Poco antes del inicio de La Guerra de Secesión, allá por el año 1860, Abraham Lincoln aseguró su candidatura republicana sin el apoyo de los estados sureños. El antiesclavismo del que se declaró partidario en 1858, como momentánea artimaña frente a los enemigos demócratas, representados por Douglas en las elecciones del sesenta y uno, no le sirvió para ser senador, pero más tarde le hizo presidente y cuatro años después, le llevó a la tumba. Seguramente a John Wilkes Booth y a su Derringer, no le gustaban los negros o los homosexuales, alguna de las dos cosas. ¡Y Lincoln no era negro!
 
Esta introducción sirve para hablar del carácter estadounidense como una característica que en conjunto con otros elementos, hizo estallar una guerra civil en la que murieron cerca de un millón de personas. Los Estados Unidos pasaban por las dos décadas de mayor crecimiento poblacional de la historia, a excepción del auge de finales del XVIII, principios del XIX, donde pasaron de tres a veinte millones. ¿Tendría algo que ver?
 
La Guerra de Secesión o Guerra Civil estadounidense, empezó un mes después de que Lincoln fuera nombrado Presidente de Los Estados Unidos de América. Y el motivo sobre el que se han podido escribir miles de libros y desarrollar muchas teorías, solo fue uno. Abolir la esclavitud suponía que el patrón tenía que pagar un salario por día y trabajador, algo impensable en ese momento. Si pensamos en que en 1858 se contaban por casi cinco, los millones de esclavos que configuraban la clase obrera con cero dólares por contrapartida, es de suponer que muchos de los empresarios y terratenientes del momento pasarían apuros y otros verían arruinados sus negocios.
 
Traslademos el problema al momento histórico actual en el que vivimos y supongamos que los chinos son los involucionados republicanos de aquel momento y que se tienen que enfrentar al Tea Party actual, que tanto o todo tiene que ver con Donald Trump. Y así tendríamos a los chinos perdiendo otra vez, ya que aquellos empresarios dueños de plantaciones de algodón, en los que los esclavos gambianos se dejaban la vida de sol a sol, son los mismos que los que ahora hacen dinero en Abbot, Oracle, Chevron, Appel, etc. Y como dice mi amigo Antonio, experto en historia bélica, a ninguno de ellos les importaría apretar un botón y arriesgar el orden mundial por el mero hecho de ver amenazado el menor de sus privilegios.
 
La conclusión de todo esto y volviendo a la idea primigenia, es que creo  estamos muy lejos de que le tierra en que vivimos se configure como un mundo apocalíptico posterior a la madre de todas las explosiones nucleares. Ahora bien y para no contribuir al decadente negocio del comercio de bunkers, quiero manifestar un poquito de miedo en uno de los casos que se podrían llegar a dar en un futuro y que pasa por una alianza chino-rusa-coreana como la única oportunidad de en todo caso, repeler durante diez minutos un ataque ordenado desde Langley. ¡Los diez minutos del botón!
 
Y pensar que cuando éramos muy pequeños, nos metíamos en sus barrios y en la mismísima base, les quitábamos las bicicletas, los patinetes, el dinero, la ropa y de paso los poníamos hasta arriba de hostias, después de tocar las tetas a sus hermanas, Sandy y Sharon entre otras. ¡Cómo cambia el cuento!