La sentencia no es ni lo dura (o sea, justa) que yo deseaba sin la más mínima esperanza, ni lo suavemente acariciante que ellos, los sultanes socialistas andaluces, deseaban. Dormid tranquilos, el Tribunal Supremamente Dócil, al que recurrís con la zafia chulería del leguleyo que conoce el paño que corta y la mercancía que trapichea, rebajará las condenas de los sultanes, seguro, y de sus jenízaros, también, no vaya a ser que canten ante la Corte Supremamente Dócil los fandangos de “la verdad, de toda la verdad y nada más que la verdad” que, hasta ahora, no estaban en el repertorio del proceso, porque entre bandoleros y políticos, bandidos y sindicalistas, y ladrones y empresarios cobijados por el Padrino Socialista, siempre conviene guardarse en la bocamanga alguna verdad rebozada en silencio para compadrear en la omertá, hacer rehenes en la complicidad y cubrirse las espaldas por si los de arriba se rilan y los de abajo se rajan. Está en el manual de supervivencia del Patio de Monipodio, que es la única constitución vigente en el sultanato socialista de Andalucía y demás predios de la Nación de taifas y satrapías “quenoshemosdado” democráticamente, claro.

Los camellos de la coca y los chulos de los burdeles mimaban a los sultanes socialistas, a sus jenízaros, a sus escribas y hasta a sus galeotes, porque eran muy rumbosos con las putas y la nieve. Gastaban sin tasa y sin medida llenándose la nariz de polvo blanco y la bragueta de sexo mercantil. Y entre raya y polvo, alcohol y jarana “que no falte de ná” que pagan los parados andaluces, que ya no son como los “aceituneros altivos de Jaén”, que son como los Miserables de Galdós , además de gilipollas, pues nos votan con las dos manos a cambio del PER, a cambio de ná.