En 1943, derrocado Mussolini, varios militares y monárquicos habían conspirado para echar a la Falange e imponer a don Juan de Borbón, y doce generales habían pedido el retiro de Franco, pero éste había convencido a los militares de que la hora de la monarquía no había llegado todavía.

Su instinto profético de lo que podía pasar de ceder a instancias del extranjero, salvó el régimen venido de la Cruzada y la tentación de sacrificar a la Falange como chivo expiatorio, para congraciarse con la ONU, Franco la rechazó con sarcasmo, porque se repetiría la experiencia republicana.

Y cuando en diciembre del 46 la ONU preparaba el inminente castigo para España aislándola internacionalmente, una vasta concentración de repudio llenó la Plaza de Oriente el día 9, acompañada por Gregorio Marañón y el premio Nobel, Jacinto Benavente.

La sabia intuición de Franco se reafirmó diciendo: “Las naciones se guían por su propio interés y no por sentimentalismo; pesan las realidades y no las ficciones… Las naciones son hoy amigas y mañana enemigas. La mejor defensa de España descansa en su unión y fortaleza moral, del valor de sus hombres ante el peligro”.

Frente a la conveniencia de una invasión de España para deponer al testarudo Caudillo, propuesta por don Juan en “La Prensa” de Buenos Aires, Franco le telegrafió: “España no está dispuesta a consentir que con motivo de la gran contienda mundial, puedan desvirtuarse los frutos de nuestra victoria cruzada, y defenderá nuestra soberanía hasta el último hombre”. Y en carta dura le dice: “Si el 18 de Julio, apenas sin medios, preferimos tantos españoles lanzarnos a la muerte para defender la Patria, imaginaos lo que haríamos hoy para impedir que por ambiciones personales o intrigas extranjeras, se intentara poner en peligro lo que tanto ha costado”.

Estalinistas y demócratas compartían la idea de que el franquismo amenazaba a la paz de Europa y para instaurar al Conde de Barcelona (Don Juan), le exigían una declaración pública condenando el régimen de Franco…

Ante los peligros de invasión de España por los aliados o los estalinistas tras la Segunda Guerra Mundial, la fortaleza, la prudencia y la experiencia providencial de Franco supo burlar las amenazas exteriores, recordando las traiciones a que podía verse condenado, como las de Alfonso XIII a Primo de Rivera, que le costó el reinado y los vencedores pronto se subieron al carro del poder, como “los republicanos de toda la vida”.

Franco dijo que no podía repetirse el error y rechazó por entonces una monarquía traicionera por liberal, parlamentaria y anticatólica.

Como después ocurrió con el perjurio; no con las armas.

El Falangismo tiene hoy más que nunca la solución a los problemas españoles que han derivado en una anarquía práctica. En vergonzosa decadencia moral que conduce al relativismo doctrinal, que genera la multiplicación de partidos políticos, discusiones infructuosas, pactos y coaliciones de hoy para mañana, luchas sordas por el poder, que no por la autoridad ni por el bien común, ocasionando una dictadura del parasitismo, en la multiplicación de despilfarros innecesarios y corrupciones contradictorias con las utópicas teorías democráticas de luz y taquígrafos, igualdad ante la ley, ausencia de privilegios y libertades sin cuento, etc.

¿Dónde está el democrático paraíso prometido…?

¡Qué razón tuvo José Antonio atacando la lucha de clases comunista y la lucha de partidos democráticos!

Donde hay partidos hay divisiones internas, egoísmos particulares, protagonismos chulescos y disgregación de fuerzas, depauperando la cohesión interna y las economías, convirtiendo en negocio la política, que aburre ante la quiniela diaria del reparto de votos, como producto de consumo o intercambio de cromos.

El Falangismo demuestra cada día más su vigencia irrefutable. ¿Por qué se le oculta cobardemente…?