Gran actor, o eso dicen los que entiende del séptimo arte, Javier Bardem tiene una vida pública muy atareada. Esto se debe a su activismo político, un activismo que le sitúa en toda manifestación o algarada callejera de izquierdas que cuente con suficiente respaldo y cobertura mediáticos. Su oficio de actor le lleva inevitablemente a actuar, pero no con la acción directa del activista verdadero, un actuar que es hacer, sino con la propia de su profesión: un actuar que es representar. Los roles los tiene bien interiorizados. Más no se va a mojar, sin guardar la ropa.

 
 Yo le vi en la calle un día, en el Barrio de Salamanca de Madrid. Allí viven su hermano Javier y su madre Pilar, y vivía él. Ahora que es estrella internacional, como su mujer, Penélope Cruz, no sé dónde tendrá su residencia. También en aquel barrio vi a Almodóvar con su novio de toda la vida (desconozco otras relaciones del Manchego). Me informaron de que también residía allí, como muchos altos cargos del PSOE durante muchos años. Aunque creo que ahora el destino preferido de los líderes del Partido Socialista ni obrero ni español es Pozuelo. Como podrán observar los prohombres de izquierdas eligen para vivir zonas pobres. 
 
Estas contradicciones son algo a lo que nos tienen acostumbrados los lidercillos culturales y políticos de la izquierda, y siempre encuentran alguna forma de justificarse o de desviar la atención. 
 
Ayer, en la marcha por el clima de Madrid, Javier insultó desde una tribuna al Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y al Alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida. Estúpidos, así los calificó. Admitió haberse dejado llevar por la pasión, y después de las críticas que le llovieron como un diluvio bíblico, se retractó y retrató en parte, al disculparse por insultar en un contexto donde se trataban asuntos de mayor urgencia. Es decir, que no se disculpó por los improperios, sino por su inoportunidad. 
 
Almeida dijo haber hecho esfuerzos para que la organización del evento en Madrid fuera posible y saliera bien. Y criticó a Bardem por hablar de cosas de las que no sabía. Según Almeida, Bardem no había mostrado mérito alguno para erigirse en defensor del clima. Y así es. 
 
Pero Almeida tampoco debería otorgar subvenciones a asociaciones y colectivos gays, manteniendo las de Manuela Carmena, y sin embargo lo ha hecho. También él se está metiendo en un terreno que no es, ni debería ser, el suyo, como representante político, y más concretamente como representante político supuestamente liberal - conservador, y de forma muy activa, regando con dinero público las malas hierbas de los colectivos chupa-presupuestos. 
 
Una persona como Javier Bardem que recita los mantras de los calentólogos e insulta entre unos y otros a dos representantes políticos, no pasaría un examen de ciencias para trabajar en investigación, aunque quizás hiciera bien el papel de científico en una gran producción, siguiendo eso sí, fielmente el guión que le proporcionasen. Pero se atreve a llamar estúpidos no sólo a los políticos que no le gustan, sino a todo aquel que haya tenido la osadía de ser "negacionista" del cambio climático antropogénico, es decir, a todo aquel que discrepe en todo o en parte de la verdad revelada, de la verdad oficial, del consenso de los científicos del clima que, como los colectivos gays, obtiene subvenciones y ayudas cada vez más generosas de instancias internacionales, nacionales, regionales y municipales. En el caso de los colectivos gays se les paga por normalizar y hacer visibles las mil maneras de amar, sentirse y practicar sexo, es decir, por mantener una propaganda ininterrumpida de ideología de género, conducente a la destrucción de la familia. En el caso de los científicos climáticos por "demostrar" con modelos matemáticos debidamente trucados y en todo caso hipersimplificados, y con imágenes debidamente seleccionadas de catástrofes naturales o daños ambientales, que el mundo se acaba por nuestra culpa, y que sólo cediendo más terreno al Estado y a los organismos supranacionales tendremos una oportunidad de salir vivos. 
 
Pero que no nos engañen, estúpidos cada uno a su manera, van minando poco a poco nuestra libertad de pensamiento, de opinión, de expresión, de objeción de conciencia desde distintas instancias e instituciones. 
 
En la agenda globalista cada uno tiene su papel asignado. Y si han conseguido engañarnos, los estúpidos somos nosotros. Los otros sólo tocan en el violín lo que dicta la partitura mientras el Titanic se hunde