Pocas veces se ha vivido en España un Día de la Hispanidad más triste, más desangelado, con esa frialdad de alma que provoca en las buenas gentes la intuición de que una tragedia colectiva puede volver a ocurrir. Hasta la enseña nacional, que bajaba del cielo durante el desfile en manos de un experimentado paracaidista, como si fuera una metáfora de nuestro oscurísimo futuro común, vino a enrredarse en una vulgar farola del paseo de la Castellana. Una verdadera alegoría del desastre.
 
Una justicia independiente y unas fuerzas armadas comprometidas con la sagrada unidad nacional son las dos últimas ratios de un Estado de Derecho. Sin tribunales independientes y sin una milicia que sea consciente de su papel en la defensa del Bien Común, no podemos hablar, en puridad, de un Estado de Derecho, sino de un estado pre-revolucionario. De un escenario similar, calcado, al que a mediados de los años treinta desembocó en esa herida del alma nacional por la que todavía seguimos supurando como pueblo. Incapaces de evitar que el pasado se junte con el presente para volver a empujarnos al desastre.
 
La sentencia del Tribunal Supremo sobre el golpe de Estado separatista en Cataluña, que previsiblemente mañana se hará pública, pero que ya ha sido filtrada a casi todos los MCS, es un auténtico y verdadero escándalo. Es de las cosas más graves, más verdaderamente vergonzosas, que le han ocurrido a esta nación milenaria. Es una sentencia que, de facto, hace que la unidad nacional, e incluso la Constitución, sean tan maleables, tan vulnerables, tan insignificantes como son, por cierto, los derechos y libertades de los españoles hoy en día.
 
Para los siete magistrados del Tribunal Supremo (se supone que la flor y nata de las puñetas españolas), lo que ocurrió en Cataluña hace dos años no fue un atentado contra el orden constitucional. ¿Hay alguien que pueda entender y aceptar semejante disparate?. ¿qué fue el pleno del Parlamento catalán aprobando la declaración de independencia de Cataluña, sino un evidente atentado contra la Constitución?, es más, ¿qué son los continuos desacatos, la continua desobediencia, el desafío permanente de los golpistas a los más altos tribunales, sino un ataque contra el orden constitucional? ¿Cómo puede condenarse por sedición, es decir, un simple ataque al orden público, lo que no es sino una operación política planificada y perfectamente organizada para intentar quebrar la orden constitucional para lograr la independencia de Cataluña? Parece que las decenas de testigos, de pruebas practicadas y de documentos incautados a los culpables no han servido para convencer a estos siete jueces de lo que el pueblo español tiene claro desde hace dos años.
 
Pero por si fuera poco con esto, la sentencia por el golpe de Estado separatista coincide con esa otra operación, lúgubre y macabra, por la que ese mismo tribunal permite la profanación de los restos mortales de un Jefe de Estado, por primera vez en la Historia, cerrando después el Gobierno la basílica del Valle de los Caídos incluso al culto religioso, e impidiendo a los fieles que ayer estuvieron en Cuelgamuros asistir a la santa misa. Reavivando rencores, resucitando odios, sacando lo peor de las buenas gentes, empujándonos otra vez, como antes les decía, a una espiral de iniquidad que es incompatible con una nación próspera. Aquí sólo entendemos de odios y de venganza.
 
Es absolutamente inevitable que en las mentes de miles de españoles exista hoy la sospecha de que el Tribunal Supremo se ha plegado a los intereses del Gobierno. Se nos repite como un mantra incontestable que la Justicia es independiente, pero de hecho son los partidos los que mangonean y meten sus manos en la selección de los magistrados, y ellos mismos se agrupan en corrientes progresistas y conservadoras, dejando su necesaria independencia en agua de borrajas. Cuando llega el momento de dictar sentencias, invariablemente éstas terminan favoreciendo siempre al poder ejecutivo y a sus amigos o socios de conveniencia.
 
La sentencia sobre Cataluña y la que permite la profanación de los restos de Franco son dos verdaderas puñaladas en el alma nacional, dos decisiones que sólo el tiempo y la historia sabrán valorar como merecen. Esta clase política nefasta y estos tribunales mangoneados por ella están llevando a España a un callejón sin salida. Ayer, las frías y oscuras paredes de la basílica del Valle de los Caídos, abandonadas a su suerte, fueron la más exacta alegoría de un futuro incierto que huele a drama desde lejos. Primero nos robaron la Patria, después la esperanza y terminarán por quitarnos la paz.