Al grito de “fascista el último” hasta las víctimas del finado han acudido presurosas a apuntarse al concurso de ditirambos, odas, exégesis, sonetos y madrigales a ver quien componía la necrológica más sensiblera, entonaba el canto fúnebre y trenzaba el réquiem (laico, por supuesto) más emocionantes en honor del “gran estadista” desaparecido. “Ahora sí se ha puesto el Sol”, que es lo que hubiera dicho la felizmente ausente Leire Pajín, autora de memorables gilipolleces oratorias como aquella del encuentro planetario entre el “bobo solemne” de León y Obama.

 

Después de una semana de almíbar y lágrimas en todos los Medios de Comunicación, a todas horas y en todos los programas, un servidor, que ha decidido expatriarse de este valle de tolilis al que algunos historiadores continúan llamando España (no sé por qué) no cabe más que preguntarse ¿pero quién se ha muerto, Pericles? Quizás Julio César, Fernando el Católico, Bismarck, Garibaldi, Escipión o el mismísimo Tomás Moro. Viendo la marea de pesadumbre que anegaba el Congreso de los Diputados llegué a pensar que la inmundicia intelectual que en él anida había decidido, por fin, ofrecerle a Elcano y a los Héroes de Baler el homenaje que se les debe y que Carmena, el ama de cría de la momia de Lenin, les roba sistemáticamente porque todos ellos eran “fascistas”.

 

Pues no. Errado, como siempre, en mis pronósticos fundados en mis frustradas esperanzas, hete aquí que el funeral, las plañideras y el luto oficial no se debían al traslado de Napoleón desde Santa Elena a Los Inválidos, sino al fallecimiento de un socialista sobrevenido que estuvo agazapado y viviendo como lo que era, un hijo pijo del franquismo, hasta que estuvo bien seguro de que el amor político de su papá estaba muerto y enterrado. Hasta mucho después, incluso. El finado es un socialista, al que sus honras fúnebre le vienen tan grandes como el adjetivo estadista. A él le debemos, entre otras desdichas, la analfabetización de dos generaciones enteras de españoles que hoy son los profesores (¡Santa Madre de Dios!) de las generaciones que les siguen, con lo cual la fábrica de analfabetos que él inauguró con la LOGSE se ha convertido en algo infinito, como la estupidez humana. Qué gran conquista educativa la suya, por primera vez en la historia de España los hijos saben menos que los padres, y mucho menos que los abuelos. Al finado le debemos también otro hito histórico: haber conseguido en menos de 72 horas la inversión de la fábula de Esopo, cuando, tras los atentados del 11-M, logró que los corderos se aliaran con los lobos para atacar todos juntos al pastor, balando aquel eslogan brillantemente estúpido que decía “los españoles se merecen un gobierno que no les mienta”.

 

Pero, sin duda, la gran conquista del finado socialista fue, dicen sus deudos, derrotar a la organización terrorista ETA poniéndole alfombra roja a los asesinos con el chivatazo del Faisán, para que no les detuviese la Guardia Civil y que pudieran llegar aseaditos a las Instituciones del Estado, para vivir como sultanes con chapela de los impuestos de los españoles a los que tanto odian y a los que mataban con entusiasmo. A eso, los palmeros del finado socialista, incluidos los tontitos del PP, le llaman paz. Claro que, Carl von Clausewitz, a eso le llamaba claudicación. Y en asuntos de guerra, en cualesquiera de sus formas, Clausewitz tiene más ciencia y más latines que todos los mequetrefes españoles que se rindieron ante ETA.

 

Aviso para navegantes en los océanos de ignorancia de la LOGSE: el finado es Rubalcaba, no Pericles. Que se lleve tanta paz como nos deja y que Dios lo tenga en su Gloria. Amén.