El reciente fallecimiento del ilustre catedrático y abogado don José Bermejo Vera, profesor, compañero, amigo y Maestro, me animan a poner negro sobre blanco mis recuerdos, fruto de 45 años, exactos, de conocimiento mutuo.

Para mí, y creo que para muchos, su fallecimiento supone también la muerte de esa Universidad Pública que nos ha dejado a la intemperie, con unos niveles académicos en franco descenso, y teniendo que competir con las Universidades Privadas, una buena parte de las cuales se dedican a la “venta” de títulos universitarios, previa pago de unas tasas académicas realmente excesivas, y ayunas de labor investigadora, salvo alguna rara excepción.

Supone también la constatación de que los señores de “Bolonia” nos la metieron doblada, pues ni un médico es lo mismo que un enfermero, ni un arquitecto puede ser idéntico a un aparejador, por mucho que ahora se llamen arquitectos técnicos, ni un ingeniero superior es similar a un ingeniero técnico, y ahora graduado en ingeniería…

Bolonia ha supuesto, en mi modesta opinión, la total y definitiva integración en la universidad de cualquier clase de estudios, que en otros muchos países son una formación profesional de tercer grado, las denominadas “carreras terciarias”, y la transformación de las facultades en escuelas universitarias, en lugar de al revés.

Que un profesor pueda dar hasta 3 puntos por asistencia a clases, realización de trabajos, normalmente plagiados de aquí y de allá, o incluso “heredados” de promociones anteriores, de forma que solo con un 2 de conocimientos, pueda superarse una asignatura, me parece todo lo legal que quieran, pero una auténtica aberración jurídica y social.

¡Compadezco a los futuros clientes de esos abogados, médicos, etc., y me compadezco a mí mismo, en la parte que me toque, fundamentalmente la médica!

Hemos pasado del “ya les suspenderá la vida”, normalmente propio de profesores giliprogres de salón, y burgueses en la intimidad familiar, al aprobado por obligación…

Qué será lo siguiente, ¿establecer “el derecho” de todo alumno matriculado –y digo matriculado, no estudiante, que es otra cosa-, a obtener un título como acreditación de su paso por la universidad…?

Debería crearse, ex novo, un título específico, que justificara esos años perdidos, y ese derroche de dinero de los padres de los “niños”, y del propio Estado, es decir de todos, manteniendo unas universidades que en buena parte deberían cerrarse.

Tal vez podría darse un título genérico, con independencia de la facultad, por aquello de abaratar costes, y visto que muchos alumnos pasan por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos, de “graduado en tontología”, o “graduado en asuntos generales”, para que no parezca algo ofensivo, o incluso “graduado en política”, hoy en día que cualquier imbécil puede llegar a presidente del gobierno…

Es algo que habría que estudiar, como también la posibilidad de canjear créditos por notas de caja de las cafeterías universitarias, de forma que tras haber hecho diversas consumiciones, incluidas comidas, en los recintos universitarios, ello sirviera para acreditar unos conocimientos mínimos, que se supone se transmiten por el aire, los olores, la cercanía de profesores sobresalientes como el finado, etc.

Bromas parte, lo cierto es que don José Bermejo no regalaba nada a nadie, y su labor docente era exigente con los alumnos, como lo era consigo mismo.

En 1974 fui alumno suyo en primer curso de Graduado Social, en la antigua Escuela Social de Zaragoza, de dónde era profesor titular de la cátedra de “Organización Política y Administrativa del Estado Español”, que así se llamaba la asignatura, y que era un remedo de Derecho Constitucional y Derecho Administrativo.

Obtuve un sobresaliente, junto con dos compañeros más, pero para poder conseguir una matrícula de honor nos emplazó verbalmente a los tres unos días después, a las once de la mañana, a un examen oral, en el Seminario de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho.

Y allí acudí, completamente acojonado –tenía 18 años, recién cumplidos-, y tas una conversación previa, supongo que destinada a que me relajara, y perdiera los nervios, me hizo numerosas preguntas, que debí de contestar bien, pues obtuve la ansiada matricula.

¡Pero no me regaló nada, faltaría más!

Posteriormente, a los 35 años, me matriculé en Derecho, y tuve la gran suerte de volver a ser su alumno, si bien es cierto que en esos momentos estaba con dedicación reducida, pues ejercía la Abogacía, lo que hizo que no diera él todas las clases…

Hice el examen correspondiente, y obtuve un simple aprobado, en mi opinión menos de lo que merecía, pero publicó un listado de alumnos que podíamos realizar un segundo examen para subir nota, como así hice, consiguiente un Notable.

  Lo mismo sucedió en cuarto curso. (En aquella época se estudiaba Derecho Administrativo en dos cursos anuales, no como ahora, que todo son rebajas. Rebajas rebajadas).

Excuso decirles que al matricularnos nos entregaban unas guías de la facultad, dónde aparecía el número de alumnos matriculados en las 25 asignaturas, y aunque cada promoción era de unos 600, más o menos, divididos en cuatro grupos, en Administrativo había más de dos mil quinientos estudiantes matriculados, lo que acreditaba la dureza de la asignatura…

Posteriormente volví a ser alumno suyo, en el Postgrado de Derecho Local de Aragón, pues vino a Teruel a impartir unas clases… Nos saludamos cordialmente, e hizo un comentario elogioso hacia mí, delante de todos los compañeros, que me hizo sonrojar como un adolescente, diciendo que le gustaba mucho ver como personas que ya sabían bastante, siguieran estudiando, o algo así.

Su clase, como todas las suyas, fue magistral, y eso a pesar de que eran varias horas seguidas, había tenido que desplazarse desde Zaragoza por aquellas carreteras tercermundistas –entonces no había todavía autovía-, etc.

En definitiva, y para no ser excesivamente pesado, pues la capacidad lectora de la gente no supera las mil palabras, por término general, don José Bermejo Vera era un gran profesor, muy exigente con los alumnos, pero cuya exigencia empezaba consigo mismo.

 Además era cercano, humano, le gustaba que le hiciéramos preguntas, a veces delicadas, contaba muchas anécdotas, de forma que sus clases eran muy amenas e instructivas, aunque por desgracia había gente que se quedaba con la anécdota, y no con la categoría…

Profesor Bermejo, te echaremos en falta, pues representabas y representas, por desgracia para todos, una Universidad que ya ha muerto.

La Universidad del rigor, de la exigencia, de la excelencia, del “no todos valen para estudiar”, sin que ello suponga desdoro personal alguno.

Ahora nuestras universidades van camino de ser unas simples expendedurías de títulos, de la misma forma que los estancos venden tabaco o sellan las quinielas, por ejemplo.

Descansa en paz, José, y espero que Aragón sepa reconocer tus grandes méritos en la defensa de lo público, de la enseñanza universitaria, de la organización y “civilización” del mundo del deporte, y tantas y tantas cosas más.