Aunque la cuestión disputada ha vuelto a ponerse de rabiosa actualidad en la Iglesia merced a documentos del papa Francisco (cfrAmoris Laetitia, por solo citar una de las principales fuentes generadoras de la controversia), como principio fundamental e inamovible de la doctrina moral católica (cfr. Catecismo de la Iglesia católica, encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, Fides et RatioDonum Vitae y Veritatis Splendor de Juan Pablo II, etcétera), recordemos que el acto conyugal con que se entregan los esposos, de manera incondicional y para siempre, tiene un doble sentido o significado que debe quedar a salvo: el procreativo y el unitivo. Procreativo significa que debe quedar abierto a la posibilidad de una nueva vida; lo de unitivo pone el acento en la dimensión de reforzar el amor entre los esposos mediante la sexualidad conyugal, que expresa el don de sí de los esposos: para siempre, abierto a la vida.

(Ojo, una advertencia: he nombrado a Jorge Mario Bergoglio como papa Francisco porque, oficialmente, en efecto es el Papa. Y a este todo fiel católico le debe una fidelidad especial, porque es el vicario de Cristo en la tierra, es el dulce Cristo en la tierra. No en vano, los protestantes durante mucho tiempo han tildado con desprecio a las católicos de papistas, como queriendo dar a entender -sin ninguna base escriturística, por supuesto, ni teológica ni eclesiológica- que precisamente esa especial adhesión, fiel y obediente, de los católicos a la figura del sucesor de Pedro los alejaba del espíritu del Evangelio; nada más lejos de la verdad. No obstante si, como sostienen no pocos, el Papa sigue siendo Benedicto XVI, a quien en tal caso o supuesto habrían dado un golpe de estado hasta obligarlo a presentar una renuncia que, al cabo, se ha comprobado inválida de forma -con lo cual Benedicto XVI seguiría siendo legítimamente el Papa, además secuestrado en el Vaticano, en verdad el katejón que anuncia y al tiempo retrasa la venida del Anticristo...-, tal vez sí, tal vez no; pero yo no soy autoridad en la Iglesia para pronunciarme con certeza plena sobre este asunto. Siendo Internet hoy por hoy un hervidero de páginas digitales, sitios, voces y bitácoras que plantean o bien una ilegitimidad de origen o bien de oficio en Francisco, consecuentemente conozco de todo esto desde mi condición de aficionado a la apologética católica, y como bautizado que en todo momento ha de estar dispuesto a dar razón de su fe -cfr. 1 Pedro, 3,15-. No estoy tan desinformado como para ignorar, a estas alturas -luego de casi 7 años de "escandaloso, penoso, heteredoxo y blasfemo ejercicio del poder petrino", que diría el argentino Dr. Antonio Caponnetto, y que de hecho dice, y no solo él sino cada día que pasa más personas cualificadas en la Iglesia-, toda la perplejidad y la muy creciente contestación que se levantan en torno al pontificado de Jorge Mario Bergoglio. Mas si resulta que en la actualidad de la Iglesia hay obispos y cardenales estimados por su celo pastoral y su ortodoxia católica que se refieren a Bergoglio como papa Francisco y por ende lo reconocen como el legítimo y único sucesor de Pedro en estos momentos -verbigracia, los cardenales Mühler, Robert Sarah y Walter Brandmüller, el obispo Atanasio Schneider, o en España José Ignacio Munilla y Juan Antonio Reig Pla, a quienes considero dos de nuestros mejores obispos de la actualidad-, ¿quién soy yo, simple seglar del montón, para lanzar la sentencia, con todo el respaldo teológico y canónico pertinentes, de que estamos ante un falso papa? Desde luego, lo que no puedo pasar por alto -tal vez no deba tampoco- es que bastante de lo que Francisco dice, predica, hace y hasta deja de hacer tiene de católico lo que yo de chinoparlante -ni falta aclarar que tengo poquito de políglota, pues solo chapurreo muy malamente inglés y francés-. Pero nada más, toda vez que si los pastores de la Iglesia no lo hacen, de suerte que ellos -nos consta- son los responsables de tomar decisiones de tamaña envergadura en la Iglesia y son por ende los únicos que podrían tomar en firme y en vinculante una decisión al respecto de lo que aquí y ahora solo comentamos de pasada, o siquiera iluminar al muy desconcertado en estos momentos Pueblo de Dios, ¿quién soy yo para hacerlo?)  

Así que tengamos la fiesta en paz y volvamos, así pues, al curso del apunte sobre teología moral. Estábamos con que la doble dimensión del amor conyugal debe respetarse ”a la par”, al unísono, de modo que no cabe interferir con métodos de barrera o artificiales en la generación de una posible nueva vida. De ahí que la Iglesia rechace los métodos anticonceptivos, cuyo uso es siempre ilícito, inmoral, incluso en el supuesto de que los esposos reflexionen así: ”Los usamos en el seno de este matrimonio nuestro porque el marco de nuestra fidelidad es justamente nuestra alianza matrimonial: nos queremos, somos fieles, ya hemos tenido hijos, no hemos estado cerrados al don de la vida, reconocemos que el necesario abrazo conyugal fortalece nuestro amor... Podemos entender como pareja que no son exactamente el ideal, solo que nuestra referencia, desde la que cobran toda su razón de ser estos métodos anticonceptivos que excepcionalmente usamos, es el amor y la fidelidad que nos profesamos”. Pero no: ni siquiera una reflexión de este tipo legitimaría el uso de métodos anticonceptivos, pues un acto de suyo contraceptivo es un mal en sí mismo, objetivamente, y no cabe procurar un mal moral al objeto de buscar un bien o un supuesto bien.

Por otra parte, cierto que hasta el Concilio Vaticano II la insistencia de la doctrina moral católica se centró en la dimensión de la procreación, dejando a un lado la dimensión amorosa y unitiva. Solo a la luz del Concilio Vaticano II y especialmente gracias a la teología del cuerpo de Juan Pablo II, la dimensión unitiva o amorosa de la sexualidad humana pasa a un primer plano, de veras en pie de igualdad con la dimensión procreativa.

A decir verdad, no faltan autores que, no sé si seguidores de una línea muy neotomista o algo así (tal vez escolástica, no alcanzo a comprender del todo este aspecto) se muestran críticos con el acento que en las últimas décadas la Iglesia ha ido poniendo en la dimensión unitiva o amorosa de la sexualidad humana. Argumentan que si se pone el acento en ese aspecto, que es indudablemente subjetivo, se corre el riesgo de minusvalorar el aspecto inequívocamente procreativo de todo acto sexual (aspecto incontestablemente objetivo), con lo cual quedaría abierta la puerta a la mentalidad anticoncepcionista, completamente extendida hoy en la mentalidad imperante.

Podría ser: doctores tiene la santa madre Iglesia que quieran y sepan dilucidar estos espinosos asuntos. Con todo, a mi juicio una correcta lectura de la teología del cuerpo de Juan Pablo II no nos llevaría a ningún reduccionismo: ambos significados del acto sexual humano, que deben no separarse artificialmente (el procreativo y el unitivo o amoroso), quedarían en total armonía.

Asimismo, no es este el espacio para dilucidar si en efecto hay un cambio de mentalidad o perspectiva en la teología moral de los papas anteriores al Vaticano II con respecto a los papas posteriores a dicho acontecimiento eclesial (además, tal empresa escapa a mi competencia teológica), de manera que nos baste señalar que en efecto en la teología moral de alguien como Juan Pablo II se insiste, tal vez por la adhesión del filósofo Woytila a los postulados del personalismo comunitario y de otras corrientes filosóficas modernas, en la dimensión unitiva o amorosa del acto sexual humano, sin olvidar, en modo alguno, la dimensión procreativa, en tanto en los documentos de teología moral de papas inmediatamente antecedentes como Pío XI o incluso Pío XII, el acento se pone en lo procreativo. (A decir verdad, ya en Pío XII hay un cierto giro o cambio de agujas en pro de la dimensión amorosa o procreativa del acto sexual conyugal, cambio que en su momento suscitara críticas y suspicacias hacia el magisterio papal entre algunos sectores comúnmente considerados decantadamente tradicionalistas.)

Pero en definitiva, también bástenos con que de la teología moral que se desprende de encíclicas como la Humanae Vitae de san Pablo VI o la Donum Vitae de san Juan Pablo II, la hipersexualización actual (separación de sexo y amor, de sexo y procreación, de sexo y conyugalidad, exaltación del vicio contra natura de la sodomía, etcétera) queda totalmente deslegitimada.

Y también queda deslegitimada la mentalidad antinatalista que hoy día es mayoritaria, incluso entre la mayoría de los pocos jóvenes católicos que aún frecuentan los sacramentos: como que las familias numerosas de 3 o más hijos prácticamente han desaparecido de entre las generaciones más jóvenes en nuestra España actual, palmaria constatación que le lleva a uno a sospechar -acaso malpensado que es uno- que la gran mayoría de las parejas y matrimonios formados por bautizados católicos no se toman lo que se dice muy en serio la sin duda exigente moral sexual conyugal que sigue proponiendo la Iglesia.

España es un desierto demográfico, pero ni con estas: la cultura de la muerte, el relativismo, el hedonismo, el egoísmo, la destrucción de la familia llevada a cabo por sociatas, podemitas, perroflautas y resto de enemigos del Dios Uno y Trino, de la Iglesia y de la patria, nos han traído a este drama. A esta ruina.

Y lo que nos queda: cuatro años más de Pedro y Pablo (ya se sabe, y el uno y el otro también lo deben saber, que se les empieza a llamar los Picapiedras Pedro y Pablo) en el Gobierno de la nación, van a ser más de lo que hasta ahora multiplicado por dos, por tres... Más laicismo, más aborto, más memoria histórica sectaria y guerracivilista, más relativismo (dictadura del relativismo la denominó certeramente nuestro querido Benedicto XVI), más crisis económica, desempleo y políticas clientelistas, más globalismo o multiculturalismo con toda su carga como inevitable de migración sin control (el NOM manda, por supuesto, el Plan Kalergui...), más nepotismo (todo queda en casa: se reparten cargos, ministerios, puestos y prebendas en función de "ser pareja de", "amigo de", "expareja de"...), probablemente una ley de eutanasia, más nuevos ricos que no han dado casi un palo al agua en su vida y que en pocos años han transitado del duro asfalto de pasar por descamisados habitantes de núcleos poblacionales de la clase trabajadora a ser casta (menuda jeta la de estos individuos e individuas, desvergonzados vividores que gozan de las mieles de la buena vida burguesa y capitalista en tanto siguen predicando contra el capitalismo opresor y bla bla bla, y asimismo siguen queriéndonos vender la burra de las excelencias del socialismo en cualquiera de sus apellidos: chavista, bolivariano, castrista, socialdemócrata..., todos la misma patraña, el mismo cuento, la misma mentira), más feminismo supremacista, más desierto demográfico...

Desde luego, parafraseando una cita de uno de los teólogos progresistas por antonomasia, tal vez el que más, el gran maestro de entre tales teólogos y tendencias eclesiales más o menos contestatarias (nos referimos al alemán Karl Rahner), para soportar todo esto, esta desvergüenza de una clase política sin moral ni escrúpulos y sin convicciones o principios que merezcan tal nombre y sí preferentemente dispuesta a traicionar y mentir con tal de aferrarse al poder (dinero, prestigio, placer, buena vida burguesa...), para soportar este laicismo beligerante y por decreto, el cristiano o es místico o no podrá mantener a flote su fe, ante tanto embate agresivo de fuerzas tóxicas, demoledoras y enemigas. O es místico en el seno de una España que se adivina, para los próximos años de Frente Popular II, aún más beligerantemente anticatólica, o no podrá repetir al final de sus días en este mundo con 2 Timoteo 4,6-8: " Para mí ha llegado la hora del sacrificio y se acerca el momento de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, siempre fiel a la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de los santos, con que me premiará en aquel día el Señor, justo juez; y conmigo la recibirán todos aquellos que anhelaron su venida gloriosa."