Antonio Diéguez, en un interesante artículo titulado “Universidad y mercado laboral: otra vuelta de tuerca” y publicado el pasado día 11 de agosto en El Confidencial, afirma que “no se debería exigir a la Universidad que se convierta en una academia laboral enfocada a necesidades concretas de empresas que ni siquiera garantizan ya un trabajo digno para la mayoría de los trabajadores”, añadiendo que, “como señaló Ortega hace tiempo, la Universidad debe formar profesionales (esto nadie lo niega), pero estos profesionales han de ser cultos, es decir, han de ser capaces de entender el mundo en el que viven, y, por tanto, han de ser conscientes de la complejidad y diversidad de todo lo que les rodea”.

 

El problema principal es que se ha generalizado la enseñanza universitaria por intereses muy concretos en detrimento de la formación profesional, provocando una producción de personas con titulaciones universitarias que no puede ser absorbida por el mercado laboral. Además, es cierto que, entre las que hay muchas que son inventos creados por catedráticos que, en demasiados casos, no han tenido contacto con el sector privado.

 

Las universidades son las primeras instituciones que pretenden impulsar que sus propias titulaciones sirven para obtener un trabajo, ya que, aunque ello implique una desnaturalización de la finalidad de búsqueda del conocimiento con la que nació, si la gente empezara a comprender que tener una carrera no garantiza conseguir el trabajo soñado, la burbuja de titulaciones estallaría y la mitad de las facultades de universidades públicas tendrían que cerrar, con todo lo que ello conllevaría. Muchos hablan de la relevancia de la investigación universitaria pero, lamentablemente, la misma solo resulta efectiva en el ámbito de las ciencias y de la tecnología, pues, en el ámbito de las letras, las investigaciones se restringen a campos que, teniendo trascendencia práctica, escasamente resultan modificados por los estudios hechos, que, en demasiadas ocasiones, se limitan a recopilar y contrastar aportaciones hechas con anterioridad sin añadir elementos nuevos que puedan servir para lograr avances.

 

Para fomentar las titulaciones universitarias, en muchos casos se han implantado titulaciones de grado y de máster como estudios obligatorios para acceder a trabajos que, en muchos casos, los titulados no pueden obtener pero que habrían deseado lograr por una expectativas infladas artificialmente a lo largo de las diferentes etapas académicas.