Pues no había caído en la cuenta, pero ahora que he visto su cara en los telediarios, me he percatado de que sí, de que Greta Thunberg fue mi alumna, que la tuve yo mismo en la escuela, que hay que ver, las vueltas que da la vida. Creo que en vez de Greta se llamaba Pepita, o Manolita, o Juanita, pero eso da igual: sólo basta ver su cara de niña repipi, consentida y repelente, para asegurarme de que yo ya la padecí.

Recuerdo que empezó a dar por saco antes de entrar en la escuela, cuando su madre, al ir a matricularla y ver las instalaciones del centro, le pareció que éstas eran obsoletas, y el padre, que era otra joya, le exigió al director del colegio el Proyecto Curricular de Centro, que es un tocho de papeles que no sirve para nada, pero mediante el cual, el buen señor pretendía asegurarse de que la educación que se le iba a proporcionar a su niña estaba en consonancia con sus ideas, que eran muy progresistas y yupi guay.

De todas las maestras que había en Educación Infantil, ellos, los padres de Greta (o Pepita, o Manolita, o Juanita), no querían que les tocara una en concreto, algo mayor la mujer, porque iba todos los domingos a misa, y ellos la habían visto con sus propios ojos entrar a la iglesia, y eso ya la convertía en una maestra muy mala, por vieja, por beata y por facha. Pero vaya, tuvieron suerte los padres de la niña, pues les tocó una maestra joven y progre, que militaba, gozosa casualidad, en el mismo sindicato que ellos, que los padres. Pero poco le duró lo bueno a mi compañera de trabajo, la sindicalista, porque preparó una obra de teatro muy chuli, en cuya temática se combinaban, en sana armonía, la coeducación, el ecologismo, la no violencia, etc., es decir, todas esas tonterías que le gustan tanto a los de izquierdas. Pero cometió un grave error mi compañera, a saber: no le dio el papel de protagonista a Greta (o como se llamara ese año la niña), y entonces los padres montaron en cólera, pues hasta ahí podíamos llegar, que con lo lista que era su nena, se viera relegada a un papel secundario, y le montaron una buena pájara a la maestra, y eso que la pobre, mi compañera, para congraciarse con los padres, les enseñó el carnet del sindicato, y les demostró, con papeles en la mano, que estaba al corriente del pago de las cuotas; pero vano fue su esfuerzo, ya no había marcha atrás: que Greta, o como se llamara, no fuera protagonista de la obra de teatro, era algo que no se podía tolerar, y que convirtió los años que le quedaban en Educación Infantil en un auténtico infierno para mi compañera, la sindicalista.

Luego me tocó el turno a mí, que cogí a Greta (o como se llamara ese curso la niña) en 1º de Primaria. Ya se torcieron las cosas para el día de Todos los Santos, cuando dije que en mi clase no se celebraba ¿halloween?, porque yo iba a la escuela a trabajar, no a hacer el gilipollas. Pero guerra, lo que se dice guerra, fue la que se montó cuando dije que la niña no celebraba su cumpleaños en clase, porque yo iba al colegio a enseñar Lengua y Matemáticas, y no a convertir mi aula en un centro de ocio infantil, y les dije a los padres, que si querían cumpleaños, que lo hicieran en su casa, o en la bolera que había en el Carrefour, que les pillaba cerca.

Y ya se puede ustedes imaginar el panorama; era la primera vez que la niña escuchaba un “no” en su vida, y se lio la mundial: plena movilización de la Asociación de Padres, protestas al director del colegio, ese padre (o madre, porque la imbecilidad no entiende de sexo), que en un Consejo Escolar, en el apartado de ruegos y preguntas, dice que hay que ver, el maestro de 1º, que es un retrógrado y un facha, que margina a los niños, porque no celebra los cumpleaños de sus alumnos, angelicos.

Y yo, el maestro de 1º, que estaba en ese Consejo Escolar, de cuerpo presente, argumentando, en mi defensa, que yo soy maestro de escuela, no animador infantil, y que cuando España, en el informe PISA, ocupa siempre los últimos lugares, es porque los que elaboran ese informe, suelen preguntar cosas de Lengua y Matemáticas, y no de qué estaba hecha la tarta de sus niños, cuando celebraron su “cumple” en el “cole”.

Vano fue mi esfuerzo; con Greta (o como se llamara ese año), traumatizada de por vida, y con la tarta en su casa, yo ya estaba sentenciado. Imaginen ustedes el panorama, dos años penando con la niña y con los padres, dos años de escopeta y perro.

Y después la niña pasó a 3º, y les dije a mis compañeros de los ciclos superiores, ¡apañaos vais!; y vaya si los dejé apañados, cuatro cursos de sufrimiento para mis colegas, los pobres. Y luego la niña se fue al instituto, y yo le perdí la pista, hasta que la he vuelto a ver ahora, en los telediarios, con cara de Greta, haciendo el tonto por esos mundos de Dios, con los políticos y los periodistas haciendo de palmeros de la criatura, y con la policía escoltándola, en vez de escoltar en su día a Laura Luelmo o a Diana Quer, antes de que dos alimañas las desgraciaran para siempre. Y con todo el personal riéndole las gracias a Greta, que no sé dónde se las han visto, porque lo único que se le ve a la joya, por evidente, es su cara de niña repipi, consentida y repelente, repugnante hasta la náusea.

Y es que en el sistema educativo, cuando las cosas no se hacen bien, pasa lo que pasa: que nos entra en la escuela una Pepita, una Manolita, o una Juanita… y nos sale una Greta.