Domingo, 22 de junio de 1986. A las 20 horas cerraban los colegios electorales, en cuyas urnas casi treinta millones de españoles estaban llamados a depositar su voto para elegir a los diputados y senadores de la tercera legislatura postconstitucional: finalmente, el PSOE consiguió 184 escaños y revalidaba la mayoría absoluta lograda en 1982. Cerca de las 3 de la madrugada del ya 23 de junio, y a muchos kilómetros de distancia, se producía una imagen que marcaría a toda una generación de aficionados al fútbol: Eloy Olaya fallaba un penalti, lo que a la postre le costó a la selección nacional caer eliminada del Mundial que se estaba disputando en México. El lunes 30 de junio de 1986, la revista Época sacaba a la venta su edición número 68 con un titular: “El PSOE gana. España pierde”. Dos frases escuetas y descriptivas, que bien podrían haberse refundido en una sola oración causal.

El pasado 10 de noviembre de 2019 se celebraron nuevas elecciones generales —las cuartas en cuatro años—, a las que nos había abocado Pedro Sánchez convencido de que mejoraría los resultados obtenidos en los comicios de abril. Lo cierto es que el tiro le salió por la culata. Por la izquierda, su PSOE perdía 3 diputados, quedándose en 120; y Podemos se dejaba 7 escaños, descendiendo a 35. A la diestra, el PP recuperó 23 diputados, hasta irse a los 89; y VOX se aupó a la tercera posición con 52 escaños, más que duplicando la cifra alcanzada siete meses antes. En última instancia, la jugarreta sacrificadora de Sánchez se cobró una víctima propiciatoria: Ciudadanos, que sufrió un descalabro descomunal, al bajar de 57 a 10 diputados, y terminó reducido a la nada; es lo que ocurre cuando lo que se ofrece y luego se pone en práctica es, precisamente, la nada.

En principio, y si traducíamos los resultados al román paladino, España iba a seguir igual de ingobernable a como lo estaba antes de estas últimas votaciones. Pero hete aquí que, tan sólo cuarenta y ocho horas después, los españoles asistimos atónitos a la enésima demostración empírica de que la palabra de Pedro Sánchez vale tanto como las promesas electorales de ese otro gran estadista socialista llamado Felipe González, aquel que en la campaña de 1982 prometió 800.000 puestos de trabajo, y que cuando abandonó la Moncloa catorce años después dejó como legado 1.356.000 parados más. Como quien no ha roto un plato en su vida, el martes 12 de noviembre, Pedro Sánchez posaba sonriente con Pablo Iglesias para anunciar la confección de un gobierno progresista como “vacuna frente a la extrema derecha”

Nada importaba que ese mismo Pedro Sánchez hubiera dejado claro por activa, por pasiva y por perifrástica que “ni antes ni después, el partido socialista va a pactar con el populismo”, dado que “el final del populismo es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de racionamiento, la falta de democracia y, sobre todo, la desigualdad”. Se ve que ahora, desterrados los calores estivales, las perspectivas de un Ejecutivo con ministros podemitas va a dejarle a Sánchez dormir a pierna suelta. A él y al 95 % de los ciudadanos de este país (sic) al que meses antes extendía su propio insomnio, y que a buen seguro, a partir de estas Navidades, se acostarán todas las noches tranquilitos y sin preocupación alguna. Si lo dice Pedro Sánchez, santa palabra.

¿Qué motivos han conducido a una nación como España a llegar hasta aquí? ¿Acaso nos hemos vuelto locos los españoles de la noche a la mañana? Tiremos un poco de memoria y veamos si podemos sacar alguna conclusión acerca de si todo esto no es más que el final de un camino que llevamos transitando durante años.

Para comprender la deriva tomada por el socialismo español que le ha arrastrado a pactar un gobierno con los comunistas de Podemos, tenemos que remontarnos casi veinte años en el tiempo. El 22 de julio de 2000, José Luis Rodríguez Zapatero se hacía con la secretaría general del PSOE, tras vencer a José Bono por una diferencia de nueve votos en las primarias. Pocos meses antes, el Partido Popular había ganado sus segundas elecciones generales consecutivas, en esta ocasión con mayoría absoluta. Para contrarrestar la solidez de las políticas aznaristas, sobre todo en materia económica, Zapatero no dudó en echarse a la calle: huelgas generales, protestas por la catástrofe del Prestige, manifestaciones contra la guerra de Irak… Todo valía para despertar de su letargo al rojerío, cada vez más radicalizado.

Con ese agitprop tan característico de la izquierda como atrezzo, se llegó al 2004. El 14 de marzo estaban programados los nuevos comicios del que saldría el sucesor de Aznar, que había renunciado a ser reelegido presidente del Gobierno. Todas las encuestas daban como claro vencedor al PP del candidato Mariano Rajoy, con la única incógnita de si sería capaz de revalidar la mayoría absoluta del 2000. Pero tres días antes, el jueves 11 de marzo, todo saltó por los aires con los atentados en Madrid contra cuatro trenes de cercanías, que se saldaron con casi 200 muertos. El PSOE utilizó esas setenta y dos horas para lanzar una furibunda campaña contra el Ejecutivo saliente. La consecuencia fue un vuelco absoluto de los resultados electorales: con una participación del 75,66% —la cuarta más alta de las catorce elecciones generales celebradas desde 1979, y la mayor hasta la actualidad—, el PSOE logró 164 diputados. Zapatero, Sonsoles y las góticas pasaban a ser las nuevas moradoras de la Moncloa.

El primero de sus dos mandatos se caracterizó por un ahondamiento en las actitudes que había llevado a cabo como líder de la oposición. Nada más tomar posesión de su cargo, adoptó dos medidas de consideración: la derogación del Plan Hidrológico Nacional y la retirada de las tropas militares desplegadas en Oriente Medio como parte de la coalición internacional que luchaba contra Sadam Husein. Enfrentamiento entre españoles y desconsideración hacia quienes deberían ser nuestros aliados. Nada nuevo, teniendo en cuenta las heridas que ZP había decidido reabrir sobre el pasado más trágico y reciente de España; y nada nuevo, sabiendo que en 2003 ya había puesto contentísimos a los estadounidenses, cuando al paso de la bandera americana en el desfile del 12 de octubre permaneció sentado en su butaca. Así que, con esa carta de presentación en sociedad, poco debe extrañar por dónde iban a ir los tiros de su labor presidencial: a hacer saltar por los aires el consenso alcanzado en 1978. Una actitud materializada fundamentalmente en la infame y cainita Ley de Memoria Histórica, a la que sirvió de acompañamiento toda una suerte de leyes de género que incluían en su inventario la aprobación del matrimonio homosexual. El ex ministro Jaime Mayor Oreja hizo gala de su exquisita perspicacia y explicó todo con una meridiana lucidez: nos dirigíamos de cabeza hacia una segunda Transición y al desmoronamiento del régimen constitucional. 

En 2008, Zapatero volvió a ganar las elecciones, mejorando incluso sus resultados en cinco escaños. Rajoy, pese a subir seis diputados, tornaba a salir perdedor; el trago amargo de la derrota lo curaría en México trazando su futura estrategia política quién sabe si con una escuadra y un compás a lo largo de un mes, transcurrido el cual regresó a España con un Partido Popular debajo del brazo que ya no volvería a ser el mismo. Lo cierto es que la campaña había transcurrido marcada por una gran mentira, defendida por los socialistas hasta la saciedad: que España no había entrado en crisis y que estábamos en la Champions League de las economías mundiales. ¡Ja, ja y ja! Hasta el más inexperto de los funcionarios del INEM sabía que llevábamos meses con un incontrolable e incontrolado aumento del paro, especialmente en el sector de la construcción. Pero eso no tenía importancia: la gente prefirió mirar hacia otro lado y contentarse con  los 400 euros que ZP se sacó de la chistera como medida estrella de su programa. El caso es que la crisis estalló mostrando toda su crudeza y afectando a todos los ámbitos de la vida económica: al abandonar el poder en 2011, la inoperancia de Zapatero había desembocado en la espectacular cifra de 5.287.300 desempleados, con una tasa de paro del 22,56% y un aumento de 2.977.500 parados respecto a los números que se había encontrado en 2004. Ninguna incidencia tuvieron sobre el empleo los más de 50.000 millones de euros invertidos en los dos Planes E, un despilfarro de dinero público que no se tradujo en los famosos brotes verdes esperados. Y para colmo de tanta dicha, la etapa zapateril se cerraba con la claudicación del Gobierno de la Nación ante la banda terrorista ETA, con el escándalo del soplo del Bar Faisán de por medio, que en cualquier otro país más serio hubiera hecho caer a toda la cúpula del Ministerio del Interior… e incluso al mismísimo presidente.

2011 dio por fin a Rajoy el triunfo que llevaba perseverando desde 2004. Una mayoría absoluta de 186 diputados permitía ilusionar a sus electores, ansiosos por ver desmoronadas todas las políticas fratricidas de Zapatero. Pero el gozo quedó enterrado en un pozo: las dos legislaturas de Rajoy se revelaron como la tercera y cuarta de ZP. Pese a haberlo anunciado a los cuatro vientos, no derogó ninguna de las leyes ideológicas pertrechadas por el PSOE durante los siete años anteriores. La traición a sus votantes por el seguidismo a las políticas progres de los socialistas se vio tristemente superada por la consumación de la rendición ante la ETA, escenificada en octubre de 2013 con la excarcelación de decenas de etarras, bajo el cobarde paraguas de la infame sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que poco antes había derogado la Doctrina Parot creada por nuestro Tribunal Supremo. Súmese a ello su dejadez por atajar el golpe de Estado separatista de Cataluña, una cuestión en la que, siendo francos, también deben repartirse responsabilidades con el PSOE y con Ciudadanos, que sólo permitieron aplicar un descafeinado artículo 155 de la Constitución para convocar elecciones regionales que poco iban a ayudar a solucionar el problema, como así se demostró en la práctica.

Mariano Rajoy tuvo un final indigno; si bien, una indignidad que se la había ganado a pulso: el 1 de junio de 2018, se convertía en el primer presidente de un Gobierno de España en ser tirado al estercolero de la Historia, merced a una moción de censura que encumbró a Pedro Sánchez hasta la Moncloa gracias al apoyo de los comunistas de Podemos, de los separatistas catalanes y vascos y de los herederos de la ETA. Lo mejor de cada casa, convertidos nuevamente en las postrimerías de 2019 en socios sine qua non sobre los que pivotará el acuerdo que investirá a Sánchez como presidente del Ejecutivo dentro de unas semanas.

Cómo estarán las cosas para que hoy en día contemplemos con añoranza aquel PSOE de los años ochenta, que sólo vaciaba con saña nuestros bolsillos, que únicamente nos robaba con su corrupción de andar por casa y que lo mismo negociaba en Argel con la banda terrorista ETA que se dedicaba al crimen de Estado creando los GAL. ¡Bendita añoranza hacia un partido que, al menos, defendía a su manera la unidad de España! Basta con oír ahora a los dirigentes socialistas de entonces, diciendo más o menos lo mismo que podría escucharse un lunes cualquiera en una reunión de maitines del PP actual. Pero el tiempo no ha pasado en balde, y nos encontramos ante un problema de los gordos: que aquel tolerable PSOE de la Transición desapareció con Zapatero, empeñado en los albores del siglo XXI en reeditar un nuevo Frente Popular capaz de culminar las siniestras metas que se había propuesto alcanzar el original de 1936.

El panorama que se nos viene encima, pues, se antoja desolador; un panorama que no es más que la fatal consecuencia de dos décadas marcadas por el continuo cainismo guerracivilista de los unos, y por la cobardía y traición de los otros. Serán años duros, muy duros, a los que habrá que oponer resistencia desde las convicciones y valores que a lo largo de los siglos permitieron forjar esta gran Nación que es España. Porque, al igual que nos ilustraba aquella genial portada del semanario Época de junio de 1986, sabemos que cuando el PSOE gana, España pierde. Así que no queda otra que mantenernos unidos y estar preparados para revertir los términos de la frase, hasta que España gane porque el PSOE pierda. Que Dios nos ayude en esta empresa, que falta va a hacer, pues ahora al peligro socialista hay que sumarle la amenaza comunista.