Sobre el tapete, las mentiras, sobre ellas los naipes de la traición en las manos de los tahúres que en la timba se juegan España; unos para despedazarla hasta dejarla reducida a un mero, despreciable pero necesario, accidente administrativo que nos siga pagando las pensiones y la Seguridad Social, y los otros porque en el órdago y el resto les va la continuidad y la permanencia de la patente de corso, otorgada en la investidura, para culminar el expolio de la Patria.

En el reservado el derecho de admisión a la partida, sólo una condición: haberse despojado del honor como quien se despoja de un corsé, porque en la lonja de los traidores reina la trampa y gobierna la añagaza. Todos saben que las cartas están marcadas con el beso de Judas, que el croupier que las baraja y reparte es el rey de los felones, que las apuestas están amañadas, los premios pactados y la banca comprada. Esas son las reglas, ese su código y su reglamento. Todo vale porque todo ha sido devaluado. Los valores son quincalla y los principios bisutería con los que se compra la voluntad de los aborígenes de la democracia, sin cuya legitimidad vomitada en las urnas después de la borrachera electoral, no hay salvoconducto para sentarse en la timba del expolio.

En la primera mano, el mascarón de proa, el rehén de lujo de comunistas y separatistas, le rinde sumisión y pleitesía al jefe de los bandoleros hispanicidas catalanes yendo a su guarida a ultimar las capitulaciones del despojo, y llevándoles en las alforjas la reforma legal pertinente para indultar a Barrabás y a su cuerda de traidores. Mientras, en las gradas, los adictos a la democracia aplauden porque con la calderilla de la banca les han subido unas décimas las pensiones. El croupier vocea “rien ne va plus” y los chulos del separatismo le amenazan: “¿Cómo que no va más? Si esto no ha hecho más que empezar, gilipollas”.