame lo más rápidamente posible y dime que nuestros conciudadanos nos comprenden, nos sostienen y nos protegen como nosotros sostenemos la grandeza del Imperio.

Si ha de ser de otro modo, si tenemos que dejar, vanamente, nuestros huesos calcinados por las sendas del desierto, entonces: ¡Cuidado con la ira de las legiones!”

No os pongáis histéricas, podemitas. Leed despacio y aplacad vuestro furor. Y cuando presintáis pasos de jinete y la canción de sus espuelas, corred a la reja y a la celosía, veréis que no es Marco Flavinius. En el Ejército español, democrático y constitucional, ya no hay centuriones como él, ni cohortes como la Segunda de la Legión Augusta. Sus huesos se calcinaron en los desiertos de África, y su César duerme invicto en Mingorrubio.